¿Viernes o te vas?

¿VIERNES O TE VAS?

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Sinopsis:

Seamos serios y pongámonos en situación. Imagínate que un buen sábado te levantas de la cama con un resacón en las venas brutal y que unos seres friquibundos, que no conoces de nada, han invadido tu espacio vital y están dilapidando tus últimas reservas de ibuprofeno. Además, la que dice ser tu amiga, te diagnostica el síndrome de Korsakoff, y se queda tan pancha. A ver, veamos… ¿a ver si va a ser verdad?, porque tú, lo de ayer como que no lo recuerdas mucho, ¿verdad? Por lo visto, alguien perdió la brújula al completo y todas las sospechas apuntan directamente hacia ti.

¿Viernes o te vas, Candela? Me fui, de hecho, perdí hasta el nombre; ahora dicen todos que me llamo Candy y no sé por qué, pero ¿qué paso anoche?

 

capítulo 1

Tengo una suerte bárbara, más que bárbara es brutal. Tengo la suerte de levantarme con una pila de petaca enchufada al culo, con ganas de comerme el mundo y sonreír como el Joker a la vida, soy la viva imagen de los empalagosos eslóganes de Mister Wonderful. Ya, lo sé, doy un poco de ascazo, pero así soy yo y esa es mi gran suerte.

Me despierto cada día a las ocho, gracias a un reloj biológico que habita en mi cabecita puntual como un novio feo, me levanto ligerita de la cama y tranquilamente me ducho, me peino, me maquillo y con esas ya tengo la sonrisa tirándome de los carrillos mientras desayuno en mi cocinita con la mirada clavada en el cielo azul, porque puedo verlo desde la diminuta ventana de mi cocinita y porque, además, tengo la  suerte de que aquí donde vivo casi siempre es de ese color (aunque, pensándolo bien, en ninguna parte del mundo puede ser de otro color, pero a buen entendedor, pocas palabras bastan, sé lo que me digo, vale). Me fumo mi primer cigarrito (sí, soy de esas repudiadas sociales que fuman porque les gusta disfrutar de un buen cigarrito mañanero, esos que te regulan el colon y te vacían que da gusto,  y a cualquier hora del día, a decir verdad, me va bien, para qué voy a mentir), a la vez que repaso mentalmente mi agenda diaria y reviso mis apps sociales en la tablet. No es una tablet, en realidad, es un móvil grande, tamaño Jumbo. Entre semana suelo currar en la Clínica Bruselas de nueve a dos y de cuatro a siete y, cuando salgo, hago pilates, danza del vientre, running o nonadas. Esto último me encanta. Por las noches y los findes salgo con mis amigos de tardeo, nocheo y postureo, eo, eo, eo (me va el jolgorio, es evidente) y si se tercia hasta me echo un ligue puntual (también me va el folleteo, venga, lo confieso aquí y ahora). Actualmente no tengo pareja ni folla-amigo ni nada que se le parezca, pero no es algo que me preocupe porque sé que mi def está al caer. Sé que un día al girar la esquina del mañana conoceré a la persona que me pondrá el salva-slip de revés con solo guiñarme el ojo. ¿Que por qué lo sé? A parte de enfermera de día, aficionada al pilates y al belly-dance, a fumar una media de diez cigarrillos diarios y golfanta de noche, soy superfán de la astrología y las mancias. Es un defecto congénito, lo sé.

Seguro que has escuchado esta palabra en más de una ocasión e incluso te pueda parecer cosas de loca, pero lo mío es más bien de serie. Mi madre, Susana Castaños, más conocida en la región como La Luceros, es pitonisa profesional y a ella acuden en escuadrón, desde que tengo uso de razón, personas de lo más variopinto para recibir consejo sobre las decisiones importantes que tienen que tomar en sus vidas, incluidas memeces tales como el color de pelo que deben llevar a la boda de su hija frente a un conjuro místico en el que mi madre les arranca pelos de ceja y los quema para finalmente decir «rubio ceniza». Así que estoy bastante curada de espanto, y lejos de pensar en todas estas cosas como misticismos a tratar como reliquias de una época menos racional, lo veo, más bien, como el pan de cada día. Y no soy la única, ¿eh? He visto casi de todo, todo, todo, circular por nuestra casa, desde curas, médicos respetadísimos, deportistas de élite, vips del artisteo nacional hasta políticos corruptos, que por supuesto no puedo nombrar, pues mi madre que es muy profesional me hizo jurarle con las manos sobre su bola de cristal que nunca desvelaría nada de cuanto viesen mis ojos.

