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SO LONG MARIANNE de Pedro B. Breis.

2068

This machine will,
Will not communicate
These thoughts
and the strain I am under.
Be a world child,
form a circle.
Before we all go under.
And fade out again
and fade out again.

Street Spirit (Fade Out) — Radiohead

No alcanzaba a recordar cuándo había sido la última vez que escuché esta canción. Ni siquiera llegaba a mi mente el nombre de la banda de mi juventud a la que pertenecía, hasta que en el rostro de Fernando se adivinó la expresión plácida del descanso eterno.
Mi amigo Fernando había dado, como la mayoría de las personas hacen en su último día en el mundo, un emotivo discurso que emocionó a todos los presentes. Allí en el atril se despedía de la existencia con una sonrisa radiante; sus mejillas sonrosadas se inflaban de júbilo al repasar que allí estaban todos los que le importaban.
El templo simulaba a las iglesias: una nave majestuosa con planta en cruz y una gran bóveda central. Debía medir unos veinte metros de alto. En el centro, el escenario. Encima del escenario, un atril y la cama con el mecanismo para morir plácidamente.
La familia había colocado también algunas imágenes religiosas y una cruz encima de una mesita con un mantel blanco. Mucha gente creía aún por este entonces en lo que hay más allá de la muerte, y la mujer de Fernando, como la inmensa mayoría de la población, se mantenía temerosa del Dios cristiano.
Hacía veinte años que se había instaurado la edad máxima de vida en setenta años. La superpoblación era insostenible debida a la escasez de alimentos provocada por la III Guerra Mundial y a los avances médicos que hasta entonces marcaban la media de vida en noventa y ocho años, lo que había obligado a las autoridades del Imperio Occidental a esta medida tan radical.
Contrariamente a lo que se podría pensar, la mayor parte de la gente la aceptó de buen gusto. Se entendía como una forma más eficiente para que la sociedad siguiera una renovación más biológicamente natural.
Se entendía pues como un acto de valor, una ceremonia en la que el homenajeado daba su vida a la sociedad y la sociedad a cambio le rendía pleitesía en una suerte de homenaje recíproco final.
Los bancos puestos en hilera rodeaban el escenario en las cuatro direcciones del templo. La sociedad rodeaba al homenajeado hasta el último segundo. En las primeras filas, la familia y los amigos más cercanos. En esta ocasión, desde mi segunda fila podía ver justo delante a la mujer de Fernando, de espaldas a mí, y un poco más lejos, encima del escenario, a mi amigo del alma leyendo su despedida.
Me sentí incómodo cuando nuestras miradas se cruzaron esa última vez. Esa mirada tan especial, de un ojo de cada color por un accidente de juventud. Muchos le llamábamos el Bowie por un antiguo artista con el mismo rasgo. Nunca quiso decirme cuál fue exactamente ese accidente. Tampoco le pregunté. Siempre había dicho lo que quería decir, y callado lo que quería callar.
Absorto en todas las anécdotas que nos habían acontecido en la vida, me sobresaltaron los sollozos del resto de la sala que retumbaban en el templo. Yo, en cambio, me mantenía impertérrito al verlo subido en el escenario, erguido y pleno de orgullo ante los logros que había acarreado durante esos exactos setenta años.
Minutos después, una vez hubo acabado de hablar, se hizo el silencio, se tumbó a la vista de todos y accionó el mecanismo que paró su corazón. De repente, sin dolor. Lo que había sido Fernando se convirtió en un instante en una masa inerte, vacía, desprovista de toda energía vital.
Fue entonces cuando se desplegó el mural al fondo del escenario. Sobrio, como requería la situación. Simplemente una foto con su sonrisa permanente. El filtro en blanco y negro no permitía apreciar sus ojos azul y miel y sus inalterables mejillas sonrosadas. Lo que en vida era un arcoíris facial, en la foto del mural se volvía un cielo invernal.
¡Cuántas veces había bromeado con sus mofletes de tomate! Y cuántas miradas de desaprobación le había costado cuando salíamos bien jóvenes a aquellos bares de cerveza, colillas, rock y cuero. «No te sirvo alcohol», le decía el camarero preventivamente cuando Fernando solamente se acercaba a la barra a por una Coca Cola.
Por aquel entonces, él no bebía. Creo recordar que empezó la semana después de la muerte de su hijo, aquel 20 de agosto de 2042 en los bombardeos que arrasaron las bases agrícolas y ganaderas de América. Pensándolo bien, Fernando murió un poco también ese día. Su sonrisa siguió perenne, pero en sus ojos se adivinaba la falta de su único hijo.
Además de la foto, en el mural, se podía leer en sobrias letras:

FERNANDO CASEJÓN ORTEGA
1 Febrero 1998 — 1 Febrero 2068
Da fin a su vida por el bien del Imperio Europeo. DEP.

En ese momento, sonaron los primeros compases de la canción que había elegido para dar fin al acto. Nadie solía prestar atención a ella. Muchos ni se preocupaban en elegir ninguna canción para dar fin al acto. Sabían que los asistentes, en shock por lo recién vivido, no harían más caso que al sonido del refrigerador cuando se reunían a ver la televisión.
Una lágrima se deslizó sobre mi mejilla. No es que Fernando hubiera vivido más vidas que aquella que acababa de dejar, pero hubo una vez que por un rato lo creí muerto, y también aquella vez lloré su muerte.
No me percaté hasta que su sabor salado inundó mis labios y entonces volví a la realidad. Sentado en el banco, miré la expresión inerte de Fernando y recordé de pronto que la música que sonaba era la misma que mi padre había elegido para su acto.
Me vi, entonces, en ese mismo banco, veinte años antes. Nada había cambiado en dos décadas. Nada ajeno a mí. Yo no era el mismo. Ahora, con sesenta y nueve años y sin haber dejado descendencia me pregunté si alguien vendría a mi acto. Durante el de mi padre se tuvieron que poner sillas supletorias y aun así la gente se arremolinaba de pie en las últimas filas y pasillos laterales del auditorio.
A pesar de que casi todos los días alguien debía de morir por el bien del Imperio Europeo y, por tanto, había cierto hastío y desgana, nadie encontró la necesidad de inventar una excusa para no asistir al acto de despedida de mi padre y, por lo que veía, tampoco al de Fernando.
Me encontraba abstraído en esta reflexión cuando sonaron los últimos versos de la canción:

Immerse your soul in love.
IMMERSE YOUR SOUL IN LOVE

Sumerge tu alma en amor, sumerge tu alma en amor. Una punzada se clavó en mi pecho. Mil agujas me helaron el corazón y cuando quedó endurecido por el hielo, un golpe seco lo hizo mil pedazos y, una vez convertido en arena, un fuerte fuego lo hizo polvo.
Sumerge tu alma en amor. ¿Cómo podría algo sumergirse sin agua? Pensé en quien habría de ser mi manantial de agua fresca. Mi remanso cristalino. Mi fuente que refresque el camino que estaba a punto de acabar. Qué diría yo en mi despedida, a quién me dirigiría. Pensé en Marianne y las últimas palabras que me dijo: «No sé cuánto tardaré. Tú solo espérame tranquilo porque voy a volver. »

                                  Héroes

—¡Pablo, ha muerto Bowie! —Oí desde mi cuarto.
Aún durmiendo intenté pensar en lo que acababa de oír. Bajé las escaleras, temblando hasta el salón. No podía ser cierto, ¿qué cojones había pasado esa noche? Nos despedimos en la esquina de siempre la tarde anterior y él estaba bien.
Me abracé llorando a mi padre y sorprendido me dijo:
—No pensé que te afectaría tanto.
—¿Estás loco, cómo no me va a afectar
—Lo siento, hijo. De haberlo sabido no te lo habría contado hasta volver del instituto.
—¿Cómo no me lo ibas a contar?
—Lo ha anunciado su hijo en Twitter y ahora está en todas las noticias. Mira. No pensé que te gustase tanto. —Alargó su brazo y me acercó la tablet.

