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Capítulo 4. Candela se va de viaje

 

imagesLL—¿Qué lleva esto? —le pregunté al ricitos de oro que acababa de conocer poco antes en el interior del Bébete la Vida a Jarras, antes de darle una honda calada al cigarro con olor a colonia Nenuco que me había ofrecido tras plantarnos en la puerta.

—Un purito bueno —respondió con su mirada holgazana. Tenía los ojitos azules claros y algo enrojecidos por la noche y sus perfidias.

Volví a darle un par de caladas y sonreí absorta en las formas que el humo dibujaba en el aire. Vamos, que me puse en plan todo interesting.

—¿Cómo te llamas?

—Víctor. ¿Y tú?

—Candela. ¿Vienes mucho por aquí?

—No, es la primera vez. ¿Y tú?

—Sí, vengo casi siempre —me declaré cliente de barra fija de aquel garito antes de llevarme el purito bueno a la boca y succionarlo como si me fuera la vida en ello—. ¿Vas a ir a la playa ahora?

Negó levemente con la cabeza.

—Yo, sí —dije consultando mi reloj (las once y media) antes de darle otra calada al purito bueno de mi nuevo amigo—. Pero ¿qué lleva esto? —Levanté el cigarro ante nuestros ojos mirándolo con curiosidad como si nunca hubiera tenido un porro entre los dedos—. Me está dando un no sé qué.

Se echó a reír y me lo robó de la mano.

—Hachís del bueno —se limitó a responder y yo le eché un vistazo a mi alrededor pensando que estaba empezando a percibir una atmósfera un tanto nebulosa a lo Expediente X. Había bastante gente de lo más variopinto en la puerta del garito y por la calle celebrando la noche de San Juan. Todos alegres. Todos bebiendo. Todos fumando. Pero ¿tanta bruma? Eso no era normal, parecía el escenario de Lluvia de estrellas y yo un Bertín enajenado.

—Y tanto, estoy empezando a despegar—. Me eché a reír a carcajadas sin poder contenerme. Digo yo que no podía, si no ¿a santo de qué me reía yo tanto?

—¿Vienes dentro? —me propuso dándome de beber de su vaso.

Lo cogí e hice como que bebía, pero sin beber, no fuera que aquello llevara burundanga y acabara entregándole mi flor a aquel desconocido porreta.

—No, se está bien aquí fuera. Hace fresquete bueno.

—Ey, Víctor. —Un chico se interpuso entre mi nuevo amigo y yo, estrechándole la mano en plan brother.

—Eh, tío, te presento a mi nueva amiga.

El tal tío se volvió hacia mí y me sonrió con toda la cara. Era guapisísimo. Esos ojos, esa nariz, esa boca, esa barbilla, esos pectorales, esos abdominales y esas piernas, oh, my God, que por debajo del vaquero se adivinaban interminables, eran de otro mundo.

—Hola, nueva amiga de Víctor, ¿cómo te llamas? —preguntó invadiéndome el espacio personal.

Traté de enfocar sus ojos con los míos, pero el purito bueno me lo estaba poniendo bastante difícil, debía parecer la Leti.

—Necesito un ron-cola —dije, devolviéndole el vaso al ricitos de oro.

El chico guapisísimo me sonrió y luego soltó una carcajada. Una carcajada que se me antojó celestial viniendo de su boca, con acompañamiento de arpas y voces blancas y todas esas parafernalias que anuncian los momentos milagrosos. Era como un angelito caído del cielo. Tenía sobre la cabeza hasta el típico anillo luminoso.

—Un placer —dijo, dándome un beso en la mejilla.

—Sí… —me limité a decir soltando una risita tonta.

Ladeó la cara frente a la mía y me hizo un repaso general: frente, ojos, nariz y boca, y volvió a mis ojos.

—¿Te encuentras bien?

—En realidad me siento genial, pero estoy como levitando, ¿sabes? —traté de explicarle haciendo espirales con las manos a la altura de mi cabeza, siendo muy consciente de que me estaba pillando un buen pedal.

Mi nuevo-nuevo amigo, de ahora en adelante, el tío sexy, volvió el rostro hacia mi antiguo-nuevo amigo—. ¿Le has dado de fumar de lo tuyo?

El Ricitos de oro asintió con una sonrisilla simplona y el tío sexy rompió a reír.

—Pero tío, ¿cómo haces eso? —le increpó antes de volverse hacia mí y cogerme por los hombros y clavarme sus ojazos azules en mis ojos pardos.

—¿Estás bien?

—Estupendamente —respondí, cogiéndolo con confianza por la cintura. Era sólida. Muy sólida.

—Ven conmigo, guapa, te voy a dar agua.

—No quiero agua, guapo, quiero un ron-cola —protesté apoyando mi frente en su clavícula.

El tío sexy inclinó la cabeza y sus labios rozaron mi frente.

—Joder, Víctor, esta chica está colocada.

—Qué va  —replicó el ricitos de oro—. Si solo le ha dado un par de caladas.

—Uno de esos tuyos equivale a cinco de los de los restos de los mortales. —Se mostró cabreado con él.

—Ella quería fumar —se defendió el otro, encogiéndose de hombros.

El tío sexy sacudió la cabeza y me cogió la barbilla para enfrentar su cara con la mía.

—Oye, guapa.

—¿Guapa, yo? —pregunté con una sonrisa bailándome en la boca.

—Sí, guapa, tú. —Me sonrió de nuevo y su sonrisa era bárbara. No solo era con la boca, era con las mejillas, la nariz, los ojos, incluso las orejas parecían sonreírle. Tenía como una luz cálida que le salía de dentro y en conjunto resultaba un tío exclusivo, como un solitario de taitantos quilates que puedes ver en los escaparates de las joyerías para ricos pero que nunca podrás tener en el dedo.