Pues al grano, una vez hecha la debida presentación (mi madre además de inculcarme la fe ciega en las mancias, también me enseñó muy buenos modales), voy a contaros lo que aquel viernes, que un principio se auguraba estupendo y maravilloso por las luces de mi progenitora-adivina-pitonisa-profesional, pasó a ser una locura sin pies ni cabeza, y nada mejor que hacerlo desde el final, que siempre es el mejor principio o el principio de cualquier historia nueva, según se quiera ver, y es que la vida hay que mirarla con perspectivas, en plural, cuantas más mejor, y así le vamos sacando todo el jugo hasta exprimirla a fondo. La vida es para subirse a ella, no para sentarse en el andén de la desidia y ver cómo pasa de largo como un tren de alta velocidad, aunque en días como el que voy a contarte me hubiera bajado de ella en marcha hasta despellejarme rulando como un conejo.

Así que empezaré hablando del sábado siguiente al viernes de autos, porque la vida es así, después de un viernes, siempre llega el sábado, y si no ocurre tal cosa, mal nos va, ¿no? O, directamente, no nos va nada de nada. En fin, volviendo al asunto que nos ocupa que me pongo en plan Paulo Coelho y me hago las trompas de farlopio un lío… Ese sábado, al contrario de lo que suele suceder, me levanté como si me hubieran operado el cerebro a cabeza abierta (nunca me han operado el cerebro, pero supongo que eso te deja bastante hecho mierda). Pues así estaba yo, una nave nodriza gigantesca, negra y molesta navegaba por mi cabeza a lo Star Wars (pero sin Han Solo, cosa que no me hubiera importado en los más mínimo, sobre todo si iba solo ataviado con unos bóxers y llevaba una Coca-Cola en la mano bien fresquita, con rajita de limón y todo) y me impedía abrir los ojos, ojos por decir algo, bien podían pasar por almendras garrapiñadas, y había tal estruendo ahí dentro que se me antojaba que Daddy Yankee, La Factoria, Plan B y Nicky Jam hubieran montado un concierto por sorpresa y estuvieran tocando, todos juntos y a la vez el chachaca-pum-chachaca-pum con una botella de Anís del Mono y un cucharón de palo. Tenía lo que se dice en plata, un resacón en las venas del copón.

Apreté los ojos con fuerza y me di la vuelta queriendo tomar otra vez posiciones y reconciliarme con el señor Morfeo. A esas alturas del día (la una de la tarde más o menos) ya se presagiaba que sería duro de llevar sin la ayuda de una sobredosis de ibuprofeno y más tras el inesperado hallazgo que hizo mi mano al aventurarse en el más allá de mis dominios colchoneros, al palpar una masa magra sudorosa. No sabía si había tocado pechuga o mulso, pero aquello apuntaba a ser un pavo, y no de los de Navidad, un pavo de los que pavonean a las pavas. Tumbado a mi verita había un tío, debía serlo, las mujeres no lanzan semejantes ronquidos de batracio, que encajaban sincopados en las notas de reggaetón que despedían mis neuronas resacosas, y del que no recordaba cómo había llevado hasta ahí. Horrible sensación de me cago en mi puta vida.

Maldita Patricia, malditos rones, malditos cazallas y maldito, sobre todo, el cigarro condimentado con especias alucinógenas  que me dio a fumar mi nuevo amigo de la puerta del Bébete la Vida a Jarras (garito de nocheo muy frecuentado por mí y mis fieles seguidores de farras y con un nombre que le viene al pelo) y al que había ido a tomar un algo con la maldita Patricia. Una tía que de día parece una médica muy seria y formalita de esas que te miran por encima de sus gafas de pasta mientras teclean a toda máquina que te quedan tres meses de vida y se encarniza con las recetas de pastillas que te van a costar una úlcera duodenal para más inri, pero que en cuanto cuelga la bata y el estetoscopio se vuelve una salvaje de podio sedienta de jolgorio (alcohol por un tubo y lo que caiga mientras tanto). Recuerdo el día que tuvo que diagnosticar un cólico renal y el paciente le preguntó si aquello era grave y ella le dijo que era «grava», Patricia tiene lo que se dice poco tacto y además unas ganas locas de fiesta. Ella fue quien me lio, como casi siempre, a veces me lio yo sola sin necesidad de que nadie me haga la ola.