«DuncanJones@ManMadeMoon
Very sorry and sad to say it’s true. I’ll be offline for a while. Love to all.
07:54, 11 ene 2016»

—¡Estás idiota! Es David Bowie quien ha muerto. ¡Pensé que había sido Fernando! ¡Joder! —grité secándome las lágrimas con la manga del pijama.
—¿Fernando? No sabía que lo llamabais de esa manera. Los niños de hoy en día tenéis mucha habilidad para los motes. La verdad es que no le va mal. Y cuida tu vocabulario, por cierto. La próxima vez que me hables así te dejo el ojo como el de tu amigo. A ver a quién le queda mejor.
No me quedó más remedio que callarme la boca y tranquilizarme.
—Voy a tener que asustarte más a menudo, Pablo. Con lo que te cuesta levantarte para ir al instituto y hoy has salido disparado de la cama. Puedes terminarte las tostadas. Yo ya he desayunado.
Antes de desayunar, subí a vestirme. Ese día tenía educación física y, como no podía ser de otra forma, mi padre ya había preparado el chándal y las deportivas en el escritorio la noche anterior.
No me gustaban las clases de gimnasia. Para los niños fondones como yo podía ser una tortura y humillación pública exponer nuestro sebo ondulante durante la carrera continua. Los más cabrones solían reírse y ponerme motes grotescos a los que no solía hacer caso. Dándole importancia solo podría alimentar su sed de mofa. Personalmente llevaba bastante bien lo de mi exceso de peso, no tanto lo de hacer ejercicio.
Cuando se pasaban de la raya ahí estaba Fernando para darles su merecido. Nadie se metía con él. Hacía valer la superioridad física que le daba el haber repetido curso y ser el mayor de la clase.
Aun así, era el primer lunes tras las vacaciones de Navidad y estaba deseando llegar a clase. No soportaba esta época del año. Mi padre se volvía más callado de lo habitual. Aunque no me contaba nada, yo sé que echaba en falta a mi madre. Cuando nos sentábamos solos a la mesa la noche del 24 de diciembre, en ocasiones me sentía culpable. Mi madre había muerto dándome a luz. En esos tiempos apenas pasaban esas cosas, pero conmigo pasó.
En clase incluso decían que mi madre había explotado porque no pudo resistir tener dentro una vaca sebosa, pero yo sabía que había sido por una hemorragia como siempre me ha contado mi padre.
En una ocasión, unos años antes, le había visto llorar tras las campanadas de Nochevieja mientras miraba una foto de su boda. Mi padre estaba sentado en el sofá, con su traje negro de pantalón de pinzas y chaqueta americana, camisa blanca y corbata azul, y Raphael actuaba de fondo en la gala de fin de año en televisión. Nunca salía al cotillón, pero aun así él se arreglaba. «Si no hacemos estas cosas, todos los días serían iguales y la vida sería un rollo, ¿no, Pablo? No da suerte comer las doce uvas, pero es una suerte en sí tener una tradición que seguir», había dicho poco rato antes.
La imagen de mi padre secando sus lágrimas con las servilletas de tela de la mesa de Nochevieja aún se conserva fielmente en mi cabeza. No es fácil olvidar el momento en el que descubres que tu padre no es ese ser todopoderoso que creías que era. En cierta medida puede que la niñez de toda persona muera un poco en ese momento. «Mi padre llora como un niño y se seca los mocos en la servilleta. Mi padre no es un héroe», pensé en aquel momento.
Tampoco el padre de Fernando lo era, que según dice la gente estaba en la cárcel por pegarle a su mujer. Yo nunca le pregunté dónde estaba. No estaba, eso es lo que importaba. A él lo cuidaba su madre y a mí mi padre, no era algo extraño para mí.
Normalmente me levantaba sin apetito, pero el sobresalto de la no muerte de mi amigo me había abierto el estómago.
Me lavé rápido la cara y me quité las hileras de lágrimas secas que aún tenía. Bajé a la cocina y di buena cuenta de las tostadas con mermelada de fresa y mantequilla, junto a un vaso de leche con Cola Cao. Todo ya preparado, no había ni que remover la leche.
En la tele, como no podía ser de otra forma, estaban repasando la vida de David Bowie y poniendo algunas de sus canciones.
Recogí la mochila y me lavé los dientes sin mucho interés. Tras darle dos besos a mi padre, me dio el bocadillo del recreo que había olvidado en la encimera de la cocina y salí de casa.
El sol brillaba con más fuerza de lo que suele ser común en esta época del año. Se agradecía mucho. Me gustaba sentir ese contraste entre la baja temperatura real y el calorcito de los rayos en la cara.
En el árbol del vecino seguía la madre pájaro dando de comer a sus hijos en el nido. Los huevos habían eclosionado el día antes de las vacaciones. Oí los estridentes aunque débiles gritos de los pájaros y la curiosidad me empujó a subir a la rama a verlos. «¡No tienen plumas! ¿Cómo volarán?», me pregunté.
Desde ese día veía por mi ventana a la madre hacer viajes y viajes de ida y vuelta para alimentar a sus pequeños. No había descanso. Su día a día había sido incubar los huevos semanas antes y ahora consistía en buscar comida, alimentar a sus hijos y protegerlos de los gatos.
Me pregunté entonces cuándo descubrirían esos pajaritos que su madre no era una heroína al igual que mi padre no era un ser todopoderoso. En algún momento descubrirían que su madre no podía protegerlos para siempre y tendrían que saltar del nido.
¿Volarían? ¿Cómo sabrían que era el momento de saltar al vacío y empezar su vida autónoma? Quizá llegara el momento en que fueran tan grandes que la madre no podría alimentarlos a todos o simplemente fuese una cuestión de espacio y no cabrían todos en el nido. Quizá ellos recordaran para siempre ese día como yo recordaba la nochevieja de dos mil ocho.
Sin embargo, visto de otro modo ¿qué había más heroico que la dedicación constante día y noche a alguien más de forma altruista?
¿Qué podían ofrecer los pajaritos a su madre para ser merecedores de tanto esfuerzo y atención?.
Y mi padre; ¿qué podría ofrecerle yo para pagarle todo lo que hacía por mí? Me había preparado el desayuno, la ropa, la mochila, el bocadillo, ahora iría a trabajar para poder mantenernos a ambos, luego me ayudaría a hacer los deberes y me haría la cena.
A lo mejor me equivoqué esa noche, puede que mi padre fuera un héroe al igual que el pájaro que dedicaba su vida a sus hijos. Y la madre de Fernando. Héroes diferentes pero héroes al fin y al cabo.
Mientras caminaba al colegio pensando en mis cosas, empecé a tararear la canción que sonaba en la televisión cuando salí de casa:

We’re nothing,
and nothing will help us
Maybe we’re lying,
then you better not stay
But we could be heroes,
just for one day.