—Pues tú eres guapisísimo.

—Gracias.

—Seguro que te lo han dicho millones de veces.

—Seguro. —Sacudió la cabeza—. Anda, ven conmigo —dijo, dándome media vuelta, y con la mano apoyada en la parte baja de mi espalda me dirigió hacia el interior.

Me dejé llevar, a decir verdad, me hubiera dejado llevar por él a cualquier lugar. Entramos en el local y una canción de Maluma atronaba por el altavoz. Una canción que, además, me gustaba un porrón. Me detuve en seco y miré al tío sexy que también se había detenido ante mi imperiosa parada y le sonreí.

—¿Quieres bailar conmigo? —le pedí tomando la delantera, ya contoneando mis hombros frente a él, y haciéndole un shimmy de regalito para que lo disfrutasen sus lindos ojitos.

Parpadeó, confuso.

—Creo que necesitas beber agua —me replicó retirándome unos mechones de la cara.

—No. —Me reí moviendo esta vez las caderas ante él. vale, no soy Shakira pero me esfuerzo—. Lo que yo quiero es bailar contigo ahora. —Le agarré decidida la camiseta a la altura del pecho, que era sólido también, y empecé a moverme con los ojos clavados en los suyos. O eso creía yo, a decir verdad, me costaba centrar la visión.

—Pues entonces hagámoslo bien —comentó, apartando mi mano de su pecho para entrelazar sus dedos con los míos en el aire, mientras su otra mano se deslizaba hasta mi cintura, aferrándose a ella. Comenzó a moverse al ritmo de la canción con una sonrisa y de nuevo me dejé llevar. Bailaba bien. Mucho mejor que yo, ¿dónde iba a parar? Yo no era capaz de dar dos pasos sin tropezarme con mis propios pezuños, por eso hacía belly-dance y pilates que no requieren moverse mucho del sitio—. Déjate llevar  —me ordenó bajando su boca a mi oreja para que pudiera escucharle. Yo me dejo llevar dónde tú quieras, mi amol.

Entre meneítos, vueltecitas, restregoncitos, la canción requería de eso, mucho de eso, no era yo, era ella la que me obligaba a hacerlo, y la luna, no nos olvidemos de mi fiel consejera la luna, que me estaba susurrando: «Este pa ti, Candela, to pa ti», llegó el turno de la siguiente canción. Esta vez una de Gente de Zona, que ya no pedía bailar tan juntitos, así pues nos separamos y nos quedamos mirándonos en silencio durante unos segundos.

—¿Pedimos algo? —dije antes de que se largara.

—Vale, pero ¿seguro que estás bien? —De nuevo se mostró preocupado por mi salud, cosa que me encantó. No solo era guapisísimo, además era un cielito de niño.

—Estoy mejor que bien —respondí arrastrándolo hasta la barra—. ¿Qué tomas?

—Agua.

Me rasqué la cabeza.

—¿Agua?

Asintió apoyando el codo en la barra, mirándome con una sonrisa guasona apuntando a su ojo derecho. Beber agua no estaba en mis planes de esta noche, pero a él podía perdonárselo todo.

—Está bien, no tengo en nada en contra de los abstemios. —Llamé a Curro con un grito y acto seguido lo tenía delante.

—Ponme un ron-cola de los míos y una botella de agua para mi nuevo amigo —le pedí.

El tío sexy se me acercó.

—¿Vienes mucho a este sitio?

—Casi todos los fines de semana.

—Ya, cuando uno sabe los nombres de los camareros es señal de que es asiduo al lugar.

—¿Y eso es bueno o malo? A ti nunca te había visto.

—Es regular. Yo no suelo venir.

Obviamente aquello era malo de cojones, pensaría que me dedicaba a beber como una cosaca los findes empalmando una resaca con otra y saludado en las rotondas con la mano estática.

—¿Eres de Alicante? —le pregunté.

—Sí.

—¿Y tú?

—Sí.

En esas Curro nos dejó las bebidas delante y yo las cogí para entregarle la botella de agua al tío sexy, que con la mano me la rechazó.

—Es para ti, guapa.

—Ya te he dicho que no necesito agua, guapo. —Arqueé las cejas, belicosa.

—Solo un traguito, hazlo por mí, por favor.

Suspiré hondo.

—Está bien, solo porque eres guapo y me pareces majete.

Le di un trago y dejé la botella sobre la barra.

—Ahora tú, bebe de lo mío. —Le ofrecí mi copa.

El tío sexy me la cogió de la mano y le dio un profundo trago mientras sus ojos me observaban por encima de la copa.

—¿Quieres uno para ti?

—Beberé del tuyo si no te importa.

—A algunas personas eso les da asco, lo de compartir copa, por lo de las babas que puedan quedar en el contorno o las que puedas transmitir al contenido mientras bebes.

—De ti no me da asco nada —respondió levantando la copa entre los dos a la altura de nuestros ojos.

Me recosté sobre la barra mirándolo fijamente y me mordí los labios mientras él le daba otro trago laaaargooo, retándome con la mirada antes de dejarla sobre la barra y apoyarse en ella observándome en silencio. Me gustó su forma de mirarme como si yo fuera la única persona en aquel lugar tan abarrotado.

—¿Ronda de chupitos? —nos ofreció Curro pasándome una tabla.

Cogí tres y le puso uno en la mano al tío sexy, levanté uno de los míos en el aire y esperé a que él hiciera lo mismo para brindar.

—Por la noche de San Juan —dije antes de bebérmelo de una ante sus ojos divertidos.

