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NI CONMIGO NI SIN MÍ.

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Era la primera vez que pisaba un plató de televisión y pese al resplandor de los focos, para mi gran decepción, tenía un aspecto de lo más cutre y desordenado. Había mucho público en las gradas ataviado con todo tipo de disfraces ridículos: superhéroes, mujeres con sucios camisones y greñas de locazas, pollos camperos… una fauna de los más variopinta agitando en el aire ejemplares de mi novela y serpientes de goma o pajarracos de peluche; y mucha gente del staff, entre treinta y cincuenta, deambulando afanados en derredor, más los que no se veían, preparándolo todo para el programa. Mi representante, que no podría ser otro que Mario Vaquerizo, estaba ultimando la lista de preguntas con Felicia Braga, la presentadora, una petarda polioperada que sonreía con asco antes de cada corte publicitario. Yo la había odiado durante años, ya que mi abuela Bibi solía ver su programa cada tarde mientras yo lavaba sus refajos, y aunque Felicia no tenía la culpa de eso, a mí solo la mención de su nombre ya me producía repelús. Su programa de entrevistas, Dimes y Diretes, era el más visto en su franja horaria y, aunque yo no lo vería ni hasta el culo de calimocho, parecía gustar a una elevada proporción de las marujas españolas.

La maquilladora se estaba tomando mucho tiempo con mi careto, tenía unas ojeras gigantescas, es lo que tiene trabajar en promoción. Y mientras me daba los últimos retoques le di un sorbo a un combinado flojito de ron y Coca-Cola; estaba algo nerviosa y necesitaba templar mis nervios de algún modo.

—Nina, ¿puede cerrar los ojos? —La maquilladora tenía un pincel alzado frente a mi cara—. Voy a repasarle las sombras.

Cerré los ojos y me centré en mantener una respiración pausada mientras trataba de ordenar mis pensamientos, repasando las respuestas a las preguntas que supuestamente iba a hacerme Felicia durante la entrevista en directo.

—Tiene unos ojos muy bonitos; con los párpados ovalados y una gran amplitud de cejas —me alabó la maquilladora dándome unos suaves toquecitos de pincel.

—Gracias.

—He leído su libro, ¿sabe?

Claro, ella y decenas de miles de lectores lo habían leído, por algo era uno de los libros más vendidos del año. Todos los desastres habidos y por haber, que incluían entre otros: un secuestro exprés, un terrorista anal, una competición de frikis, una vecina loca y una cita a ciegas con Thor, lo habían convertido en muy poco tiempo en un best-seller sin yo pretenderlo, pues yo solo quería contar mi verdad. Pero había caído en gracia e incluso me habían ofrecido protagonizar la adaptación cinematográfica de mi novela.

—¿Y qué te ha parecido? —le remarqué un poco el tratamiento.

—Pues… me encantó, aunque no me lo esperaba así, pensaba que era más la típica novela de amor…

—¿Y no lo es?

—No, a ver… está lo de la cita con David, que mola mazo —se le escapó una risita— pero lo divertido es descubrir todo lo que pasa, es como irse de finde loco. La verdad es que me reí muchísimo, ¿cómo se le ocurren tantas locuras?

Y dale, ella emperrada en hacerme mayor.

—No tiene tanto mérito, lo creas o no, todo lo que cuento en el libro me ocurrió en realidad. Fue el día más espantoso y a la vez maravilloso de mi vida. Porque ¿qué probabilidades hay de que una mujer se descomprometa de un hombre y conozca al que será el amor de su vida en solo veinticuatro horas? ¿O que su amiga sea secuestrada y termine enamorada de uno de los secuestradores? ¿O de que su vecina la loca se reencuentre con su amor de juventud y de paso recobre la cordura? Aquel día no solo supuso un antes y un después para mí, también lo fue para todos aquellos que lo compartieron conmigo. A ese día le debo lo que soy ahora. Fue un punto de inflexión que…

—Hola, mi amor, ¿estás nerviosa? —Mario me pilló por sorpresa.

—Un poco, pero estoy bien —mentí, estaba que me subía por las paredes.

—Bien, cariñito, el programa empezará en diez minutos. Ya le he dicho a Felicia que nada de preguntas personales, no te conviene entrar al trapo. Estás divina con ese modelito, te comería como el lobo de Caperucita, ja, ja, ja… —Mario rio con esa sonoridad típica en él.

—Gracias, Marito.

—A ti preciosa.