Heroes — David Bowie

El instituto estaba relativamente cerca de casa así que podía ir andando, lo que era una gran ventaja con respecto a la mayoría de compañeros que tenía que levantarse una hora antes para coger el autobús.
Aun así el paseo era de aproximadamente quince minutos y aprovechando que la casa de Fernando me pillaba de paso siempre quedábamos en su puerta para ir juntos.
Ese día me alegré más que nunca al verlo. Aunque sentí unas ganas enormes de darle un abrazo tras el susto, los chicos de nuestra edad teníamos que guardar las apariencias. Si me hubiera abalanzado sobre Fernando sin explicación alguna, me habría apartado de golpe y me habría soltado una colleja. Y las collejas de Fernando no eran asunto baladí.
—Venga, Pablo, que te pesa el culo —me dijo a lo lejos.
—¡Eh, tío, respeta a los gordos! —dije intentando controlar las emociones.
—Ya tardabas, joder, con el frío que hace. Vamos a llegar tarde. ¿Te has dormido o qué?
Aún tenía ganas de abrazarle. Me parecía extraño verle caminar con el chándal de gimnasia y hablar con normalidad. No sé por qué aun a sabiendas de que seguía vivo me lo había imaginado desde que salí de casa con un traje mortuorio, negro con camisa y corbata. Quizá en lugar de su comentario sobre mi culo gordo esperaba algo como «no veas cómo se está en el cielo, Pablo. Podía ver todo desde arriba». Intenté disimular.
—¡Qué va! Si yo te contara, tío. Creía que habías muerto. Va mi padre y me cuenta que ha muerto Bowie y claro, yo pensando que eras tú, he tenido que ir llamando a la floristería para encargarte unas flores bonitas y masculinas que adornasen tu lápida. Y se me ha hecho tarde.
Me congratulé interiormente por haber podido evadir la anécdota de las lágrimas con un chascarrillo que ocultase la verdadera razón de mi tardanza.
—Mira tío. Como un día me compres flores te arranco la cara a bocados. Me despierto de la tumba y en forma espectral te meto el florero por el culo con gladiolos y margaritas incluidos.
Por aquel entonces Bowie no era muy dado a sentimentalismos, como casi todos los jóvenes de nuestra edad. Le seguí la corriente.
—Si estuvieras muerto no podrías aparecerte a nadie, flipado. La Iglesia dice que los muertos simplemente están ahí, en ningún sitio, esperando la venida del Salvador. Y en ese momento, los buenos serán enviados al cielo.
De repente la conversación se volvió trascendental. Haberle sentido tan cerca de la muerte, me había hecho recapacitar lo que habría sido de él. De alguna manera me sentí obligado a proteger su espíritu y evitar que acabara condenado al igual que él me protegía en vida. Solíamos divagar sobre diversos temas con asiduidad, pero nunca habíamos tocado el tema de la muerte y lo que hay o no después tan directamente. Me parecía injusto que yo, por haber tenido un padre que me inculcase en la fe, tuviera más posibilidades de vivir eternamente que él, por haber nacido en una familia desestructurada. Esa desigualdad de base para alcanzar la gracia divina era algo que no lograba entender y encajar en la idea de que todos somos iguales a ojos de Dios.
—Así que es más o menos como en la serie Perdidos. De repente tu abuelo y tú coincidiréis al mismo tiempo en un sitio flipándolo los dos a la vez. No está esperando en ningún sitio ni puede ahora aparecerse para putearte, ayudarte en un examen o ver cómo te tocas la banana en el baño —intenté explicarle en su jerga, simulando indiferencia.
—No sé, Pablo. A mí me va más la idea de convertirme en un espectro puteador que cruce paredes y entre en el lavabo de las chicas. Lo que tú cuentas sobre Perdidos no me convence. Se tiraron seis temporadas para que al final importe una mierda que hayan sobrevivido en la isla o no. Total, todos son colegas dentro de una iglesia, se abre una puerta con una luz brillante, todos para adentro y hala, fin. Si a la gente ese final les pareció un coñazo no sé por qué lo querrían para sí mismos. Si lo que dices es que una vez que muramos tendremos que esperar unos miles de años para despertarnos, pues no me mola. Prefiero putear en forma invisible todo ese tiempo.
—Eres un pagano, Bowie —dije entre risas—. Piensas en espiar a las chicas hasta después de muerto.
—Era broma, socio. Realmente no pienso ni eso. El que muere, muerto está. No hay más. Los ojos no funcionan, no puedes ver. El cerebro no funciona, no puedes sentir. Es como cuando el dentista te anestesia la cara pero a nivel general. Aunque el otro día vi en internet que durante unos momentos, después de muerto, se conserva el sentido del oído —replicó Bowie.
—Es que lo que dices es muy pesimista. Te condenas tú solo diciendo esas cosas. Imagina que existe Dios. ¿Qué posibilidades hay para ti? ¿Uno por ciento? Porque no puedes estar nunca completamente seguro de que no. Entonces si ese uno por ciento se cumple y Dios existe, no te va a salvar diciendo lo que estás diciendo ahora, Fernando —dije con miedo a que sonara demasiado serio y me soltara un capón.
—No juego a la lotería, Pablo. No es cuestión de porcentaje. Si le doy la vuelta a tu razonamiento, puedo pensar que tú y todos los que vais a la iglesia perdéis un tiempo valioso que nunca más vais a recuperar en alimentar ese uno por ciento de posibilidades. Además que no entiendo por qué ese interés en vivir para siempre. Si mucha gente ya ni aguanta esta vida, como para aguantar una vida eterna. ¿Sabes que en Nueva York hay más suicidios que asesinatos? En la cuna del progreso. Por algo será. —Fernando era una inmensa fuente de datos inservible—. Yo soy más de James Dean: «Vive rápido, muere joven y deja un bonito cadáver».
—Sabes que realmente James Dean no dijo eso, ¿verdad? Es una frase de una peli de Nicholas Ray. De todas maneras, pasando a lo que hablábamos, no se trata de porcentajes, si nosotros vamos a misa es por convicción, por fe. Pero es que yo creo que aunque pensase que la posibilidad es tan remota como dices, la exprimiría. La diferencia es la condena eterna o el paraíso. ¿No crees que merece la pena? Es como no gastar diez centimillos en la rifa de cien números cuando el premio es de diez millones. Estás atontado, Bowie. Me va a joder no cruzar contigo la puerta luminosa de Perdidos y que te quedes ardiendo por siempre por tu cabezonería —desistí.
—Cuando yo muera, Pablo, no llores como una nena. Te voy a estar viendo y me voy a descojonar de ti. Y más vale que luego te tapes bien al cagar porque voy a estar mirando. Y espero que lo recuerdes y me hables de vez en cuando para que no me aburra. ¡Igual aún oigo!
—Seguro que muero yo antes. Aunque tú seas un año mayor que yo, los gordos tenemos una esperanza de vida menor. Espero adelgazar antes y vivir más que tú, pero si no lo consigo, simplemente reza por mí e intenta que nos podamos encontrar.
—Eres un moñas, Pablo. Déjate de rollos y mueve más rápido el culo que llegamos tarde.
Recorrimos los últimos doscientos metros hasta el instituto a la carrera mientras sonaba el timbre de entrada y veíamos al resto de compañeros entrando a lo lejos. Siempre a la carrera, ¿hacia dónde? ¿Cuál era el fin último de todo? ¿De qué servía tanta preparación para un futuro que nunca sabemos si vamos a tener? ¿Cómo se puede preparar un futuro cuando no sabes las circunstancias que lo van a rodear? Es imposible plantear infinitas opciones y estar preparado para todo. Mientras cruzaba la puerta del instituto pensé en si tendría razón Bowie y todo lo que había hecho no servía de nada, toda esta preparación y todos estos años haciendo lo que se supone que debía de hacer. La oscuridad de la incertidumbre se abalanzó sobre mí. ¿Qué podía ser peor? Podría llover. Entonces empezó a llover.

So long Marianne por Pedro B. Breis.

Novela concursante en el premio literario 2017 de Amazon.

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Confesiones a media luz (por Pedro B. Breis)

Me confieso. Yo no quería escribir un libro. Yo lo que quería es ser una estrella de rock: poder subir los pies en la mesa, sacar el dedo, escupir y que me aplaudan. El problema es que no sé tocar ningún instrumento. De niño me apunté a clases de guitarra, pero no tuve la constancia necesaria. En el gimnasio tampoco duré más de dos semanas. No termino de encajar en esos sitios.

Como no podía expresarme con la música (salvo algún escarceo en karaokes cutres), y algo me pedía dejar a un lado mi insulsa personalidad y empezar a ser más expresivo, decidí tratar de espantar mis fantasmas escribiendo. Para terminar de confesarme os diré que la idea que tenía de un colectivo ególatra, narcisista y con cierto aire de superioridad moral  sobre el gremio de escritores, tampoco era el lugar idóneo en el que podría encajar.

Pero terminé. Encontré a alguien a quien le gustó lo que escribía y pude culminar mi trabajo, al fin. Y en estas me encuentro, tratando de encajar en algún sitio, y de vender mi libro, ya de paso. En estos momentos me acuerdo de uno de mis grandes ídolos, David Bowie. Cantaba sus canciones porque no encontraba a nadie que lo hiciese por él, odiaba su voz. Yo escribo mis libros porque nadie más puede sacar de mí todo lo que tengo que sacar. Y desnudarme delante de todos. Y que me guste porque estaba harto de vivir tapado.

Al final le pillas el gusto a esto de sentir el viento en “sálvese la parte”, te miras el cuerpo y el alma desnuda y, como ves que está más limpio, te gusta más. Y relees lo que has escrito y te parece que mola. Y cambias, dejas de lado a ese sentimental que narró una historia profunda y te haces materialista. Y escribes en un blog y dices: “Editor, si estás leyendo hasta el final esta entrada que he hecho en cinco minutos, léete mi libro. Porque es la hostia y te va a gustar. Y fíchame”. Entonces ves que puedes estar empezando a encajar.

Por Pedro B. Breis, colaborador del Blog y escritor de So long Marianne.

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La música y la verdad .