—Por nosotros y la noche de San Juan —dijo haciendo lo mismo—. Joder, está fuerte —tosió—, ¿qué es?

—Blandooo  —me burlé empujándole suave el pecho con la punta de los dedos—. Es cazalla, ¿quieres otro? —Le ofrecí el otro que tenía en la mano.

—No lo sé. Deja que me lo piense. ¿Me quemaré el esófago?

—Es probable, he visto a gente hacer bombas molotov con cazalla en YouTube. Mientras te lo piensas, ¿bailamos? —Estaba empezando a sonar Despacito y me apetecía bailarla con él, bien pegaditos.

No me respondió, pero me agarró por la cintura apretándome contra sus caderas.

—Espera. —Me bebí el otro chupito en canal y dejé el vaso sobre la barra—. Ahora sí. —Le puse las manos sobre los hombros.

—¿Has venido sola?

—He venido con una amiga. Está por ahí. —Con la barbilla le señalé algún punto hacia más adentro del local fuera de nuestro alcance visual, aunque con mi nueva visión a lo Sabater podía vigilar la puerta de los baños y la entrada.

—¿Y tú?

—He quedado aquí con unos amigos, Víctor, el de la puerta, y algunos más.

—Ah, creo que sé quiénes son, uno de ellos me ha hecho un truco de magia.

—Ese debe de ser Raúl.

—Pues no sé. —Me encogí de hombros—. No me he quedado con el nombre.

—¿Y cómo te llamas tú? Aún no me lo has dicho.

—No importa cómo me llame. ¡Podría llamarme Luna o Sol, o Venus! —grité un poco exaltada, empezando a sentirme en un plano superior al nirvana, y no solo por el hecho de estar entre los brazos de un ser celestial como era mi nuevo-nuevo amigo.

—Son todos nombres de astros.

—Sí, es que soy muy fan de los astros.

Rompió a reír antes de darme una vueltecita maestra por debajo de su brazo.

—Entonces hoy debe ser tu noche, la de hoy es mágica o eso dicen las brujas.

—Lo está siendo, créeme y el termino bruja suena bastante feo, mejor di las personas con dones especiales  —le repliqué, tratando de ponerme un  poco seria mientras recuperaba el paso despacito, y el tío sexy me aferró con más fuerza mientras empezaba a darle al tuerquing y me cantaba al oído: «Quiero ser tu ritmo, que le enseñes a mi boca, tus lugares favoritos. Déjame sobrepasar tus zonas de peligro, hasta provocar tus gritos y que olvides tu apellido…».

—Me ha gustado lo de con dones… —me interrumpió el cántico auricular.

—Especiales —maticé yo cayendo en la cuenta unos segundos más tarde de por dónde iban los tiros. Ay, canalla.

La cosa se estaba poniendo interesante. No hay nada más morbosito que un tío imponente te ronde la oreja mientras te restriega la cebolleta contra el vientre a buen ritmo, y él sabía cómo hacerlo. Se movía como los ángeles. Había tal sensualidad en cada uno de sus movimientos que me estaba volviendo majareta el sistema central y sobre todo el periférico-sexual. Con cada leve envestida de cadera me hacía lanzar un gemidito sordo que se apagaba dentro de mi cuerpo antes de brotar al exterior. Se me estaban empezando a aflojar las piernas, eran una jodida gelatina y si seguían respondiendo a sus movimientos era solo porque él me sujetaba con todo el cuerpo. Estaba por completo colgada del suyo mientras nuestros vientres fundidos se movían cadentes al ritmo de la canción, pero qué bien bailaba, incluso yo bailaba bien en sus manos, y me estaba poniendo el asuntillo todo jugosito.

—Bailas muy bien —le dije aupándome un poco para tocar su oreja con mis labios.

—Es que soy bailarín aficionado.

—Ya decía yo —suspiré, esos movimientos tan trabajados y ese cuerpazo suyo no eran cualquier cosa—, casi me calcino entre tus brazos.

—Pues imagínate —dijo, arqueando las cejas.

—¿Imagínate, qué?—Me reí tontamente, sabiendo por dónde iban los tiros esta vez, pero me hice la tonta, vale. Hacerse la tonta para ligarte a un tío es una ley universal que forma parte de las ciencias exactas del flirteo, todo el mundo sabe eso, hasta el tío sexy lo sabía, pues entró al trapo.

—Lo que podría hacerte —susurró robándome el aliento y provocándome un derrame súbito de bajos.

—¿Olvidarme de mi apellido?

—Por ejemplo. —Se echó a reír rompiendo el momentazo, y pensando en esa boca chupándome todo lo jugoso a morro-muerto volví a dirigir la conversación.

—Pues lo tienes fácil, casi no me acuerdo ni de cómo me llamo.

—¿Y eso solo con un baile? —se hizo el gallito.

—Sí, y la cazalla y el cigarro de tu amigo y los rones y las cervezas… —comencé a nombrar todos los despilfarros que habían circulado por mi cuerpo en las últimas horas como si estuviera en una reunión de alcohólicos sinónimos.

—¿Entonces no te acuerdas de cómo te llamas?

—Sí, pero no te lo voy a decir, es un secreto. —Entorné los ojos pérfidamente—. Ven —dije cogiéndole la mano y arrastrándolo de nuevo hacia la barra, donde mi copa nos esperaba—. Vamos a tomarnos otro cazalla.

—Yo ya voy mal con uno, no me siento la garganta —dijo, dándole un trago a la botella de agua, que también seguía en su sitio aguardándonos—. Y luego tengo que conducir.

—Yo no, vivo aquí al lado —dije, guiñándole un ojo.

