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Capítulo 4. Candela se va de viaje

 

imagesLL—¿Qué lleva esto? —le pregunté al ricitos de oro que acababa de conocer poco antes en el interior del Bébete la Vida a Jarras, antes de darle una honda calada al cigarro con olor a colonia Nenuco que me había ofrecido tras plantarnos en la puerta.

—Un purito bueno —respondió con su mirada holgazana. Tenía los ojitos azules claros y algo enrojecidos por la noche y sus perfidias.

Volví a darle un par de caladas y sonreí absorta en las formas que el humo dibujaba en el aire. Vamos, que me puse en plan todo interesting.

—¿Cómo te llamas?

—Víctor. ¿Y tú?

—Candela. ¿Vienes mucho por aquí?

—No, es la primera vez. ¿Y tú?

—Sí, vengo casi siempre —me declaré cliente de barra fija de aquel garito antes de llevarme el purito bueno a la boca y succionarlo como si me fuera la vida en ello—. ¿Vas a ir a la playa ahora?

Negó levemente con la cabeza.

—Yo, sí —dije consultando mi reloj (las once y media) antes de darle otra calada al purito bueno de mi nuevo amigo—. Pero ¿qué lleva esto? —Levanté el cigarro ante nuestros ojos mirándolo con curiosidad como si nunca hubiera tenido un porro entre los dedos—. Me está dando un no sé qué.

Se echó a reír y me lo robó de la mano.

—Hachís del bueno —se limitó a responder y yo le eché un vistazo a mi alrededor pensando que estaba empezando a percibir una atmósfera un tanto nebulosa a lo Expediente X. Había bastante gente de lo más variopinto en la puerta del garito y por la calle celebrando la noche de San Juan. Todos alegres. Todos bebiendo. Todos fumando. Pero ¿tanta bruma? Eso no era normal, parecía el escenario de Lluvia de estrellas y yo un Bertín enajenado.

—Y tanto, estoy empezando a despegar—. Me eché a reír a carcajadas sin poder contenerme. Digo yo que no podía, si no ¿a santo de qué me reía yo tanto?

—¿Vienes dentro? —me propuso dándome de beber de su vaso.

Lo cogí e hice como que bebía, pero sin beber, no fuera que aquello llevara burundanga y acabara entregándole mi flor a aquel desconocido porreta.

—No, se está bien aquí fuera. Hace fresquete bueno.

—Ey, Víctor. —Un chico se interpuso entre mi nuevo amigo y yo, estrechándole la mano en plan brother.

—Eh, tío, te presento a mi nueva amiga.

El tal tío se volvió hacia mí y me sonrió con toda la cara. Era guapisísimo. Esos ojos, esa nariz, esa boca, esa barbilla, esos pectorales, esos abdominales y esas piernas, oh, my God, que por debajo del vaquero se adivinaban interminables, eran de otro mundo.

—Hola, nueva amiga de Víctor, ¿cómo te llamas? —preguntó invadiéndome el espacio personal.

Traté de enfocar sus ojos con los míos, pero el purito bueno me lo estaba poniendo bastante difícil, debía parecer la Leti.

—Necesito un ron-cola —dije, devolviéndole el vaso al ricitos de oro.

El chico guapisísimo me sonrió y luego soltó una carcajada. Una carcajada que se me antojó celestial viniendo de su boca, con acompañamiento de arpas y voces blancas y todas esas parafernalias que anuncian los momentos milagrosos. Era como un angelito caído del cielo. Tenía sobre la cabeza hasta el típico anillo luminoso.

—Un placer —dijo, dándome un beso en la mejilla.

—Sí… —me limité a decir soltando una risita tonta.

Ladeó la cara frente a la mía y me hizo un repaso general: frente, ojos, nariz y boca, y volvió a mis ojos.

—¿Te encuentras bien?

—En realidad me siento genial, pero estoy como levitando, ¿sabes? —traté de explicarle haciendo espirales con las manos a la altura de mi cabeza, siendo muy consciente de que me estaba pillando un buen pedal.

Mi nuevo-nuevo amigo, de ahora en adelante, el tío sexy, volvió el rostro hacia mi antiguo-nuevo amigo—. ¿Le has dado de fumar de lo tuyo?

El Ricitos de oro asintió con una sonrisilla simplona y el tío sexy rompió a reír.

—Pero tío, ¿cómo haces eso? —le increpó antes de volverse hacia mí y cogerme por los hombros y clavarme sus ojazos azules en mis ojos pardos.

—¿Estás bien?