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Cierto día, en los primeros años de mi infancia, durante la visita a casa de mis tíos observé algo que me llamó la atención. Era un recorte de una página de un periódico regional en el que mi primo pronunciaba una frase que en aquel momento no comprendía y que hoy día no he olvidado. Aquel titular de la entrevista a mi primo, cantautor, decía: “con la música puedo decir cosas que no diría de palabra”.

Esa frase, ese recorte enmarcado con cuidado como si de un tesoro se tratara y colgado en la pared del salón de la casa a ojos de todos los visitantes, decía una de esas grandes verdades que uno descubre cuando deja la niñez: las cosas importantes son las más difíciles de decir.

Ante esta conclusión me he preguntado de qué forma canaliza la gente esa necesidad de decir lo que siente, y qué trampas usa para conseguirlo. Hasta donde he podido meditar, mi conclusión ha sido que esta situación divide a la gente en cobardes y valientes.

De entre los cobardes los hay quienes expresan sus sentimientos mediante la ironía o la broma, riendo tras soltar una gran verdad para rebajar el ambiente solemne que se crea cuando se dice algo difícil.

Otro grupo de cobardes es aquel que engloba a los que nos refugiamos en el arte. Privilegiados con el talento suficiente como para hacer de un sentimiento o mensaje personal, algo universal. También aprovechados que usamos lo que otros mejores que nosotros han sido capaces de hacer para convertir su obra en nuestro lenguaje.

En el grupo de los valientes tenemos a aquellos que hablan del amor, la pérdida o la soledad con la misma naturalidad que con la que se debate sobre fútbol o política. De estos me compadezco porque nunca sabrán lo que es escudriñar en los párrafos de un texto y las estrofas de una canción para descubrir que “ese tío siente lo mismo que yo”. Nunca sabrán lo que es enviar una canción y decir a alguien “me gusta esta canción”, y no decir “porque me recuerda a ti”, ya que eso sería una gran verdad. Una inasumible para un cobarde.

Por Pedro B. Breis colaborador del Blog y escritor de SO LONG MARIANNE.

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Lecturas refrescantes. Déjate tentar…

Hoy vengo a hablaros de una escritora que he descubierto recientemente, ella es Anna Domich.

Una escritora independiente que tiene ya cinco obras publicadas en Amazon y que me ha sorprendido gratamente con su serie  Citas de Amor.

La serie consta de 4 volúmenes, todos autoconclusivos, en los cuales nos narra historias de mujeres diferentes y de cómo encontraron el amor. La narrativa es fresca, fluida, nada recargada y bastante actual, cuatro cosas que yo personalmente agradezco en un libro.

El 1 de Julio publicó el 4º volumen de Citas de Amor, pero yo he empezado por el 1.

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Susana lleva una vida apacible. En realidad, muy apacible… Es una chica normal con las inquietudes e inseguridades propias de cualquier mujer en la treintena. Lleva una temporada sola y se da cuenta de que por fin le gustaría encontrar el verdadero amor.
Después de una noche de copas, acaba cometiendo una locura y decide crear un perfil en una página de contactos llamada «Citas de Amor». A partir de ahí, empiezan los problemas. De repente, la solitaria Su, se ve envuelta en un lío amoroso.
Aparecen en su vida un ejecutivo con problemas de madurez y un fisioterapeuta demasiado guapo para la salud. A su vez, conoce a un misterioso hombre llamado Sombra que parece que siempre sabe exactamente lo que tiene que decir… Ella no lo tiene nada claro.
¿Con quién te quedarías tú?

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Ebrolis sortea un Kindle para celebrar dos años recomendando ebooks.

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Saludos Mininos!!!

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NI CONMIGO NI SIN MÍ.

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Era la primera vez que pisaba un plató de televisión y pese al resplandor de los focos, para mi gran decepción, tenía un aspecto de lo más cutre y desordenado. Había mucho público en las gradas ataviado con todo tipo de disfraces ridículos: superhéroes, mujeres con sucios camisones y greñas de locazas, pollos camperos… una fauna de los más variopinta agitando en el aire ejemplares de mi novela y serpientes de goma o pajarracos de peluche; y mucha gente del staff, entre treinta y cincuenta, deambulando afanados en derredor, más los que no se veían, preparándolo todo para el programa. Mi representante, que no podría ser otro que Mario Vaquerizo, estaba ultimando la lista de preguntas con Felicia Braga, la presentadora, una petarda polioperada que sonreía con asco antes de cada corte publicitario. Yo la había odiado durante años, ya que mi abuela Bibi solía ver su programa cada tarde mientras yo lavaba sus refajos, y aunque Felicia no tenía la culpa de eso, a mí solo la mención de su nombre ya me producía repelús. Su programa de entrevistas, Dimes y Diretes, era el más visto en su franja horaria y, aunque yo no lo vería ni hasta el culo de calimocho, parecía gustar a una elevada proporción de las marujas españolas.

La maquilladora se estaba tomando mucho tiempo con mi careto, tenía unas ojeras gigantescas, es lo que tiene trabajar en promoción. Y mientras me daba los últimos retoques le di un sorbo a un combinado flojito de ron y Coca-Cola; estaba algo nerviosa y necesitaba templar mis nervios de algún modo.

—Nina, ¿puede cerrar los ojos? —La maquilladora tenía un pincel alzado frente a mi cara—. Voy a repasarle las sombras.

Cerré los ojos y me centré en mantener una respiración pausada mientras trataba de ordenar mis pensamientos, repasando las respuestas a las preguntas que supuestamente iba a hacerme Felicia durante la entrevista en directo.

—Tiene unos ojos muy bonitos; con los párpados ovalados y una gran amplitud de cejas —me alabó la maquilladora dándome unos suaves toquecitos de pincel.

—Gracias.

—He leído su libro, ¿sabe?

Claro, ella y decenas de miles de lectores lo habían leído, por algo era uno de los libros más vendidos del año. Todos los desastres habidos y por haber, que incluían entre otros: un secuestro exprés, un terrorista anal, una competición de frikis, una vecina loca y una cita a ciegas con Thor, lo habían convertido en muy poco tiempo en un best-seller sin yo pretenderlo, pues yo solo quería contar mi verdad. Pero había caído en gracia e incluso me habían ofrecido protagonizar la adaptación cinematográfica de mi novela.

—¿Y qué te ha parecido? —le remarqué un poco el tratamiento.

—Pues… me encantó, aunque no me lo esperaba así, pensaba que era más la típica novela de amor…

—¿Y no lo es?

—No, a ver… está lo de la cita con David, que mola mazo —se le escapó una risita— pero lo divertido es descubrir todo lo que pasa, es como irse de finde loco. La verdad es que me reí muchísimo, ¿cómo se le ocurren tantas locuras?

Y dale, ella emperrada en hacerme mayor.

—No tiene tanto mérito, lo creas o no, todo lo que cuento en el libro me ocurrió en realidad. Fue el día más espantoso y a la vez maravilloso de mi vida. Porque ¿qué probabilidades hay de que una mujer se descomprometa de un hombre y conozca al que será el amor de su vida en solo veinticuatro horas? ¿O que su amiga sea secuestrada y termine enamorada de uno de los secuestradores? ¿O de que su vecina la loca se reencuentre con su amor de juventud y de paso recobre la cordura? Aquel día no solo supuso un antes y un después para mí, también lo fue para todos aquellos que lo compartieron conmigo. A ese día le debo lo que soy ahora. Fue un punto de inflexión que…

—Hola, mi amor, ¿estás nerviosa? —Mario me pilló por sorpresa.

—Un poco, pero estoy bien —mentí, estaba que me subía por las paredes.

—Bien, cariñito, el programa empezará en diez minutos. Ya le he dicho a Felicia que nada de preguntas personales, no te conviene entrar al trapo. Estás divina con ese modelito, te comería como el lobo de Caperucita, ja, ja, ja… —Mario rio con esa sonoridad típica en él.

—Gracias, Marito.

—A ti preciosa.

Se me acercó para besarme la mejilla y de paso me birló la copa; me encantaba nuestra relación laboral incluso más que el chocolate relleno de fresa. Conforme se fue a saludar a todos los personajes públicos que merodeaban por el plató, la maquilladora que se había quedado como en pause y me miraba, sin pestañear, con el pincel en el aire, me preguntó:

—Entonces… ¿usted es Cam?