Apoyó el codo en la barra y me puso la otra mano en la cadera para tirar de mí.

Nos quedamos pegados de cintura para abajo. Se estaba bien así. Moví el vientre hacia él y él me hizo su contraoferta sin apartar la mirada de mis ojos. Su mano empezó a moverse por mi cintura provocándome remolinos bajo la piel y luego subió hasta mi mejilla, cuatro dedos buscaron mi nuca mientras el pulgar me acariciaba la comisura de los labios.

—Chica sin nombre… —dijo acercando posiciones, produciéndose un momento tan mágico que hasta me salían fuegos artificiales por los ojos, y yo gemí.

¿Gemí? Muy lamentable. Sí, joder, lo hice. En alto. Y él lo oyó. Sí, joder, lo oyó, y yo me eché a reír para disimular lo tontorrona que me estaba poniendo, pero es que el tío me ponía tontorrona y media y me encrespaba todo los pelos púbicos.

Próximo viernes: El ladrón de besos

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¿Viernes o te vas?

¿VIERNES O TE VAS?

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Sinopsis:

Seamos serios y pongámonos en situación. Imagínate que un buen sábado te levantas de la cama con un resacón en las venas brutal y que unos seres friquibundos, que no conoces de nada, han invadido tu espacio vital y están dilapidando tus últimas reservas de ibuprofeno. Además, la que dice ser tu amiga, te diagnostica el síndrome de Korsakoff, y se queda tan pancha. A ver, veamos… ¿a ver si va a ser verdad?, porque tú, lo de ayer como que no lo recuerdas mucho, ¿verdad? Por lo visto, alguien perdió la brújula al completo y todas las sospechas apuntan directamente hacia ti.

¿Viernes o te vas, Candela? Me fui, de hecho, perdí hasta el nombre; ahora dicen todos que me llamo Candy y no sé por qué, pero ¿qué paso anoche?

 

capítulo 1

Tengo una suerte bárbara, más que bárbara es brutal. Tengo la suerte de levantarme con una pila de petaca enchufada al culo, con ganas de comerme el mundo y sonreír como el Joker a la vida, soy la viva imagen de los empalagosos eslóganes de Mister Wonderful. Ya, lo sé, doy un poco de ascazo, pero así soy yo y esa es mi gran suerte.

Me despierto cada día a las ocho, gracias a un reloj biológico que habita en mi cabecita puntual como un novio feo, me levanto ligerita de la cama y tranquilamente me ducho, me peino, me maquillo y con esas ya tengo la sonrisa tirándome de los carrillos mientras desayuno en mi cocinita con la mirada clavada en el cielo azul, porque puedo verlo desde la diminuta ventana de mi cocinita y porque, además, tengo la  suerte de que aquí donde vivo casi siempre es de ese color (aunque, pensándolo bien, en ninguna parte del mundo puede ser de otro color, pero a buen entendedor, pocas palabras bastan, sé lo que me digo, vale). Me fumo mi primer cigarrito (sí, soy de esas repudiadas sociales que fuman porque les gusta disfrutar de un buen cigarrito mañanero, esos que te regulan el colon y te vacían que da gusto,  y a cualquier hora del día, a decir verdad, me va bien, para qué voy a mentir), a la vez que repaso mentalmente mi agenda diaria y reviso mis apps sociales en la tablet. No es una tablet, en realidad, es un móvil grande, tamaño Jumbo. Entre semana suelo currar en la Clínica Bruselas de nueve a dos y de cuatro a siete y, cuando salgo, hago pilates, danza del vientre, running o nonadas. Esto último me encanta. Por las noches y los findes salgo con mis amigos de tardeo, nocheo y postureo, eo, eo, eo (me va el jolgorio, es evidente) y si se tercia hasta me echo un ligue puntual (también me va el folleteo, venga, lo confieso aquí y ahora). Actualmente no tengo pareja ni folla-amigo ni nada que se le parezca, pero no es algo que me preocupe porque sé que mi def está al caer. Sé que un día al girar la esquina del mañana conoceré a la persona que me pondrá el salva-slip de revés con solo guiñarme el ojo. ¿Que por qué lo sé? A parte de enfermera de día, aficionada al pilates y al belly-dance, a fumar una media de diez cigarrillos diarios y golfanta de noche, soy superfán de la astrología y las mancias. Es un defecto congénito, lo sé.

Seguro que has escuchado esta palabra en más de una ocasión e incluso te pueda parecer cosas de loca, pero lo mío es más bien de serie. Mi madre, Susana Castaños, más conocida en la región como La Luceros, es pitonisa profesional y a ella acuden en escuadrón, desde que tengo uso de razón, personas de lo más variopinto para recibir consejo sobre las decisiones importantes que tienen que tomar en sus vidas, incluidas memeces tales como el color de pelo que deben llevar a la boda de su hija frente a un conjuro místico en el que mi madre les arranca pelos de ceja y los quema para finalmente decir «rubio ceniza». Así que estoy bastante curada de espanto, y lejos de pensar en todas estas cosas como misticismos a tratar como reliquias de una época menos racional, lo veo, más bien, como el pan de cada día. Y no soy la única, ¿eh? He visto casi de todo, todo, todo, circular por nuestra casa, desde curas, médicos respetadísimos, deportistas de élite, vips del artisteo nacional hasta políticos corruptos, que por supuesto no puedo nombrar, pues mi madre que es muy profesional me hizo jurarle con las manos sobre su bola de cristal que nunca desvelaría nada de cuanto viesen mis ojos.

