¿Viernes o te vas?

¿Viernes o te vas? Capítulo 2.

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capítulo 2

resacón

Necesitaba chutarme un café directamente en las venas, rehidratarlas como fuera, tras la garrafal ingesta de alcohol, que debía haber sido a escala industrial a juzgar por el reggaetón que vapuleaba mi cabeza sin piedad. Debían estar disecadas como los animales que colecciona Amanda Seyfried, y Patricia tendría que hacerme un chequeo el lunes por si necesitaba un trasplante de hígado, aunque lo más probable es que ella misma también lo necesitara y se pusiera la primera en la lista de espera, alegando que su permanencia en el mundo era mucho más importante que la mía. Siempre me decía que en caso de apocalipsis, ella estaría muy por delante de mí en la lista de elegidos para entrar en el bunker y preservar así la vida inteligente en la Tierra.

Cuando llegué al saloncito, el cigarro que llevaba en la boca se me cayó de la impresión. Suerte que estaba apagado o hubiera quemado los pies de aquel ser que yacía plácidamente en el suelo abrazando uno de mis cojines peluchitos del sofá.

Mis ojos empezaron a responder de manera casi normal, recorriendo toda la sala en visión panorámica intentando enfocar con cuidado de no desprenderme las retinas ante semejante espectáculo solo apto para adultos y sin problemas coronarios, y mi corazón a bombear sangre a todo lo que daba de sí. Mis conocimientos médicos sabían que no estaba sufriendo un infarto, pero de no haber sido enfermera ya hubiera llamado al 112.

En el sofá estaba Patricia en bragas y sujetador, con la cara aplastada en el reposabrazos y un brazo colgando (lo que se dice con el ancla echada para pasar la mona), acompañada de un rodal de babas alrededor de la comisura de su boca.

En el sillón orejero, recién tapizado, un chaval con todo el asunto al aire, posando su bolsa escrotal en el asiento y con la chorra a media asta, durmiendo en posición vampírica y con la boca abierta.

Tres personas dormían en el saloncito de manera poco decorosa, y a dos de ellas no las conocía de nada. Y para completar el cuarteto de cuerda, aunque bien podía ser de percusión por los ronquidos, el velludo macerado de mi cama.

La mesa estaba repletita de latas de cerveza y vasos de Coca Cola aguada por hielos que hacía mil se habían fundido. El cenicero del rastafari, que nunca me gustó, se había caído al suelo y se le había roto el brazo que sujetaba el canuto, desperdigando decenas de colillas en mi alfombra de Ikea junto a un manchurrón de algo marrón que no quise averiguar en aquel momento, pero que era muy sospechoso.

Me dirigí a la cocina con una leve taquicardia y me encontré más de lo mismo: botellas de alcohol vacías, vasos sucios y restos de envases de fiambre sobre la bancada, y más colillas y migas de pan medio descompuestas componían un cuadro vomitivo en la pila. ¿Qué había pasado la noche anterior? ¿Habíamos montado acaso una bacanal en mi pisito y por eso acabé eclipsada por el potencial del velludo?

Cogí una cacerola y un cucharón de palo y, como una loca de atar, empecé a despertar a todo el personal como si estuviéramos en un campamento de verano juvenil.

—Pero ¿qué cojones…? —El de la bolsa escrotal al viento dio un respingo en el sillón y se restregó los ojos—. ¿Se puede saber por qué has hecho eso? Me has dado un susto de muerte.

—Perdona, ¿quién eres y qué haces en plan comando sobre mi recién tapizado sillón? —Lo miré inquisitivamente, lo recordaba vagamente del pub, era el guapetónojosverdes.

Recordaba sus ojos, cómo para no hacerlo, y me pregunté por qué mierdas no me había liado con ese y no con el otro. No entendía nada. Este tío era más de mi gusto o del gusto de la luna. La maldita luna ayer, visto lo visto, se había pillado también una cogorza a costa del universo y había mandado mis exigencias por algún agujero negro.

—¿Qué te pasa, Candy? Soy Pablo, tú me dijiste que me desnudara. ¿No lo recuerdas, caramelito? —El tal Pablo se desperezó todo lo que pudo, empinando aún más aquella tranca felizmente despertada.

—¿¡Yo!?—¿Qué narices estaba insinuando, que yo le pedí qué?

—Joder,Candy. —Empezó a reírse a carcajadas, despertando a las otras dos marmotas que se habían resistido al ruido de la cacerola—. Lo tuyo no tiene nombre, ayer eras la voz cantante de todo el cotarro.

Pues claro que no tenía nombre, y ¿por qué mierdas me llamaba «Candy»? Yo no soy Candy. Yo soy Candela, Candela… Candela María, en todo caso, si es que me vas a echar la bronca.