—Sí, soy yo —le respondí con orgullo.

—¿Y David existe? —balbuceó sobreexcitada. El personaje de David siempre provocaba ese efecto entre las mujeres; no me extrañaba, a mí me pasaba lo mismo cada vez que lo tenía cerca.

Asentí con una sonrisa y le señalé al público sin indicarle nadie en concreto—. Aunque no se llama así.

—¿No? ¿Y cómo se llama?

—Eso no te lo puedo decir, es secreto.

—Claro, entiendo. Y todos los nombres son inventados: Teresita, Fuensanta, la Biturbo, Ricardito… —animada, comenzó a nombrar uno por uno a todos los personajes que aparecían en mi libro. Era evidente que se lo había leído y que le había gustado.

—Claro.

—Vaya —suspiró—. Qué fuerte.

Asentí, cerrando de nuevo los ojos.

—Pues ya he visto el tráiler de la peli.

—¿Y qué te ha parecido?

—Tiene buena pinta, pero no sé si me gustará tanto como el libro.

—Esas cosas pasan. Nos hacemos una idea de los personajes y de las situaciones y si luego no encajan con lo que teníamos en mente nos sentimos defraudados.

—Hombre, a mí que Jesús Castro interprete a David no me decepciona. —Soltó una sonora risotada.

—Ni a mí, pero que Miriam Giovanelli sea Cam me jode un poco, está mucho más buena que yo, aunque mis pechugas son mucho más gordas que las suyas —admití, muy digna.

—Vaya, la verdad es que no imaginaba a Cam como Miriam Giovanelli, pero tampoco como usted —afirmó vehemente mientras terminaba de retocarme los pómulos a golpe de brocha—. Y no creo que tenga la cara tan rechoncha como dice.

—He adelgazado un poco. Con tanto trajín, no paro quieta y David —le guiñé un ojo picarona— me mete mucha tralla.

—¿Gabriela, has terminado con Nina? —El director ejecutivo, Carlos Santos, vino hacia mí con los brazos abiertos, husmeando el aire como un hámster con su bigotito engominado de gamba. Ese hombrecillo tenía un algo que no me acababa, y no era precisamente ese ridículo bigotito que lucía con tanto garbo y que a mí me daba hasta ganas de echar la pota.

—Todavía no —respondió apartándose a un lado.

—Pues aire —la largó con muy poca educación, con un rápido gesto de las manos, y la maquilladora se marchó acobardada sin mediar palabra entre una nube de coloretes.

—Nina, querida, qué gusto tenerte aquí esta tarde —me achuchó con toda la confianza del mundo colocándome las tetazas a la altura de la garganta.

—El placer es mío, Carlos —dije con una sonrisa de los más falsa.

—Tenemos que hablar de negocios, Nina. En Dimes y Diretes sabemos el tirón mediático que tienes y lo mucho que las mujeres te adoran, eres una especie de heroína, el ejemplo a seguir de todas en muchos aspectos —me dijo arrastrándome de los hombros a un rincón apartado.

—Yo no creo que sea nada de eso, solo he escrito una historia que he vivido sin ningún tipo de filtro.

—Y esa es la clave de tu éxito, tu frescura: tu manera de decir las cosas y, por supuesto, tu belleza natural. —Quise decir algo pero Carlos Santos no me dejó—. Queremos que sustituyas a Felicia.

—¿Quién, yo? No, no, no. Yo no sé nada de presentar programas, si acaso de escribir algún guion, pero presentar va a ser que no. Además no estaría a la altura de la gran Felicia —me empezó a sudar la frente.

—¡Gabriela, retoca a Nina! —Carlos llamó a gritos a la maquilladora; mi frente tuvo que deslumbrarle—. Felicia está acabada, el último lifting tampoco le ha quedado bien, está decrépita y se nos va el presupuesto de maquillaje con ella. El productor lo tiene todo pensado, los dos podríamos embolsarnos una gran suma de dinero si le sueltas la bomba en directo a Felicia al finalizar la entrevista. —Metió su mano en el bolsillo interior de su chaqueta y sacó la chequera—. ¿Cuánto quieres?

—No quiero nada, y no voy a hacer eso, pobre señora. Además tendría que consultarlo con Mario, así que, si me disculpas. —Salí de aquel atolladero andando lo más rápido posible.

Busqué a Mario por todo el plató pero no lo encontré. De pronto una chica con pinganillo me arrastró a la voz de «menos de un minuto, Nina», y me sentó en el sillón forrado de vaca andina del decorado. Gabriela apareció como una gacela y me retocó con polvos la nariz, pómulos y frente como si fuera una selladora automática. En la puerta de apariciones estelares del plató vi a Felicia con el gesto torcido, tan elegante y soberbia como se mostraba en la tele. El show iba a comenzar.

Tres, dos, uno…

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20:37, cuando Reina Roja encontró a Thor.

—A ver… —Le hice ver que lo pensaba frotándome la barbilla—, déjame adivinar, ¿has venido volando?

Y aunque no pretendía sonar seductora, el tono de mi voz sí lo fue. El tío me sonrió y arqueó una ceja (muy sexy el gesto, vaya que sí) mientras se rascaba el mentón evaluándome con los ojos: preciosos, rasgados y de un azul cobalto poco común. Las-bragas-del-revés-puso-me. La cabeza también; enseguida se me puso a carburar ideas, pensamientos, intenciones… todas malas, malísimas, obscenas, obscenísimas… Hablando en plata: me dieron unas ganas muy bárbaras de arrastrarlo hasta la relativa privacidad del baño de la taberna que teníamos justo enfrente, arrancarle la ropa del cuerpo y follármelo ipso facto hasta dejarlo más seco que un besugo al sol. He de mencionar que el cúmulo de sucesos acontecidos en las últimas diez horas me tenía fuera de sí, o fuera de mí, o fuera de cómo se diga; no sabía ni cómo había sacado el ánimo ni las fuerzas (o tal vez sí: el par de gin-tonics que me había encajado habían hecho su buena labor) para ducharme (exfoliación intensiva inclusive), ondularme la melena con la plancha y embutirme aquel vestido de «pidiendo guerra descaradamente». El tío, desde luego, superaba con creces mis expectativas, aunque tampoco sé bien lo que me esperaba. La gente suele mentir a lo bestia en las webs de citas y, tras espléndidas dentaduras de anuncio de dentífrico, se esconden cracos salvajes, pajilleros de YouTube y otros especímenes de podio. Casi hubiera preferido que él fuera el craco con el que había estado conjeturando mientras me acicalaba para la no cita: un apestoso greñas paticorto, así me hubiera sido mucho más sencillo llevar a buen término el patético plan que había urdido entre risas con Teresita, pero no lo era… lamentablemente, ¿o no? Tal vez el destino tenía planes para mí, no tan maquiavélicos como los míos. El caso es que allí estábamos los dos, frente a frente por primera vez, y por un instante, deseé que fuera eso, la primera pero no la última vez que nos encontrásemos en una esquina de Madrid, que hubiera decenas, centenas, quizá miles de veces como aquella. Me quedé sonriéndole como una boba durante unos segundos, lo que tardé en volver a centrarme en mi plan de no cita, pero ni su sonrisa diez ni su imponente persona me lo ponían fácil. Romeo86, contra todo pronóstico, estaba incluso mejor al natural que en la foto de su perfil de la web de citas on-line EmparéjaMe, pero debo admitir que su ropa no era… lo que yo… esperaba. A ver, desde luego, era osada… extravagante… ¿friki tal vez? No sé. Lo repasé con la mirada de arriba abajo, con desfachatez, lo sé, y él también se percató, pero no pareció importarle el escaneo a lo Terminator que le hice en cero coma, pero ¿acaso hay otra forma de escanear a alguien que tienes a dos palmos? Además, tenía que mostrarme segura y fuerte en ese momento, Romeo86 podría ser un tío bueno, pero no hay ninguna ley que diga que un psicópata tenga que ser un fulano al estilo de Bardem en No es país para viejos; que no es que me guste en especial el Bardem de a pie, pero es que mira que estaba feo el Bardem en esa película. Seguramente lo hormonaron como a una gallina. Pero vamos al grano, que me lío. ¿Y por dónde iba? Ah, sí: Romeo86. Volviendo a él:

Cara: atractivo, sin afeitar. Bip

Pecho: amplio, voluminoso, fuerte. Bip-bip

Cintura: estrecha. Bip-bip-bip

Bulto: prometedor. Biiiiiiiiiiiiiiiiiip

Piernas: interminables, musculosas. Bip-bip

Pies: Mmmmmmm

Lástima que no llevase zapatos, hubiera sido una buena herramienta de catalogación, y es que se puede saber mucho de una persona por sus zapatos y muchísimo más por sus zapatillas de estar por casa. Fue mi abuela Bibi la que me enseñó este astuto truco cala-personas, precisamente ella que siempre usaba unas zapatillas de antelina marrón, insulsas y sin gracia, en definitiva eran las zapatillas de estar por casa de toda una mamona, sin duda, lo que ella era: el mamífero más parecido a la mona Chita que jamás mis ojos han visto, solo que la mona Chita siempre iba con Tarzán, y mi abuela siempre estaba sola, pues era un ser desquiciante y no había Tarzán que la aguantase por espacio de media hora sin sentir unas ganas irrefrenables de ahorcarse quince veces con su propia melena. Mi abuelo era un bendito, el pobre sufrió un derrame cerebral a los cincuenta y dos años, pero yo pienso que él mismo se propinó un sartenazo para dejar de sufrir y aguantar a la insoportable Bibi; un suicidio de manual en toda regla, que ella tapó con una muerte repentina. Como buena hija de puta que era, se conocía todos los tejemanejes de la vida y sus intríngulis. Siempre me ofrecía galletas caseras que yo rechazaba por si las había envenenado con matarratas; amaba sus consejos pero no le perdía ojo, no era de fiar. Seguro que en la otra vida ha conseguido ser la señora de Belcebú y el infierno ha adquirido las cuatro estrellas de excelencia como el lugar más temido por las almas del purgatorio. Por mis palabras, es obvio deducir que no le tenía mucho aprecio a mi ya desaparecida abuela Bibi, aunque debo admitir que valoro mucho sus sabios consejos.

Romeo86 llevaba unas botas militares muy acordes con el resto de su indumentaria. Lo cierto es, y sin ánimo de ponerle los dientes largos a nadie, que Romeo86 estaba imponente con el atuendo de vikingo moderno que había decidido plantarse para nuestra cita. Con esas mallas ajustadas a sus interminables piernas musculosas, que marcaban su entrepierna como si llevara un huevo de pascua tamaño XXL; esa especie de armadura de cuero esculpiéndole ese pedazo pectoral que tenía, amplio, voluminoso… ¡Dios!, era como para perderse en él buscando una sombra donde cobijarse, y que bien podría ser la sombra de su huevo tamaño extragolosos; y su barbita, de una semana quizá, que sin duda alguna era una de sus mejores cualidades, de esas cuidadas pero descuidadas, ¿cómo se hace eso? Le quedaba de miedo. No parecía un proyecto de felpudo de coco ni tampoco una madriguera de nutrias, cosa muy de agradecer, conocedora yo de las últimas tendencias en la moda barbil que apuntaban a náufrago total. Porque ¿qué coño es un hipster? Suena a histérico, ¿verdad? Se definen como una especie de hippies modernos, pero visten ropa cara y gastan WI-FI por un tubo; ¿qué tiene eso de hippie? Vaya, lo siento, me he vuelto a desviar del tema, pero hay cosas que me sacan de quicio.

No soy ninguna fanática de los cómics de Marvel y, yendo un poco más allá, de ningún tipo de cómic, tampoco he visto ninguna de las películas de Los Vengadores, y eso que los protagonistas masculinos están de toma pan y moja, pero tenía que reconocer que Romeo86 tenía un palmito imponente dentro de aquel ridículo disfraz de Thor, y eso que no llevaba puesto su casco con alas, lo que hubiera sido la guinda del pastel. Allí de pie, frente a frente por primera vez, en aquella trajinada esquina de la calle Cava Baja me sentí un poco como la Pataki. Sin su cuerpazo, claro. Ni su cara, por supuesto. Ni su marido… que sí, que ya lo sé, ¡que he dicho «como», coño! Más bien era como la doble de la Pataki: doble de pechuga, doble de jamona y ración triple de pandero.

—Es que no llevo mi prodigiosa capa —se excusó con una voz profunda y sexy.

La burlona sonrisa le bailaba en la cara y casi caí rendida a sus pies, cuando un hoyuelo se le dibujó en la mejilla derecha. Siempre he tenido un poco de debilidad por los hoyuelos. Son muy particulares, ¿verdad? Un bujerito en medio del moflete, como un indicador de «deposite aquí su beso, gracias». La sonrisa de Romeo86 era igual que la que lucen los dibujos mangas; yo nunca había visto nada igual en la vida real, me tenía hipnotizada.

—¿No?

Nada más ingenioso acudió a mi boca, me había quedado en modo colapso mental; tal vez porque aún no había conseguido asimilar el impacto que su presencia me había provocado; o tal vez seguía deslumbrada por la profundidad de su mirada o el brillo radiante de sus dientes. ¿Había sido un efecto producto de mi atontamiento o una chispa verdadera? No era la primera vez que sufría un atontamiento, aún recuerdo el día en el que Jordi Avilés, el chico más guapo del instituto, se quedó toda una hora mirándome fijamente durante la clase de latín. Al terminar la clase me acerqué a él convencida de que quería tema y Jordi, un poco confuso por mi atrevimiento, me dijo que tenía un manchurrón de Nocilla que me abarcaba media cara, como si me hubiera comido un cagarro (palabras textuales de Jordi). Fue un poco traumático la verdad, desde entonces no he vuelto a comer Nocilla, llevo mucho cuidado con las falsas señales sexuales y oír recitar en latín me pone los pelos como escarpias.

—Me la he dejado en Asgard antes de venir.

—¿Qué? —Y dale, yo seguía idiotizada perdida.

Se rio un poco—. ¿No tienes ni idea de lo que te hablo, verdad?

Levanté las manos, sabiéndome toda una ignorante al respecto—. No mucho, la verdad. ¿Así que eres Thor? —le dije en un tono que ahora sí pretendía ser muy seductor.

El caso es que me sentía seductora aquella noche, con mi vestido verde de Bottega Veneta, que no era el más bonito de mi vestidor, pero sí el más putón putonazo, mis tacones de vértigo, mi cabello leonino a lo loco y mis morros de «bésame, tonto». Paradójicamente, todo lo acontecido en las horas anteriores me habían revivificado; mi piel brillaba cual seda salvaje (asalvajada estaba yo y el pobre chico no tenía ni puta idea); las ondas de mi cabello flotaban sensuales como una nube esponjosa, mi descaro se había multiplicado por infinito con el pasar de las horas; ya no era la Cam mojigata, no, ahora era la súper Cam, la reina de la noche, la loca del coño, me había llenado de una irresistible belleza amazónica, un aura de poderío y un power que no parecía ni mío.

—Más bien soy David, alias Thor en mis ratos libres —respondió usando el mismo tono. ¡Vaya, aquí había conexión!—. David Bravo —se presentó acercándose para besarme las mejillas—. ¿Y tú, Reina Roja, cuál es tu verdadero nombre? —dijo justo antes de plantarme tan solo un beso casi encima de la oreja.

Los besos en los orificios auditivos son lo más humillante del mundo, son como hostias en el cielo de la boca que te dejan medio lelo. Es tan humillante para el que los recibe como para el que los da (a nadie le gusta besar fábricas de cera), pero este héroe vikingo lo tenía todo perdonado desde el día que nació, su besito de la muerte cerebral era pecata minuta, y su apellido hacía verdadero honor a lo que yo estaba pensando en ese momento: ¡bravoooooo, bravooooooo!

—¿Eh? Pues… Cristina Márquez —respondí un poco aturdida por su fuerte olor a patatas fritas. Conforme lo dije, ya estaba arrepentida, ese no era mi verdadero nombre, pero es lo que tiene practicar, llevaba algo así como una media hora repitiéndome aquel nombre como si fuera un mantra y me había salido solo con abrir la boca.

—Encantado de conocerte, Cristina.

—Y yo, o sea que sí… eso… encantada de conocerte a ti también, David Bravo.

—Perdona —una mujer con un niño pequeño nos interrumpió, dándole unos golpecitos en el hombro a David—. ¿Te importaría hacerte una foto con mi hijo? Es que le encanta Thor.