Pues al grano, una vez hecha la debida presentación (mi madre además de inculcarme la fe ciega en las mancias, también me enseñó muy buenos modales), voy a contaros lo que aquel viernes, que un principio se auguraba estupendo y maravilloso por las luces de mi progenitora-adivina-pitonisa-profesional, pasó a ser una locura sin pies ni cabeza, y nada mejor que hacerlo desde el final, que siempre es el mejor principio o el principio de cualquier historia nueva, según se quiera ver, y es que la vida hay que mirarla con perspectivas, en plural, cuantas más mejor, y así le vamos sacando todo el jugo hasta exprimirla a fondo. La vida es para subirse a ella, no para sentarse en el andén de la desidia y ver cómo pasa de largo como un tren de alta velocidad, aunque en días como el que voy a contarte me hubiera bajado de ella en marcha hasta despellejarme rulando como un conejo.

Así que empezaré hablando del sábado siguiente al viernes de autos, porque la vida es así, después de un viernes, siempre llega el sábado, y si no ocurre tal cosa, mal nos va, ¿no? O, directamente, no nos va nada de nada. En fin, volviendo al asunto que nos ocupa que me pongo en plan Paulo Coelho y me hago las trompas de farlopio un lío… Ese sábado, al contrario de lo que suele suceder, me levanté como si me hubieran operado el cerebro a cabeza abierta (nunca me han operado el cerebro, pero supongo que eso te deja bastante hecho mierda). Pues así estaba yo, una nave nodriza gigantesca, negra y molesta navegaba por mi cabeza a lo Star Wars (pero sin Han Solo, cosa que no me hubiera importado en los más mínimo, sobre todo si iba solo ataviado con unos bóxers y llevaba una Coca-Cola en la mano bien fresquita, con rajita de limón y todo) y me impedía abrir los ojos, ojos por decir algo, bien podían pasar por almendras garrapiñadas, y había tal estruendo ahí dentro que se me antojaba que Daddy Yankee, La Factoria, Plan B y Nicky Jam hubieran montado un concierto por sorpresa y estuvieran tocando, todos juntos y a la vez el chachaca-pum-chachaca-pum con una botella de Anís del Mono y un cucharón de palo. Tenía lo que se dice en plata, un resacón en las venas del copón.

Apreté los ojos con fuerza y me di la vuelta queriendo tomar otra vez posiciones y reconciliarme con el señor Morfeo. A esas alturas del día (la una de la tarde más o menos) ya se presagiaba que sería duro de llevar sin la ayuda de una sobredosis de ibuprofeno y más tras el inesperado hallazgo que hizo mi mano al aventurarse en el más allá de mis dominios colchoneros, al palpar una masa magra sudorosa. No sabía si había tocado pechuga o mulso, pero aquello apuntaba a ser un pavo, y no de los de Navidad, un pavo de los que pavonean a las pavas. Tumbado a mi verita había un tío, debía serlo, las mujeres no lanzan semejantes ronquidos de batracio, que encajaban sincopados en las notas de reggaetón que despedían mis neuronas resacosas, y del que no recordaba cómo había llevado hasta ahí. Horrible sensación de me cago en mi puta vida.

Maldita Patricia, malditos rones, malditos cazallas y maldito, sobre todo, el cigarro condimentado con especias alucinógenas  que me dio a fumar mi nuevo amigo de la puerta del Bébete la Vida a Jarras (garito de nocheo muy frecuentado por mí y mis fieles seguidores de farras y con un nombre que le viene al pelo) y al que había ido a tomar un algo con la maldita Patricia. Una tía que de día parece una médica muy seria y formalita de esas que te miran por encima de sus gafas de pasta mientras teclean a toda máquina que te quedan tres meses de vida y se encarniza con las recetas de pastillas que te van a costar una úlcera duodenal para más inri, pero que en cuanto cuelga la bata y el estetoscopio se vuelve una salvaje de podio sedienta de jolgorio (alcohol por un tubo y lo que caiga mientras tanto). Recuerdo el día que tuvo que diagnosticar un cólico renal y el paciente le preguntó si aquello era grave y ella le dijo que era «grava», Patricia tiene lo que se dice poco tacto y además unas ganas locas de fiesta. Ella fue quien me lio, como casi siempre, a veces me lio yo sola sin necesidad de que nadie me haga la ola.

Yo pensaba hacer lo que mi madre me había recomendado: ir a la playa, saltar tres olas, quemar mis deseos en la hoguera, tirar una fruta y unas flores al mar, comerme unos boquerones adobados… Todo eso en plena consciencia (aunque podáis pensar que debo tener el conocimiento justo para pasar el día) y después dormir a pierna suelta para que el influjo de la noche mágica entrase en mi pisito (fíjate bien, que siempre hablo de él en diminutivos, pero es que el tamaño del pisito es lo que le pide a mi boca). Mi intención era tomar una copichuela (na más) al salir de trabajar en el bar de Bruno (esquina opuesta a la clínica Bruselas en la calle Castaños) con Patricia e irme a hacer todo el tema de las mancias vestida de impoluto blanco como la niña de la curva (pero sin maquillaje gótico) y estar fresca como un clavel en rama para el sábado, día de San Juan, la fiesta grande, pues esa iba a ser mi NOCHE. MI GRAN NOCHE (¡vivan Raphael y la madre que lo parió!; es que soy muy fan). Según mi madre iba a ser la hostia en mi vida, y no de las malas (entiéndase), pues iba a conocer a un bombero en la cremà y dejaría de ventilarme sapos, sapos como probablemente sería el que tenía tumbado a mi lado roncando como una mala bestia. Parecía que se había tragado una orquesta entera de pitufos maquineros.