—¿Qué pasa,Candela? —Patricia se incorporó y se rascó la cabeza, enmarañando aún más su mata de pelo rubio y con una voz ideal para imitar a Joaquín Sabina en Tu cara me suena.

—Eso mismo estaba preguntando yo a este chico. —Miré a Pablo fijamente comprobando que aún seguía desnudo y ya de paso que estaba muy bueno—. Cúbrete con algo, por el amor de Dios.

—Buenos días, pandilla. —El abraza-cojines también se desperezó y se sentó cruzando las piernas y saludando en plan colegueo con los ojos pegados por las legañas.

—¿Y tú quién eres? —le pregunté con la boca más seca que el esparto, pese a que también recordaba entre brumas su rostro del pub, el simpático-listo que me enseñó un truco de magia justo antes de salir a la puerta a fumarme el cigarrito especial con su amigo el ricitos de oro.

—Qué graciosa eres, la puta ama, Candy, soy Raúl. ¿Hay café?

—Claro que hay café, en el bar de abajo lo preparan riquísimo. —Miré a mi amiga que parecía muy divertida con la situación—. Patri, ¿qué hacen todos estos aquí?

—Vinimos a desayunar —me respondió—, por cierto, ¿dónde están Víctor y Jerson?

—¿Quiénes son Víctor y Jerson?

—Dos amigos nuestros —respondió Pablo rebuscando por el suelo su ropa. Había un derroche de prendas tal que aquello parecía un Primark un sábado por la tarde.

—Hay uno entradito en peso en mi cama —dije con cara de asquito.

—Ese es Jerson —respondió Raúl, el abraza-cojines.

—Así que se llama Jerson. —Puse los ojos en blanco y me llevé las manos a la cabeza—. ¿Y el otro, Víctor, dónde está?

—¿Qué pasa, se ha ido?—preguntó Pablo.

—No lo sé.

—¿¡No lo habrás matado!?—exclamó Raúl dibujando una mueca de horror.

—¿Por quién me tomas? —le repliqué bastante molesta—. Patri, ¿puedes venir un momento? —le pedí a la chalada de mi amiga llevándomela a rastras hasta mi habitación—. ¿Qué mierdas ha pasado aquí? ¿Cómo has consentido que metiera a estos tres… o cuatro en mi casa y más concretamente a esta morsa peluda en mi cama? —Le señalé indignada al velludo roncante.

—Tranquila, no te alteres y me eches la culpa como siempre. Los invitaste tú.

—¿¡YOOOO!?—grité más de la cuenta y el velludo se revolvió en la cama.

—Ya lo has despertado, con lo agustito que estaba él entre tus sábanas —se mofó Patricia.

—No tiene gracia.

—La tiene, esta vez sí que la tiene.

—¿A qué te refieres con que esta vez sí que la tiene?

—Ibas tan pedo que no recuerdas nada de lo que pasó ayer, ¿verdad?

Traté de pensar en algo concreto de lo vivido la noche anterior, pero solo me llegaban flashes vagos y desconcertantes. Asentí  confusa y dije:

—Verdad.

—Pues ve despertando a tu fofisano y hacemos una reunión de urgencia, necesitas que te refresquemos la memoria.

—De eso nada, no necesito que se me refresque la memoria —me negué por completo—. Quiero que todos estos tíos raros se vayan de mi casa ahora mismo.

—Pero, tía, teníamos un planazo para hoy —rezongó rascándose la pierna. ¿Es que no se había dado cuenta de que estaba en paños menores en presencia de unos completos desconocidos de ojos voraces? O no, no sé si eran voraces y simplemente eran ojos resacosos—, ¿recuerdas? Lo planeamos tras la procesión que organizaste aprovechado tu look de costalero.

—¿Qué parte de no me acuerdo de nada no has entendido? —le pregunté encrespándome e intentando recordar cuándo me había vuelto yo tan devota como para organizar una procesión de Semana Santa en pleno solsticio de verano.

Vale, que no panda el cúnico, estaba claro que anoche cogí una cogorza descomunal, y que cuando bebo más de la cuenta y le doy unas caladas a un cigarrito de la risa se me va un poco la cabeza, pero esto, ¡ESTO! Esto había llegado demasiado lejos, se había ido de madre (sobre todo de la mía), aunque pensándolo bien me había llegado muy cerca, más concretamente a mi pisito. Creía que iba a ser una noche tranquila en nuestro garito de siempre, un par de cañas y un cazallita como mucho, pero habíamos perdido el norte, ¡y el nombre!, al menos yo. Patricia tenía otros planes maquiavélicos y yo había terminado cediendo como siempre, perdiendo hasta la goma de las bragas, la dignidad como ser humano y la brújula  que todos llevamos insertada en el cerebro para no olvidar dónde has dejado el coche. No sabía qué había pasado ni cómo mierdas me había montado un circo en mi pisito invitando a esos tres seres salidos de una serie de nerds americana a la española.

