Ni Conmigo Ni sin Mí

01:02, duelo de bailes y frikanders a raudales.

«DUELO DE BAILEEEEEEEEEEEEES»

La gente desalojó la pista y se colocó en círculo a nuestro alrededor, las luces y la música se apagaron y,  de repente, dos focos deslumbrantes se posaron sobre nosotras. Estaba dispuesta a llevarme el premio gordo esta noche, ese premio gordo era David el Bravo, iba a hacerlo por él, aunque no se lo mereciera. Yo tampoco había sido sincera desde el principio y que lo hubiera usado como conejillo de indias en mi proyecto para el artículo de la revista tampoco era una causa muy loable. De pronto empezó la bachata. Me enderecé sacando pecho y Fabiana hizo lo propio mientras andábamos encaradas trazando una circunferencia en la pista. Al ritmo de Medicina de amor de Raulín Rodríguez, ella empezó a moverse con sus ojos encendidos en rabia hacia mí, sus caderas eran como gelatina, su culo respingón enfundado en fucsia putón hacía las delicias de los espectadores, sus piernas eran unas autómatas en la pista. Terminó su parte mandándome un besito con la mano, que yo cacé al vuelo como una tontaca con la mía. Menos mal que reaccioné a tiempo y luego desafiante me restregué la mano por el culo, haciéndole ver por dónde me pasaba yo sus jodidos besos.

Era mi momento y recordando por qué me llamaron durante todo séptimo la Espasmódica, comencé a bailar estilo faraón gallináceo por la pista, algunos me hacían palmas y el resto me abucheaba. No podía distinguir las caras del público, estaba en pleno arrobamiento, luego paré en seco y alumbrada como la protagonista de Flash dance hice el robot, ninguno de mis pasos combinaba con la melodía, pero tenía que ser la más friki, no la mejor bailarina. Volví al lugar donde estaba Fabiana levantando las piernas como una garza y parándome frente a su careto pintado con brocha gorda, le hice una filigrana a lo negra del Bronx. La música paró de nuevo en seco y al segundo empezó el Wannabe de las Spice Girls, algo que dejó, por un lapsus de tiempo muy corto, descolocada a mi contrincante. La muchacha envalentonada empezó su turno de baile brincando como una posesa, imitando a un cowboy americano y girando los brazos como si fuera a salir volando. Estaba en peligro, Fabiana podría convertirse en la friki más friki de la noche con ese estudiado movimiento, tenía que utilizar mi mejor baza. Me salté a la torera los tiempos de turno y me tiré al suelo sin pensar, me deslicé como una oruga confortada por el público, que animado por el espectáculo no dudó en contar hasta cuándo aguantaba yo sin descoyuntarme la crisma, después de cinco crujidas de columna vertebral y un estallido sospechoso en la pared torácica, me incorporé con un torpe salto que hizo rebotar mis pechotes contra mi cara. Era el turno del molinillo, los giré a la velocidad del viento, era una jodida turbina humana, para terminar abriendo los brazos a lo Eva Nasarre una y otra vez. Pero lo que me iba a dar la victoria sería el baile de la mujer orgullosa… Emulando los rituales de guerra de los vikingos, separé las piernas en plan sumo y empecé a levantar uno y otro pie guardando el compás de una mantra guerrero que yo misma iba improvisando. «Caaaaam, Caaaam, Caaaam, Caaaam…», hacía resonar las «A» en mi cavidad bucal como un gong. De pronto me detuve, todo mi público estaba expectante, incluso Fabiana lo estaba. Le eché un rápido vistazo a David, que sin salir de su asombro, me miraba irradiando felicidad, y le guiñé un ojo. Me eché las manos al pelo y estirándomelo de las sienes hice mi cabeza voltearse diez veces seguidas mientras saltaba a la vez, iba toda loca como un canguro hasta el culo de farlopa. A mí a friki no me ganaba ni Pocholo en las fiestas de su pueblo, ni Ximo Bayo en sus mejores tiempos.

—¡Arriba el gallinero!  —grité desposeída de ningún tipo de vergüenza y todo el público comenzó a saltar imitando mis movimientos.

Cuando la canción terminó, yo volví a mi pose normal, altiva y sacando pecho con orgullo, Julián y Salvador se acercaron a nosotras con el micrófono en la mano, y tras unos segundos de suspense dieron su veredicto al unísono. Yo, la Espasmódica del colegio público Cervantes de Villar del Toro, era la ganadora.

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