Mis pensamientos en relación con la noche anterior eran como gifs. Iban, venían, se repetían una y otra vez, pero no les encontraba mucho sentido. Yo con la cara pegada a un cristal, yo bailando la conga enseñando los pelos de las ingles, yo besando a un tío, yo teniendo un conato de coito con la máquina de tabaco… Estaba un poco acojonada, no sabía con qué iba a encontrarme al lado tras esos flashbacks tan cabra-loca: ¿mi nuevo amigo cigarrito matador, el gordito-bailes-raros, el guapetón ojos verdes, el simpático-listo…? Podría ser cualquiera. Levanté la colcha (con miedo, vale) y el tío estaba de espaldas y en pelota de tenis picada (lo de tenis, porque era peludito en toda su extensión y estaba bastante rellenito, era un campo de golf abandonado, pelos pajizos por todos lados). O sea, era el gordito bailes raros. Otra vez esa horrible sensación de me cago en mi puta vida. No era mi tipo, quiero que conste. Y no es que sea yo una tiquismiquis en cuanto a tíos se refiere. Me dejo llevar más bien por los influjos de la luna (ella me susurra al oído quién llevarme a la cama). ¡Pero por Urano y Plutón, la luna esta vez me la había jugado! ¡Maldita! ¡Maldita la luna también! ¡Qué hija de puta la luna!

Me levanté sin fuerzas ni ganas de la cama y con cuidado de no moverla mucho y despertar a aquel tío recio que yacía con la boca abierta soltando ronquidos horriblemente desagradables. Caminé por la habitación, con las puntas de los dedos y los brazos medio muertos, imitando al mismísimo Montgomery Burns, buscando mis zapatillas y algo de ropa que echarme encima; yo también estaba desnuda, cosa que no me hacía ni puñetera gracia.

Mi atuendo del Zara, que Patricia tildó de costalera cool de Semana Santa, estaba en el suelo manchado de vómito y muchas cosas más, y pedí perdón a Amancio mentalmente por aquel vilipendio. Visto lo visto, había habido folleteo entre el gordinflas velludo y una servidora (aaarrrggg). Luego busqué en mi bolso la cajetilla de tabaco, y era de Ducados negro, cosa que me escamó una cosa bárbara (yo no fumo tabaco negro) y, además, pude comprobar que el plátano (pocho), las flores (mustias) y el papel de los deseos (arrugado) seguían en su interior. No solo me había pillado un pedo descomunal, encima había renunciado a los consejos de mi madre y me había hecho del club de me-fumo-lo-que-sea-con-tal-de-quemarme-los-pulmones. Era para matarme y por eso el santo patrón me había castigado poniendo a un chico grueso con la capa de Jon Nieve como espalda en mi cama. Estaba claro. Resoplé varias veces, si la gran pitonisa se llegaba a enterar de mi despilfarro neuronal me echaría una de sus sermones sobre el poco respeto que se le tienen a las artes ocultas y un «fas fas maldita estás» con sus uñas de gel apuntando mi cara…

COLABORADORES

La Música y la mentira, por Pedro B. Breis.

-blog

Si alguna vez habéis escrito algo, sabréis que una de las preguntas más recurrentes que los conocidos y los lectores te formulan directamente es: “¿Tiene algo de autobiográfico?” En mi caso siempre contesto que no. Miento, claro.

Todo lo que hacemos en la vida tiene una directa relación con lo que somos en realidad. A veces esta relación se hace evidente y otras se oculta bajo metáforas que maquillan el verdadero fondo y lo hacen parecer otra cosa. Si pasamos una toallita, podemos retirar el maquillaje e intuir la motivación última del relato.

Si algún día alguno de vosotros lee mi libro, al principio notará que la música es una parte importante del mismo. Cuando llegue al final, además, descubrirá que es el eje invisible que vertebra la historia.

Se lo debía. Si mi vida fuera un gráfico en forma de línea que sube conforme la felicidad aumenta y baja en los malos momentos, entre varias cimas hallaría dos grandes fosas. De aquellas que dejan una cicatriz que cambian tu aspecto interior. Y digo “aspecto” porque me niego a aceptar que los golpes puedan con quien realmente somos. Como mucho les voy a permitir el honor de poder cambiar lo que nosotros nos atrevemos a proyectar a los demás.

En ambos momentos, fue la música una de las grandes protagonistas de mi recuperación. De que ese niño, o ese joven que entró en la cueva, encontrara una linterna que le ayudara a salir. Magullado, pero a salvo. Diferente, pero igual. Más adulto, más duro, más sabio. Menos inocente.

Quizá en la próxima entrada os explique con más detalle en qué consistieron esos momentos y cómo la música me iluminó. Quizá no me atreva y lo oculte bajo una metáfora que me dé un pretexto para cuando alguien me pregunte, “¿Tiene algo de autobiográfico?”, pueda decir que no. Aunque sea mentira.

Por Pedro B. Breis colaborador del Blog y escritor de So long Marianne.

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“Ninaconsejo”, libro recomendado!

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Hoy vengo a hablaros de las casualidades de encontrarte a un joven escritor que te pida ayuda y consejo, leas su manuscrito y digas: ¡Qué maravilla! Y tras leerlo, le haces una portada y lo animas a concursar en el Indie de Amazon del 2017. Así que como madrina oficial literaria de Pedro B. Breis me veo en la obligación de recomendaros su primer bastardo literaro, So long Marianne. Una historia que os atrapará por la lírica y la fantástica narrativa del autor que a ratos recuerda a Murakami, atrapando al lector en una trama intensa en búsqueda de una verdad. No es una historia romántica al uso, tiene mucho más y no os la podéis perder.