El velludo gordinflas se dio la vuelta entonces y nos sonrió con la cara roja como un tomate de pera, y a mí se me encogió el estómago, que hasta ese momento debía ser del tamaño de una bolsa de basura comunitaria. Para llevarse ese tío a la cama se debía tener mucho estómago, pero mucho, mucho, mucho… muchísimo. El estómago de un puto elefante, por Dios, pero ¿por quéeeeeee?

—Ey, Candy, muy cómoda tu cama. Patri, colegaaaaaaa. —Levantó el brazo y le ofreció la palma de la mano a mi amiga.

—¿Qué tal, Jerson? —La muy perra le chocó los cinco como si nada. ¡Hale, viva la Pepa!

—¿Puedes levantarte de mi cama ya, por favor? —Hice un gesto de angustia para que Jerson advirtiera que aquella situación me hacía muy poca gracia.

—¿Qué mosca le ha picado a esta? —Velludo-man preguntó a Patricia. Pero ¿en qué me había convertido yo anoche, en el adorable osito Misha?, o, mucho peor, ¿en su compañera de cama?

—No le hagas caso, tiene el síndrome de Korsakoff. No recuerda ni la murga que nos dio con encontrar a su definitivo o, como ella lo dice, su def. Tienes que ir pensando en dejar de abreviar las cosas como si tuvieras problemas logopedas. —Patricia odiaba esa manía que tenía de acortar palabras para darles un toque glam, pero por un oído me entraba y por otro me salía.

—¿Que tengo qué? —Necesitaba que la doctora muerte me iluminara con su sabiduría y, sobre todo, que me aclarase si ese síndrome era mortal ya que se había aventurado a dar un diagnóstico, precoz por otro lado.

—Síndrome de Korsakoff, ¿no lo diste en la carrera? —dijo con desdén—. Veo que la cosa está más grave de lo que pensaba. —Mi cara de pánico la animó a darme el diagnóstico completo, como a ella le gustaba hacerlo con muchos detallitos y palabreja técnica para que el paciente no se enterase de la misa la mitad. Cómo disfrutaba la mala pécora dando malas noticias, es que se le notaba en la cara de cemento. Lo soltaba a bocajarro y ahí te quedas, pringao, si te estás muriendo es tu jodido problema—. El síndrome de Korsakoff o psicosis de Korsakoff es una afección que abarca los trastornos mentales que se manifiestan en la enfermedad de Wernicke, y generalmente se presenta en quienes presentan abuso de alcohol. Se ven afectados especialmente la memoria y el aprendizaje, pero involucra también otras funciones cognitivas. El daño cerebral proviene sobre todo por una deficiencia de vitamina B1, aunque también suelen ser insuficientes otras vitaminas y minerales. El consumo de bebidas alcohólicas produce daños en el aparato digestivo, lo que provoca deficiencias de absorción y almacenamiento, sumados a sus propiedades neurotóxicas y a la situación de abandono alimenticio a que puede conducir…—¿Había oído daños cerebrales? Estaba toda loca escuchando todo aquello con las neuronas aturulladas en rompan filas con los bracillos en alto pidiendo auxilio.

—Para, para… ¿¡Tengo daños cerebrales!? —Me toqué el cráneo, intentando buscar algún bulto,entrando en modo pánico on.

—No me seas hipocondriaca, solo es una resaca de órdago.  Aunque te vendrían bien unos pistachos, tienen mucha vitamina B1 —dijo tan pancha, dejándose caer en la cama y cruzando las piernas.

—Puedo ir a comprarlos, me visto y voy en un momento —se ofreció, solícito, velludo-man.

—Nadie va a traer pistachos. ¡Esto es de locos!

—Mira, eso mismo decías anoche —volvió a mofarse mi amigastra, que en ese momento se me antojaba la malvada de Blancanieves.

La idea de que toda esa gente, incluida Patricia, se marchara de mi casa y poder meter la cabeza en el horno me invadía, pero la curiosidad también me estaba matando y el horno era eléctrico y solo conseguiría gratinarme los párpados. Tal vez, estos chicos fueran buenas personas y el dichoso síndrome de Korsakoff me estaba dando tregua para no recordar el nefasto polvo con aquel tío raro y poder pasar página. Quizá podríamos ser amigos, comer paella los domingos, jugar al rugby sobre un campo de césped como en Friends, tomar cafés día sí y día también en el bar La Costera… Definitivamente necesitaba un palet y medio de pistachos, el síndrome de Korsakoff paseaba por mis venas como Pedro por su casa dejándome lela del todo y dependiente de alimentación por sonda.

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