—Estupendamente —respondí, cogiéndolo con confianza por la cintura. Era sólida. Muy sólida.

—Ven conmigo, guapa, te voy a dar agua.

—No quiero agua, guapo, quiero un ron-cola —protesté apoyando mi frente en su clavícula.

El tío sexy inclinó la cabeza y sus labios rozaron mi frente.

—Joder, Víctor, esta chica está colocada.

—Qué va  —replicó el ricitos de oro—. Si solo le ha dado un par de caladas.

—Uno de esos tuyos equivale a cinco de los de los restos de los mortales. —Se mostró cabreado con él.

—Ella quería fumar —se defendió el otro, encogiéndose de hombros.

El tío sexy sacudió la cabeza y me cogió la barbilla para enfrentar su cara con la mía.

—Oye, guapa.

—¿Guapa, yo? —pregunté con una sonrisa bailándome en la boca.

—Sí, guapa, tú. —Me sonrió de nuevo y su sonrisa era bárbara. No solo era con la boca, era con las mejillas, la nariz, los ojos, incluso las orejas parecían sonreírle. Tenía como una luz cálida que le salía de dentro y en conjunto resultaba un tío exclusivo, como un solitario de taitantos quilates que puedes ver en los escaparates de las joyerías para ricos pero que nunca podrás tener en el dedo.

—Pues tú eres guapisísimo.

—Gracias.

—Seguro que te lo han dicho millones de veces.

—Seguro. —Sacudió la cabeza—. Anda, ven conmigo —dijo, dándome media vuelta, y con la mano apoyada en la parte baja de mi espalda me dirigió hacia el interior.

Me dejé llevar, a decir verdad, me hubiera dejado llevar por él a cualquier lugar. Entramos en el local y una canción de Maluma atronaba por el altavoz. Una canción que, además, me gustaba un porrón. Me detuve en seco y miré al tío sexy que también se había detenido ante mi imperiosa parada y le sonreí.

—¿Quieres bailar conmigo? —le pedí tomando la delantera, ya contoneando mis hombros frente a él, y haciéndole un shimmy de regalito para que lo disfrutasen sus lindos ojitos.

Parpadeó, confuso.

—Creo que necesitas beber agua —me replicó retirándome unos mechones de la cara.

—No. —Me reí moviendo esta vez las caderas ante él. vale, no soy Shakira pero me esfuerzo—. Lo que yo quiero es bailar contigo ahora. —Le agarré decidida la camiseta a la altura del pecho, que era sólido también, y empecé a moverme con los ojos clavados en los suyos. O eso creía yo, a decir verdad, me costaba centrar la visión.

—Pues entonces hagámoslo bien —comentó, apartando mi mano de su pecho para entrelazar sus dedos con los míos en el aire, mientras su otra mano se deslizaba hasta mi cintura, aferrándose a ella. Comenzó a moverse al ritmo de la canción con una sonrisa y de nuevo me dejé llevar. Bailaba bien. Mucho mejor que yo, ¿dónde iba a parar? Yo no era capaz de dar dos pasos sin tropezarme con mis propios pezuños, por eso hacía belly-dance y pilates que no requieren moverse mucho del sitio—. Déjate llevar  —me ordenó bajando su boca a mi oreja para que pudiera escucharle. Yo me dejo llevar dónde tú quieras, mi amol.

Entre meneítos, vueltecitas, restregoncitos, la canción requería de eso, mucho de eso, no era yo, era ella la que me obligaba a hacerlo, y la luna, no nos olvidemos de mi fiel consejera la luna, que me estaba susurrando: «Este pa ti, Candela, to pa ti», llegó el turno de la siguiente canción. Esta vez una de Gente de Zona, que ya no pedía bailar tan juntitos, así pues nos separamos y nos quedamos mirándonos en silencio durante unos segundos.

—¿Pedimos algo? —dije antes de que se largara.

—Vale, pero ¿seguro que estás bien? —De nuevo se mostró preocupado por mi salud, cosa que me encantó. No solo era guapisísimo, además era un cielito de niño.

—Estoy mejor que bien —respondí arrastrándolo hasta la barra—. ¿Qué tomas?

—Agua.

Me rasqué la cabeza.

—¿Agua?

Asintió apoyando el codo en la barra, mirándome con una sonrisa guasona apuntando a su ojo derecho. Beber agua no estaba en mis planes de esta noche, pero a él podía perdonárselo todo.

—Está bien, no tengo en nada en contra de los abstemios. —Llamé a Curro con un grito y acto seguido lo tenía delante.