Yo pensaba hacer lo que mi madre me había recomendado: ir a la playa, saltar tres olas, quemar mis deseos en la hoguera, tirar una fruta y unas flores al mar, comerme unos boquerones adobados… Todo eso en plena consciencia (aunque podáis pensar que debo tener el conocimiento justo para pasar el día) y después dormir a pierna suelta para que el influjo de la noche mágica entrase en mi pisito (fíjate bien, que siempre hablo de él en diminutivos, pero es que el tamaño del pisito es lo que le pide a mi boca). Mi intención era tomar una copichuela (na más) al salir de trabajar en el bar de Bruno (esquina opuesta a la clínica Bruselas en la calle Castaños) con Patricia e irme a hacer todo el tema de las mancias vestida de impoluto blanco como la niña de la curva (pero sin maquillaje gótico) y estar fresca como un clavel en rama para el sábado, día de San Juan, la fiesta grande, pues esa iba a ser mi NOCHE. MI GRAN NOCHE (¡vivan Raphael y la madre que lo parió!; es que soy muy fan). Según mi madre iba a ser la hostia en mi vida, y no de las malas (entiéndase), pues iba a conocer a un bombero en la cremà y dejaría de ventilarme sapos, sapos como probablemente sería el que tenía tumbado a mi lado roncando como una mala bestia. Parecía que se había tragado una orquesta entera de pitufos maquineros.

Mis pensamientos en relación con la noche anterior eran como gifs. Iban, venían, se repetían una y otra vez, pero no les encontraba mucho sentido. Yo con la cara pegada a un cristal, yo bailando la conga enseñando los pelos de las ingles, yo besando a un tío, yo teniendo un conato de coito con la máquina de tabaco… Estaba un poco acojonada, no sabía con qué iba a encontrarme al lado tras esos flashbacks tan cabra-loca: ¿mi nuevo amigo cigarrito matador, el gordito-bailes-raros, el guapetón ojos verdes, el simpático-listo…? Podría ser cualquiera. Levanté la colcha (con miedo, vale) y el tío estaba de espaldas y en pelota de tenis picada (lo de tenis, porque era peludito en toda su extensión y estaba bastante rellenito, era un campo de golf abandonado, pelos pajizos por todos lados). O sea, era el gordito bailes raros. Otra vez esa horrible sensación de me cago en mi puta vida. No era mi tipo, quiero que conste. Y no es que sea yo una tiquismiquis en cuanto a tíos se refiere. Me dejo llevar más bien por los influjos de la luna (ella me susurra al oído quién llevarme a la cama). ¡Pero por Urano y Plutón, la luna esta vez me la había jugado! ¡Maldita! ¡Maldita la luna también! ¡Qué hija de puta la luna!

Me levanté sin fuerzas ni ganas de la cama y con cuidado de no moverla mucho y despertar a aquel tío recio que yacía con la boca abierta soltando ronquidos horriblemente desagradables. Caminé por la habitación, con las puntas de los dedos y los brazos medio muertos, imitando al mismísimo Montgomery Burns, buscando mis zapatillas y algo de ropa que echarme encima; yo también estaba desnuda, cosa que no me hacía ni puñetera gracia.

Mi atuendo del Zara, que Patricia tildó de costalera cool de Semana Santa, estaba en el suelo manchado de vómito y muchas cosas más, y pedí perdón a Amancio mentalmente por aquel vilipendio. Visto lo visto, había habido folleteo entre el gordinflas velludo y una servidora (aaarrrggg). Luego busqué en mi bolso la cajetilla de tabaco, y era de Ducados negro, cosa que me escamó una cosa bárbara (yo no fumo tabaco negro) y, además, pude comprobar que el plátano (pocho), las flores (mustias) y el papel de los deseos (arrugado) seguían en su interior. No solo me había pillado un pedo descomunal, encima había renunciado a los consejos de mi madre y me había hecho del club de me-fumo-lo-que-sea-con-tal-de-quemarme-los-pulmones. Era para matarme y por eso el santo patrón me había castigado poniendo a un chico grueso con la capa de Jon Nieve como espalda en mi cama. Estaba claro. Resoplé varias veces, si la gran pitonisa se llegaba a enterar de mi despilfarro neuronal me echaría una de sus sermones sobre el poco respeto que se le tienen a las artes ocultas y un «fas fas maldita estás» con sus uñas de gel apuntando mi cara…

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3 thoughts on “¿VIERNES O TE VAS?”

  1. Me ha pasado contigo como me pasa siempre con los libros. Mientras esperaba a que se enfriase el té del desayuno he empezado a leer posts con los “ojicos pegaos” y ni cuenta me he dado de que ponía “capítulo 5”. Me he enganchado y al ir a comentar he visto… más bien al terminar el comentario, que por lógica mañanera, debía de haber un capítulo 4, y si me apuras tres anteriores. Y aquí estoy, pensando en cómo de sexy es tu amigo baila-raro… Ug.

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