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UN LIBRO AZUL, AZUL COMO LA LLUVIA, AZUL COMO EL MUNDO DISTÓPICO EN EL QUE SE DESARROLLA ESTA HISTORIA A CABALLO ENTRE LOS RECUERDOS DEL PROTAGONISTA, LA MÚSICA Y LO REAL.
A unos meses de su muerte, en una España sumida en una confrontación mundial del Imperio de Occidente contra el Imperio de Oriente, Pablo descubre un oscuro secreto sobre su padre, que le lleva a un viaje emocional y a través del tiempo, en busca de Marianne, su amor de juventud, desaparecida en extrañas circunstancias. ¿Qué le pasó a Marianne? ¿Por qué su padre le ocultó la verdad sobre ella? Viejas heridas que se abren a la luz, despedazando un pasado roto por la incertidumbre y el dolor de la pérdida inexorable.

Nina Minina: Con una exquisita narrativa, a ratos lírica, Pedro B. Breis, nos narra una novela sobre la soledad, el amor, complicadas relaciones paternofiliales, la recuperación de la esperanza y la lucha interna del protagonista por encontrar la verdad sobre sí mismo y la extraña desaparición de Marianne.

“CUALQUIER HISTORIA PUEDE SER UNA CANCIÓN, INCLUSO LA NUESTRA”

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¿Viernes o te vas?, Libros

¿Viernes o te vas? Capítulo 5

 

El ladrón de besos

En esas estaba yo, riéndome como una imbécil para disimular que el tío sexy me tenía con el puturrú de foi a punto de efervescencia, cuando me puso el índice sobre los labios y me obligó a parar. A ver… No me obligó en realidad, pero me pareció un gesto tan sexy que se me olvidó hasta de cómo reír.

—Te voy a robar esa risa tan bonita que tienes —dijo, sonriéndome mientras me observaba la boca.

—¿Y cómo lo piensas hacer?

—Del mismo modo que pienso robarte el apellido. —Su dedo trazó la forma de mi boca y se fue deslizando despacito hacia mi barbilla, produciéndome cosquillitas mucho más allá de la zona tentada.

—Pues hazlo. —Me sentía pletórica, embriagada y drogada de sex-appeal.

Dejó escapar un suspiro y se mordió el labio midiéndome con los ojitos antes de inclinarse hacia delante, mmmm, destino: mi boca.

Y, ¡joder!, casi me parte un diente. No fue culpa suya, pobrecito, sino del idiota que estaba a mis espaldas que no encontró mejor momento para empujarme y esclafarme, destino: su barbilla.

Lo que debía haber sido un encuentro a mitad de camino, suave, denso, lento, sensual… y todas esas sensaciones que te ponen el chuminator a tres mil revoluciones por segundo, se convirtió en un estallido de mi dentadura contra su mandíbula. Quedándome, además, clavada a ella como un castor.

Jofer, qué faño —protesté, batiéndome en retirada tapándome la boca con la mano y con los dientes modo piraña como la mujer de Iker Jiménez.

—Joder, qué daño —se quejó él también haciendo los mismos movimientos pero masajeándose la barbilla, que por cierto era divina, con hoyuelito sexy incluido, y ahora, además, con una marca plus de mis incisivos como si se la  hubiera autograpado.

—El idiota este me ha empujado. —Señalé detrás de mí al tío en cuestión, que no había tenido el detalle de disculparse.

—¿Estás bien? —Acortó las distancias, envolviéndome las mejillas con las manos y un estremecimiento me recorrió las partes bajas.

—Me he mordido aquí. —Deslicé la lengua por mi labio inferior y saboreé el sabor salado de mi propia sangre.

—Tienes una herida pequeña —dijo, estudiándomela con pericia mientras yo aprovechaba para olerle el pelo.

Olía de puta madre, no hacía mucho que se había duchado y aún conservaba el aroma de un champú afrutado. En concreto, olía tanto a fresas que daban unas ganas bárbaras de pasarle la lengua por todo el cabello y quitarle la gomina, porque llevaba gomina en cantidades industriales para peinar con habilidad todos los caracolitos que coronaban su cabeza—. ¿Quieres hielo?

—Sí, por favor.

Sin pensárselo mucho, metió la mano en mi copa y sacó un cubito de hielo y me lo colocó sobre el labio, sujetándolo por un rato, mientras sus ojos me observaban.

—¿Mejor?

—Sí.

—No es nada.

—Lo sé.

—Vaya, lo siento.

—No tienes por qué disculparte, no ha sido culpa tuya.

—Lo decía por el beso, nos lo ha jodido.

—Eso sí —me lamenté, pues ese idiota no solo me había robado la oportunidad de besarme con el tío sexy en aquel momento, sino que también me había enviado una señal nítida y brillante como la luz del astro rey.

El tío sexy no era mi def y yo tenía una misión astral esa noche. Mi sino y el de mi def estaban conectados por un hilo invisible y tenía que hacer todo el ritual para dar con él. Esa era mi misión y no la de perder el tiempo con un posible presunto por muy bueno que estuviera y mucho menos ir clavando mis paletas a toda barbilla que se me pusiera por delante.

Por cierto, ¿qué hora era?

Miré mi reloj, y era casi la una. La una. La una. ¿La puta una? Casi me da un síncope. Estaba condenada al fracaso amoroso. Mi madre me lo había explicado requetebién: saltar tres olas, quemar mis deseos en la hoguera, tirar una fruta y unas flores al mar en la hora mágica. De pronto me entró una prisa tremendísima.

—Tengo que irme.

—¿Ahora? —Me miró extrañado — ¿Acaso te convertirás en calabaza cuando den la una?