—Ponme un ron-cola de los míos y una botella de agua para mi nuevo amigo —le pedí.

El tío sexy se me acercó.

—¿Vienes mucho a este sitio?

—Casi todos los fines de semana.

—Ya, cuando uno sabe los nombres de los camareros es señal de que es asiduo al lugar.

—¿Y eso es bueno o malo? A ti nunca te había visto.

—Es regular. Yo no suelo venir.

Obviamente aquello era malo de cojones, pensaría que me dedicaba a beber como una cosaca los findes empalmando una resaca con otra y saludado en las rotondas con la mano estática.

—¿Eres de Alicante? —le pregunté.

—Sí.

—¿Y tú?

—Sí.

En esas Curro nos dejó las bebidas delante y yo las cogí para entregarle la botella de agua al tío sexy, que con la mano me la rechazó.

—Es para ti, guapa.

—Ya te he dicho que no necesito agua, guapo. —Arqueé las cejas, belicosa.

—Solo un traguito, hazlo por mí, por favor.

Suspiré hondo.

—Está bien, solo porque eres guapo y me pareces majete.

Le di un trago y dejé la botella sobre la barra.

—Ahora tú, bebe de lo mío. —Le ofrecí mi copa.

El tío sexy me la cogió de la mano y le dio un profundo trago mientras sus ojos me observaban por encima de la copa.

—¿Quieres uno para ti?

—Beberé del tuyo si no te importa.

—A algunas personas eso les da asco, lo de compartir copa, por lo de las babas que puedan quedar en el contorno o las que puedas transmitir al contenido mientras bebes.

—De ti no me da asco nada —respondió levantando la copa entre los dos a la altura de nuestros ojos.

Me recosté sobre la barra mirándolo fijamente y me mordí los labios mientras él le daba otro trago laaaargooo, retándome con la mirada antes de dejarla sobre la barra y apoyarse en ella observándome en silencio. Me gustó su forma de mirarme como si yo fuera la única persona en aquel lugar tan abarrotado.

—¿Ronda de chupitos? —nos ofreció Curro pasándome una tabla.

Cogí tres y le puso uno en la mano al tío sexy, levanté uno de los míos en el aire y esperé a que él hiciera lo mismo para brindar.

—Por la noche de San Juan —dije antes de bebérmelo de una ante sus ojos divertidos.

—Por nosotros y la noche de San Juan —dijo haciendo lo mismo—. Joder, está fuerte —tosió—, ¿qué es?

—Blandooo  —me burlé empujándole suave el pecho con la punta de los dedos—. Es cazalla, ¿quieres otro? —Le ofrecí el otro que tenía en la mano.

—No lo sé. Deja que me lo piense. ¿Me quemaré el esófago?

—Es probable, he visto a gente hacer bombas molotov con cazalla en YouTube. Mientras te lo piensas, ¿bailamos? —Estaba empezando a sonar Despacito y me apetecía bailarla con él, bien pegaditos.

No me respondió, pero me agarró por la cintura apretándome contra sus caderas.

—Espera. —Me bebí el otro chupito en canal y dejé el vaso sobre la barra—. Ahora sí. —Le puse las manos sobre los hombros.

—¿Has venido sola?

—He venido con una amiga. Está por ahí. —Con la barbilla le señalé algún punto hacia más adentro del local fuera de nuestro alcance visual, aunque con mi nueva visión a lo Sabater podía vigilar la puerta de los baños y la entrada.

—¿Y tú?

—He quedado aquí con unos amigos, Víctor, el de la puerta, y algunos más.

—Ah, creo que sé quiénes son, uno de ellos me ha hecho un truco de magia.

—Ese debe de ser Raúl.

—Pues no sé. —Me encogí de hombros—. No me he quedado con el nombre.

—¿Y cómo te llamas tú? Aún no me lo has dicho.

—No importa cómo me llame. ¡Podría llamarme Luna o Sol, o Venus! —grité un poco exaltada, empezando a sentirme en un plano superior al nirvana, y no solo por el hecho de estar entre los brazos de un ser celestial como era mi nuevo-nuevo amigo.

—Son todos nombres de astros.

—Sí, es que soy muy fan de los astros.

Rompió a reír antes de darme una vueltecita maestra por debajo de su brazo.

—Entonces hoy debe ser tu noche, la de hoy es mágica o eso dicen las brujas.