Se me acercó para besarme la mejilla y de paso me birló la copa; me encantaba nuestra relación laboral incluso más que el chocolate relleno de fresa. Conforme se fue a saludar a todos los personajes públicos que merodeaban por el plató, la maquilladora que se había quedado como en pause y me miraba, sin pestañear, con el pincel en el aire, me preguntó:

—Entonces… ¿usted es Cam?

—Sí, soy yo —le respondí con orgullo.

—¿Y David existe? —balbuceó sobreexcitada. El personaje de David siempre provocaba ese efecto entre las mujeres; no me extrañaba, a mí me pasaba lo mismo cada vez que lo tenía cerca.

Asentí con una sonrisa y le señalé al público sin indicarle nadie en concreto—. Aunque no se llama así.

—¿No? ¿Y cómo se llama?

—Eso no te lo puedo decir, es secreto.

—Claro, entiendo. Y todos los nombres son inventados: Teresita, Fuensanta, la Biturbo, Ricardito… —animada, comenzó a nombrar uno por uno a todos los personajes que aparecían en mi libro. Era evidente que se lo había leído y que le había gustado.

—Claro.

—Vaya —suspiró—. Qué fuerte.

Asentí, cerrando de nuevo los ojos.

—Pues ya he visto el tráiler de la peli.

—¿Y qué te ha parecido?

—Tiene buena pinta, pero no sé si me gustará tanto como el libro.

—Esas cosas pasan. Nos hacemos una idea de los personajes y de las situaciones y si luego no encajan con lo que teníamos en mente nos sentimos defraudados.

—Hombre, a mí que Jesús Castro interprete a David no me decepciona. —Soltó una sonora risotada.

—Ni a mí, pero que Miriam Giovanelli sea Cam me jode un poco, está mucho más buena que yo, aunque mis pechugas son mucho más gordas que las suyas —admití, muy digna.

—Vaya, la verdad es que no imaginaba a Cam como Miriam Giovanelli, pero tampoco como usted —afirmó vehemente mientras terminaba de retocarme los pómulos a golpe de brocha—. Y no creo que tenga la cara tan rechoncha como dice.

—He adelgazado un poco. Con tanto trajín, no paro quieta y David —le guiñé un ojo picarona— me mete mucha tralla.

—¿Gabriela, has terminado con Nina? —El director ejecutivo, Carlos Santos, vino hacia mí con los brazos abiertos, husmeando el aire como un hámster con su bigotito engominado de gamba. Ese hombrecillo tenía un algo que no me acababa, y no era precisamente ese ridículo bigotito que lucía con tanto garbo y que a mí me daba hasta ganas de echar la pota.

—Todavía no —respondió apartándose a un lado.

—Pues aire —la largó con muy poca educación, con un rápido gesto de las manos, y la maquilladora se marchó acobardada sin mediar palabra entre una nube de coloretes.

—Nina, querida, qué gusto tenerte aquí esta tarde —me achuchó con toda la confianza del mundo colocándome las tetazas a la altura de la garganta.

—El placer es mío, Carlos —dije con una sonrisa de los más falsa.

—Tenemos que hablar de negocios, Nina. En Dimes y Diretes sabemos el tirón mediático que tienes y lo mucho que las mujeres te adoran, eres una especie de heroína, el ejemplo a seguir de todas en muchos aspectos —me dijo arrastrándome de los hombros a un rincón apartado.

—Yo no creo que sea nada de eso, solo he escrito una historia que he vivido sin ningún tipo de filtro.

—Y esa es la clave de tu éxito, tu frescura: tu manera de decir las cosas y, por supuesto, tu belleza natural. —Quise decir algo pero Carlos Santos no me dejó—. Queremos que sustituyas a Felicia.

—¿Quién, yo? No, no, no. Yo no sé nada de presentar programas, si acaso de escribir algún guion, pero presentar va a ser que no. Además no estaría a la altura de la gran Felicia —me empezó a sudar la frente.

—¡Gabriela, retoca a Nina! —Carlos llamó a gritos a la maquilladora; mi frente tuvo que deslumbrarle—. Felicia está acabada, el último lifting tampoco le ha quedado bien, está decrépita y se nos va el presupuesto de maquillaje con ella. El productor lo tiene todo pensado, los dos podríamos embolsarnos una gran suma de dinero si le sueltas la bomba en directo a Felicia al finalizar la entrevista. —Metió su mano en el bolsillo interior de su chaqueta y sacó la chequera—. ¿Cuánto quieres?

—No quiero nada, y no voy a hacer eso, pobre señora. Además tendría que consultarlo con Mario, así que, si me disculpas. —Salí de aquel atolladero andando lo más rápido posible.