—Sí, tengo que ir a la playa —me limité a responderle sin mirar a atrás, acelerando los pies en dirección al lugar donde había perdido de vista a Patricia por última vez antes de salir a fumar a la puerta.

—¿Vas a volver? —Venía pisándome los talones.

—No lo sé.

—Pero espera, ¿por qué tienes que ir? ¿Has quedado con alguien? ¿Eres algún tipo de anfibio? —Me retuvo por el codo, riendo con su última ocurrencia.

—He quedado con mi destino —dije, buscando a mi amiga con la cabeza en modo aspersor. Maldita sea, no la veía por ningún lado, de hecho veía doble.

—¿En serio?

—Y tanto. Tengo una misión que cumplir y necesito encontrar a mi amiga. ¿Dónde mierdas se ha metido? —pregunté mirando a mi alrededor desesperada, mientras todo me daba vueltas.

—¿Cómo es?

—Rubia, pelo largo, como yo de alta…

—¿No tienes ninguna foto?

—Sí, en mi móvil.

—¿Y tu móvil?

—Lo tiene ella, junto con mi bolso. ¡Tengo que encontrarla! Si me doy prisa todavía llego a tiempo.

—¿A tiempo de qué?

—De hacer mi ritual amoroso.

—¿Crees en esas cosas? —Dibujó una mueca burlona.

—¿Cómo no? —Volteé los ojos, un poco molesta. Si él fuera yo, habría mamado esas cosas desde la cuna y no las pondría en duda tan a la ligera, pero yo estaba bastante acostumbrada a este tipo de reacción de la gente escéptica y no se lo tenía demasiado en cuenta. Si les contaba que mi madre era pitonisa profesional ya flipaban unicornios.

—Puedo ayudarte.

—¿Sí, cómo?

—Tengo una moto en la puerta y puedo llevarte a la playa y hacer tus rituales.

—Pero no tengo mis objetos mágicos.

—¿Y qué necesitas?

—Pues una flor, una fruta y un papel para escribir mis deseos.

—Ven conmigo. —Me agarró de la mano y me llevó hasta la barra.

Habló con Curro unos breves segundos y el camarero se marchó y volvió al poco, dejando dos limones sobre la barra, un bloc de notas y un boli. El tío sexi aprovechó el momento para pagar las bebidas de antes, aunque no hacía falta; Curro me fiaba y sabía que volvería pronto. Siempre volvía, como Terminator.

Miré al tío sexy emocionada, me iba a salvar la noche, y él me sonrió.

—Los limones son fruta. ¿Te valen?

—Sí, claro que me valen, con uno me sobra.

—El otro es para mí, ya que voy, también tengo derecho a pedir mis deseos —dijo, cogiendo el boli y escribiendo algo en el bloc, luego arrancó la hoja y se la guardó en el bolsillo del vaquero antes de pasarme el boli.

Escribí mis deseos y arranqué la hoja.

—Ya estamos listos, vamos. —Me cogió la mano y de nuevo me llevó hasta la puerta atravesando la marabunta de gente que colapsaba la entrada—. Esa es. —Me señaló una moto molona aparcada en la acera de enfrente.

—Faltan las flores —le alerté mientras examinaba su moto, no tenía claro si sería capaz de mantener el equilibrio una vez montada.

—No importa, donde vamos hay unos jardines que pillan de paso —dijo—, lo único, que no llevo casco para ti.

Me rasqué la cabeza.

—Podemos ir corriendo. Aún quedan —consulté el reloj— cinco minutos para la una. Yo corro rápido —dije, pero tampoco tenía muy claro si sería capaz de correr.

—No llegaremos. ¿Tiene que ser mientras sean las doce?

—Sí, de hecho, debería haberlo hecho a las doce en punto, pero ya que no he podido porque tú me has entretenido, creo que puede ser igualmente eficaz mientras sea en esa hora.

—Ya, está claro, pero, mira, si lo piensas bien, en muchos sitios del mundo todavía no son ni las doce. Si estuviéramos en Canarias estaríamos a tiempo.

—Pero no lo estamos —aprecié.

—No, pero podríamos imaginar que lo estamos y entonces sería igualmente válido, ¿no crees?

Ladeé la cabeza y lo miré pensativa.

—Está bien, pero vamos corriendo, debe haber mucha poli en la playa hoy controlando, y si nos pillan sin casco nos multarían.

—Pues vamos—. Me agarró de nuevo de la mano y arrancó a correr.

Nina

 

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UNA AGENDA QUE NO PUEDES DEJAR PASAR SI ERES RUBIA!

Genial, buenísima, divertidísima. Ojalá todos tuviéramos una vecina rubia en nuestra vida. Pero como por ahora no hay más que una y no piensa clonarse, con esta práctica libreta podremos empaparnos de su filosofía e ir con la vida luciendo pelaza. Para que estés enterada de todo, como una auténtica rubia, tienes que saber que al final de la agenda encontrarás unas páginas con adhesivos para marcar fechas importantes y, pegado a la tapa posterior, un práctico sobre para guardar tiquetes, recortes y lo que necesites. Úsalos con clase. Porque incluso estudiar, hacer deberes y presentarse a los exámenes se puede hacer con estilo si eres una rubia o una rubia atrapada en un cuerpo de morena.

AGENDA VECINA RUBIA

Yo ya la tengo, obviamente porque soy rubia de nacimiento y no podía prescindir de ella. Viene con unas pegatinas muy molonas y recordatorios básicos como los cambios de armario en cada estación, algo que se me podría pasar por alto dada mi “rubiez”.

Una agendita muy molona con ese punto Chick lit destroyer que tanto me gusta!

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