David, como toda respuesta, se encogió de hombros y asintió un tanto cortado.

—¿Cómo te llamas, chavalote? —le preguntó al crío que lo miraba con los ojos abiertos por la emoción.

—Iker.

¡Ahí va, como Iker Jiménez Elizari! Y ojo al dato: sé el nombre completo de este famoso especialista en temas de lo sobrenatural, misterios, espiritismo y OVNIs. Eso, sin duda, debía ser un aviso del más allá.

—Anda, qué guay, como Iker Casillas, mi portero favorito —lo alabó David revolviéndole la cresta.

Qué vaya gusto tenía la madre, plantarle esa peineta al crío, y él tan feliz. Bendita ignorancia.

—¿Nos haces tú la foto? —La madre me pasó el móvil.

—Claro, sí, por supuesto.

Se colocaron los tres ante el objetivo: David, alto y guapo, tan fuerte, tan macizo, tan Thor; la madre a su lado no dudó en echarle la mano a la cintura aprovechando la ocasión, ¡ay, las madres!; y el niño delante de los dos sonriendo como una comadreja sin dientes, y les hice varias fotos.

—Muchas gracias. ¿Tengo que darte algo? —dijo la mujer empezando a abrir el monedero.

Él se rio ante tal comentario y a mí de repente una pensamiento escalofriante me cruzó la mente. No, por favor, algo así de friki podría aniquilar toda la existencia de mi libido por muy bueno que estuviera David.

—No, claro que no, ha sido un placer —respondió dándole otro refregón al crío en el pelo, que se fue más contento que unas pascuas dando saltitos de la mano de su madre. David me miró y se encogió de hombros—. Gajes del oficio.

—¿Trabajas en la Puerta del Sol? —le pregunté con el corazón en un puño. Tenía que saberlo. Por un momento había visionado a David uniformado de Thor practicando pressing catch con Bob Esponja y Patricio y era algo que tenía que descartar cuanto antes.

Estalló en una sonora carcajada.

—No. Qué va.

Aliviada, solté un suspiro de padre y señor mío—. Entonces ¿a qué se debe tu ropa? —le pregunté aún con mis dudas mareándome el pensamiento. Deseé con toda mi alma y corazón que su explicación tuviera cierta lógica.

—¿Es que no es de su agrado, majestad? —preguntó inclinándose cortésmente y mis ojos, que son pura lascivia, se detuvieron más de lo necesario en su bulto, tan prominente y tan bien definido por el leve tejido de las mallas, que parecía haber sido esculpido por el mismísimo Miguel Ángel. David se dio cuenta, pues sonrió golfo ante mi mal disimulado escrutinio, y voila!, de nuevo apareció ese delicioso hoyuelo.

—De haberlo sabido hubiera venido con mi disfraz de Wonder Woman. —Disfraz que no tengo y hubiera tenido que improvisar con unas maxibragas, un top de bikini y una diadema de los chinos customizada—. Esta noche hubiéramos triunfado más que una Coca-Cola en el desierto.

—Pues es una lástima, la verdad. —Y ahora fue él quien me hizo un buen repaso general—. Nada me hubiera gustado más que verte con un mono de licra pegado al cuerpo.

—Si quieres me lo pongo, mi piso no queda nada lejos de aquí —le provoqué un poco y ese delicioso hoyuelito, que ya me tenía enamorada, volvió a manifestarse.

—Pues ya que lo dices, no me importaría pasar por tu piso.

—¡Ah, vale, pues vamos! —dije con tanta celeridad, que ni me dio tiempo a pensar en el alcance de su propuesta, ya que por una parte yo no pensaba, ni de coña, quitarme el vestido que me había puesto para la no cita. Lo mío me había costado ajustar las cintas del empestillado corsé; es posible que hubiese cogido algunos kilillos desde su adquisición, cinco o seis, qui lo ça, pero es lo que tiene acomodarse. Uno se acomoda y pierde los buenos hábitos: comer verduras e ir al gym pasan a un segundo plano cuando uno se compromete en serio. Y, por otra parte, estaba el hecho de que invitar a un desconocido a tu casa cinco minutos después de haberlo conocido puede suponer un acto un tanto peligroso. Pese a ello, nada hice por evitarlo, tal vez porque no encontré las palabras para negarme o simplemente porque no quería hacerlo; me dejé llevar por una vez en la vida. Si tenía que ser descuartizada, al menos, que fuera a manos de un tío bueno y no de un espécimen a lo Bardem hormonado, pues eso último culminaría mi crónica diaria de catástrofes, entrando por la puerta grande en el libro de los récords sin jurado.

—Espera un momento… —Me retuvo del brazo—, voy a por mi macuto. He aparcado aquí mismo —dijo señalando el final de la calle.

—Está bien, te acompaño.

Estaba bastante intrigada por su deseo de ir a mi piso; igual la idea era un poco arriesgada, aún no lo conocía más allá de su evidente atractivo. Pero si mi querida abuela psicótica no me había mandado señales de que pudiera ser un depravado o un asesino, podría correr el riesgo. O pensándolo bien, mi querida abuelita nunca había sido bicho de fiar, de ahí mi supuesta intolerancia al gluten de sus galletas caseras; lo más probable es que desease para mí una muerte prematura para seguir puteándome en el más allá. Yo sería la ama de llaves de la mansión de los señores Satanás, y mi abuela me ordenaría tareas tediosas y agotadoras vestida con boas de colores y profiriendo carcajadas maquiavélicas. #prayforbibi.

Me cedió el paso y, al hacerlo, acomodó su mano por detrás de mi cintura, apenas sí me rozaba, no era un gesto dominante sino más bien un acto galante para conducirme con él, pero sentí una deliciosa sensación recorriéndome la zona.

—Vengo de una fiesta de cumpleaños, la de mi sobrino; cinco ha hecho el enano —se explicó mientras andábamos uno junto al otro—. Y es un gran fan de Thor, así que… —chasqueó la lengua—… no pude negarme.

Por el tono de su voz supe que adoraba a ese mocoso. ¿En serio? ¿Se había disfrazado así solo por contentar a su sobrinito? Casi me lo comí con los ojos, buscando su martillo… Me encantan los hombres sensibles, cariñosos con los niños. Esta era, sin duda, la señal que estaba esperando; un tío así no podía ser un pirado amante del cine gore.

—Vaya, y yo pensando que era tu forma habitual de vestir. Entonces… ¿no quieres que me ponga a tu altura y saque mi disfraz de heroína del siglo XXI? —Me detuve para abrirme un poco el abrigo y pudiera admirar mi vestido.

Abrió los ojos, impresionado, lo sé, tengo unas tetas impresionantes, son grandes y redondas, como balones de reglamento, y aquel corsé modernizado de fulana del siglo XVIII no dejaba mucho lugar a la imaginación.

—Lo cierto es que me gusta mucho como vas. Estás muy guapa. Nunca hubiera imaginado que una mujer pudiera ganar tanto sin maquillaje. —Me lanzó una sonrisa burlona.

Me eché a reír. La foto que había elegido para la web de EmparéjaMe era bastante enigmática. No era ni de lejos la mejor de mi lista de selfies, que contaba fácilmente con más de mil, pero mi intención había sido no desvelar mucho sobre mi persona. Pertenecía a mi álbum de Facebook del carnaval de 2011, cuando decidí disfrazarme de la Reina Roja y era bastante improbable reconocerme bajo aquel kilogramaje de maquillaje blanco. Me pareció divertido colocarla en mi perfil para darme un sintomático misterio y además combinaba a la perfección con mi nick.

—¿En serio? Pues normalmente me dicen todo lo contrario: que gano mucho maquillada.

—Eso es porque no saben mirarte.

—Y tú sí sabes, ¿verdad?

—Por supuesto, tengo rayos X.

—¿En serio? —desconfié siguiéndole la broma—, creía que ese poder era de Superman. ¿Te estás quedando conmigo?

—Me has pillado —me guiñó un ojo—, no sé qué poderes tiene Thor, aparte de volar y la fuerza de su martillo.