—Lo está siendo, créeme y el termino bruja suena bastante feo, mejor di las personas con dones especiales  —le repliqué, tratando de ponerme un  poco seria mientras recuperaba el paso despacito, y el tío sexy me aferró con más fuerza mientras empezaba a darle al tuerquing y me cantaba al oído: «Quiero ser tu ritmo, que le enseñes a mi boca, tus lugares favoritos. Déjame sobrepasar tus zonas de peligro, hasta provocar tus gritos y que olvides tu apellido…».

—Me ha gustado lo de con dones… —me interrumpió el cántico auricular.

—Especiales —maticé yo cayendo en la cuenta unos segundos más tarde de por dónde iban los tiros. Ay, canalla.

La cosa se estaba poniendo interesante. No hay nada más morbosito que un tío imponente te ronde la oreja mientras te restriega la cebolleta contra el vientre a buen ritmo, y él sabía cómo hacerlo. Se movía como los ángeles. Había tal sensualidad en cada uno de sus movimientos que me estaba volviendo majareta el sistema central y sobre todo el periférico-sexual. Con cada leve envestida de cadera me hacía lanzar un gemidito sordo que se apagaba dentro de mi cuerpo antes de brotar al exterior. Se me estaban empezando a aflojar las piernas, eran una jodida gelatina y si seguían respondiendo a sus movimientos era solo porque él me sujetaba con todo el cuerpo. Estaba por completo colgada del suyo mientras nuestros vientres fundidos se movían cadentes al ritmo de la canción, pero qué bien bailaba, incluso yo bailaba bien en sus manos, y me estaba poniendo el asuntillo todo jugosito.

—Bailas muy bien —le dije aupándome un poco para tocar su oreja con mis labios.

—Es que soy bailarín aficionado.

—Ya decía yo —suspiré, esos movimientos tan trabajados y ese cuerpazo suyo no eran cualquier cosa—, casi me calcino entre tus brazos.

—Pues imagínate —dijo, arqueando las cejas.

—¿Imagínate, qué?—Me reí tontamente, sabiendo por dónde iban los tiros esta vez, pero me hice la tonta, vale. Hacerse la tonta para ligarte a un tío es una ley universal que forma parte de las ciencias exactas del flirteo, todo el mundo sabe eso, hasta el tío sexy lo sabía, pues entró al trapo.

—Lo que podría hacerte —susurró robándome el aliento y provocándome un derrame súbito de bajos.

—¿Olvidarme de mi apellido?

—Por ejemplo. —Se echó a reír rompiendo el momentazo, y pensando en esa boca chupándome todo lo jugoso a morro-muerto volví a dirigir la conversación.

—Pues lo tienes fácil, casi no me acuerdo ni de cómo me llamo.

—¿Y eso solo con un baile? —se hizo el gallito.

—Sí, y la cazalla y el cigarro de tu amigo y los rones y las cervezas… —comencé a nombrar todos los despilfarros que habían circulado por mi cuerpo en las últimas horas como si estuviera en una reunión de alcohólicos sinónimos.

—¿Entonces no te acuerdas de cómo te llamas?

—Sí, pero no te lo voy a decir, es un secreto. —Entorné los ojos pérfidamente—. Ven —dije cogiéndole la mano y arrastrándolo de nuevo hacia la barra, donde mi copa nos esperaba—. Vamos a tomarnos otro cazalla.

—Yo ya voy mal con uno, no me siento la garganta —dijo, dándole un trago a la botella de agua, que también seguía en su sitio aguardándonos—. Y luego tengo que conducir.

—Yo no, vivo aquí al lado —dije, guiñándole un ojo.

Apoyó el codo en la barra y me puso la otra mano en la cadera para tirar de mí.

Nos quedamos pegados de cintura para abajo. Se estaba bien así. Moví el vientre hacia él y él me hizo su contraoferta sin apartar la mirada de mis ojos. Su mano empezó a moverse por mi cintura provocándome remolinos bajo la piel y luego subió hasta mi mejilla, cuatro dedos buscaron mi nuca mientras el pulgar me acariciaba la comisura de los labios.

—Chica sin nombre… —dijo acercando posiciones, produciéndose un momento tan mágico que hasta me salían fuegos artificiales por los ojos, y yo gemí.

¿Gemí? Muy lamentable. Sí, joder, lo hice. En alto. Y él lo oyó. Sí, joder, lo oyó, y yo me eché a reír para disimular lo tontorrona que me estaba poniendo, pero es que el tío me ponía tontorrona y media y me encrespaba todo los pelos púbicos.

Próximo viernes: El ladrón de besos

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