—¿Y es muy grande tu martillo? —¡Mierda! ¿Lo había dicho? ¿Lo había dicho en voz alta, verdad que sí? Síiiii… Y no solo eso, además lo había soltado con mi voz de supergolfa, la que solo uso en mis sesiones mensuales de sexo tántrico. Lo miré de reojo y él lo había captado, por supuesto que sí, y hasta parecía estar pensándose una respuesta. Con la rapidez de un puma le tapé la boca con mis manos antes de que dijera nada—. No hace falta que respondas a eso. Soy una idiota por preguntar semejante cosa.

Y se produjo «un instante» cuando nuestros ojos se encontraron. Apenas un roce de pupilas; nada apreciable para cualquiera fuera de nuestro pequeño círculo de dos. Cataclismo existencial. Y me explico: hay «instantes» e «instantes». Los «instantes» es cualquier espacio de tiempo nimio que sucede en tu vida sin ninguna trascendencia, uno más de millones de millones, mientras que un «instante» es una milésima  de segundo en la que se produce un algo que cambiará el resto de tu existencia. Fue fugaz, casi imperceptible, un beso minúsculo pero profundo con las miradas de apenas una fracción de segundo. Casi se me derriten las bragas y se me pegan a la piel como la cera caliente de depilar en ese «instante».

David se mantuvo callado durante unos segundos, cuando volvió a hablar sonó decepcionado:

—¿Por qué? ¿Es que no quieres saberlo?

—Sí… —¡Mierda!—, ¡no! Bueno… sí.

Y se rio. Se rio con ganas. Fue una carcajada prolongada que le iba de la cabeza a los pies de un modo sumamente contagioso. Y yo adoré esa carcajada al momento: una dulce y penetrante risa de loco capaz de conquistar a la más siesa. Hay que ver lo que se reía, pero qué bien le quedaba. No podía parar de reír, al poco reía yo también contagiada por su risa.

—Es que me lo has puesto a huevo —dije cuando dejamos de reír.

—Sí, los huevos suelen estar justo detrás del martillo —dijo guiñándome de nuevo el ojo.

—Eso me han contado —me hice la inocente.

—Aquí está. —Señaló con la mano una furgoneta azul Volkswagen T2.

No entiendo mucho de furgonetas, no sabría diferenciar casi ningún modelo, pero da la casualidad de que perdí mi virginidad en el asiento trasero de una Volkswagen T2 Camper del 80. Un hecho bastante traumático, que marcó un antes y un después en mi vida sexual, al equivocarse el afortunado desvirgador de agujero a penetrar. Que te enchufen a toda mecha un palo de carne por el ano sin anestesia es equivalente a sentir un cohete incandescente entrar por tu intestino grueso. Llegué a casa con la cara descompuesta y unos andares de tullido en rehabilitación que hicieron clamar al cielo a mi madre, una señora que todo lo arregla con sopa de cebolla e ibuprofeno, remedios que no hicieron más que empeorar el estado de mi magullado culo, cuando la sopa y el medicamento fermentaron en mi estómago produciéndome una diarrea de concurso que me mantuvo pegada al váter casi una semana.

David sacó una bolsa de deporte del asiento del copiloto y se la colgó al hombro.

—¿Ahí es dónde guardas tu capa prodigiosa? —pregunté, señalándosela.

—No, aquí llevo mi ropa de humano cuando no estoy de servicio.

—Pensaba que la llevarías debajo del equipaje de superhéroe.

—Pensabas mal. —Me sonrió deslizando sus ojos por mi cara—. ¿No te importa que me cambie en tu piso, verdad? Es que no me ha dado tiempo a hacerlo antes de venir y no quería llegar tarde a nuestra primera cita.

¿Primera? Si decía primera, es porque de algún modo David ya se estaba planteando al menos una segunda cita y a su vez estaba dando por hecho que yo también.

—Venga, va, seguro que lo has hecho por impresionarme —le piqué un poco.

—Puede. ¿Lo he conseguido?

—Creo que sí. Nunca nadie me había causado tanta impresión a primera vista —le reconocí.

—¿Eso es bueno?

—Sí, lo es.

—Pensaba que si venía disfrazado iríamos a juego, pero tú no has traído tu traje de Reina Roja —dijo aparentando una gran contrariedad; me reí—. ¿Por qué pusiste esa foto en el perfil de EmparéjaMe?

—No tenía otra mejor —mentí—, soy muy poco fotogénica. —Asintió pensativo—. ¿Qué?

—Fue el detalle que me hizo aceptar tu proposición.

—¿De verdad?

—Sí. Da la casualidad que Alicia en el país de la maravillas era el libro que casi siempre me leía mi madre cuando era pequeño. Tengo debilidad por la Reina de Corazones, siempre he pensado que era un alma incomprendida.

—Claro —convine—, ella solo quería cortar cabezas porque la gente que habitaba el país era más fea que los juanetes de los  pies de Falete. Yo hubiera hecho lo mismo de estar en su lugar.

—¡Exacto! Creo que siempre estuve enamorado en secreto de ella.

—Pues no entiendo por qué, era un cardo borriquero con la cabeza gorda como un conejo con mixomatosis.

—No, por supuesto que no lo era. Eso lo dices porque en tu mente está la imagen de la película de Disney, pero ella no era así —la defendió con tono ofendido.

Estaba muy guapo cuando se ofendía. Así que decidí seguir picándolo por un rato:

—Pero esa cabeza hidrocefálica tira para atrás a la mismísima Peppa Pig y su cara de secador de viaje. No creo que con semejante cabeza pudiera ser hermosa.

—Para mí sí lo era —dijo un poco nostálgico.

—Eres un poco raro, David. Espero que el tamaño de mi cabeza no te haya decepcionado.

—No te digo que no sea un poco raro —me sonrió— y tu cabeza no me decepciona, es mucho más interesante de lo que podría haber imaginado, aunque mirándote bien… —se hizo hacia atrás para tomar perspectiva de topógrafo—… creo que sí eres un poco cabezona.

La madre que lo parió; me acababa de llamar cabezona en mi propia cara. Bueno, un poco cabezona sí que soy, porque yo todo lo que me propongo lo consigo, cueste lo que cueste. Y como no era plan de sacar mi lado gremlin tan pronto, se lo perdoné y le sonreí, pero solo porque era nuestra primera cita, porque estaba como un queso, porque ese hoyuelo me estaba poniendo frenética y porque iba vestido como Thor y era aconsejable ser amable con el señor superhéroe, no fuera que me noqueara con el martillo; aunque bien pensado, si me quería noquear de la manera que yo tenía en mente, le hubiera dejado que me diera todos los martillazos que hubiese querido hasta empotrarme contra la pared.

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COLABORADORES

La Música y la mentira, por Pedro B. Breis.

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Si alguna vez habéis escrito algo, sabréis que una de las preguntas más recurrentes que los conocidos y los lectores te formulan directamente es: “¿Tiene algo de autobiográfico?” En mi caso siempre contesto que no. Miento, claro.

Todo lo que hacemos en la vida tiene una directa relación con lo que somos en realidad. A veces esta relación se hace evidente y otras se oculta bajo metáforas que maquillan el verdadero fondo y lo hacen parecer otra cosa. Si pasamos una toallita, podemos retirar el maquillaje e intuir la motivación última del relato.

Si algún día alguno de vosotros lee mi libro, al principio notará que la música es una parte importante del mismo. Cuando llegue al final, además, descubrirá que es el eje invisible que vertebra la historia.

Se lo debía. Si mi vida fuera un gráfico en forma de línea que sube conforme la felicidad aumenta y baja en los malos momentos, entre varias cimas hallaría dos grandes fosas. De aquellas que dejan una cicatriz que cambian tu aspecto interior. Y digo “aspecto” porque me niego a aceptar que los golpes puedan con quien realmente somos. Como mucho les voy a permitir el honor de poder cambiar lo que nosotros nos atrevemos a proyectar a los demás.

En ambos momentos, fue la música una de las grandes protagonistas de mi recuperación. De que ese niño, o ese joven que entró en la cueva, encontrara una linterna que le ayudara a salir. Magullado, pero a salvo. Diferente, pero igual. Más adulto, más duro, más sabio. Menos inocente.

Quizá en la próxima entrada os explique con más detalle en qué consistieron esos momentos y cómo la música me iluminó. Quizá no me atreva y lo oculte bajo una metáfora que me dé un pretexto para cuando alguien me pregunte, “¿Tiene algo de autobiográfico?”, pueda decir que no. Aunque sea mentira.

Por Pedro B. Breis colaborador del Blog y escritor de So long Marianne.

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