Busqué a Mario por todo el plató pero no lo encontré. De pronto una chica con pinganillo me arrastró a la voz de «menos de un minuto, Nina», y me sentó en el sillón forrado de vaca andina del decorado. Gabriela apareció como una gacela y me retocó con polvos la nariz, pómulos y frente como si fuera una selladora automática. En la puerta de apariciones estelares del plató vi a Felicia con el gesto torcido, tan elegante y soberbia como se mostraba en la tele. El show iba a comenzar.

Tres, dos, uno…

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20:37, cuando Reina Roja encontró a Thor.

—A ver… —Le hice ver que lo pensaba frotándome la barbilla—, déjame adivinar, ¿has venido volando?

Y aunque no pretendía sonar seductora, el tono de mi voz sí lo fue. El tío me sonrió y arqueó una ceja (muy sexy el gesto, vaya que sí) mientras se rascaba el mentón evaluándome con los ojos: preciosos, rasgados y de un azul cobalto poco común. Las-bragas-del-revés-puso-me. La cabeza también; enseguida se me puso a carburar ideas, pensamientos, intenciones… todas malas, malísimas, obscenas, obscenísimas… Hablando en plata: me dieron unas ganas muy bárbaras de arrastrarlo hasta la relativa privacidad del baño de la taberna que teníamos justo enfrente, arrancarle la ropa del cuerpo y follármelo ipso facto hasta dejarlo más seco que un besugo al sol. He de mencionar que el cúmulo de sucesos acontecidos en las últimas diez horas me tenía fuera de sí, o fuera de mí, o fuera de cómo se diga; no sabía ni cómo había sacado el ánimo ni las fuerzas (o tal vez sí: el par de gin-tonics que me había encajado habían hecho su buena labor) para ducharme (exfoliación intensiva inclusive), ondularme la melena con la plancha y embutirme aquel vestido de «pidiendo guerra descaradamente». El tío, desde luego, superaba con creces mis expectativas, aunque tampoco sé bien lo que me esperaba. La gente suele mentir a lo bestia en las webs de citas y, tras espléndidas dentaduras de anuncio de dentífrico, se esconden cracos salvajes, pajilleros de YouTube y otros especímenes de podio. Casi hubiera preferido que él fuera el craco con el que había estado conjeturando mientras me acicalaba para la no cita: un apestoso greñas paticorto, así me hubiera sido mucho más sencillo llevar a buen término el patético plan que había urdido entre risas con Teresita, pero no lo era… lamentablemente, ¿o no? Tal vez el destino tenía planes para mí, no tan maquiavélicos como los míos. El caso es que allí estábamos los dos, frente a frente por primera vez, y por un instante, deseé que fuera eso, la primera pero no la última vez que nos encontrásemos en una esquina de Madrid, que hubiera decenas, centenas, quizá miles de veces como aquella. Me quedé sonriéndole como una boba durante unos segundos, lo que tardé en volver a centrarme en mi plan de no cita, pero ni su sonrisa diez ni su imponente persona me lo ponían fácil. Romeo86, contra todo pronóstico, estaba incluso mejor al natural que en la foto de su perfil de la web de citas on-line EmparéjaMe, pero debo admitir que su ropa no era… lo que yo… esperaba. A ver, desde luego, era osada… extravagante… ¿friki tal vez? No sé. Lo repasé con la mirada de arriba abajo, con desfachatez, lo sé, y él también se percató, pero no pareció importarle el escaneo a lo Terminator que le hice en cero coma, pero ¿acaso hay otra forma de escanear a alguien que tienes a dos palmos? Además, tenía que mostrarme segura y fuerte en ese momento, Romeo86 podría ser un tío bueno, pero no hay ninguna ley que diga que un psicópata tenga que ser un fulano al estilo de Bardem en No es país para viejos; que no es que me guste en especial el Bardem de a pie, pero es que mira que estaba feo el Bardem en esa película. Seguramente lo hormonaron como a una gallina. Pero vamos al grano, que me lío. ¿Y por dónde iba? Ah, sí: Romeo86. Volviendo a él:

Cara: atractivo, sin afeitar. Bip

Pecho: amplio, voluminoso, fuerte. Bip-bip

Cintura: estrecha. Bip-bip-bip

Bulto: prometedor. Biiiiiiiiiiiiiiiiiip

Piernas: interminables, musculosas. Bip-bip

Pies: Mmmmmmm

Lástima que no llevase zapatos, hubiera sido una buena herramienta de catalogación, y es que se puede saber mucho de una persona por sus zapatos y muchísimo más por sus zapatillas de estar por casa. Fue mi abuela Bibi la que me enseñó este astuto truco cala-personas, precisamente ella que siempre usaba unas zapatillas de antelina marrón, insulsas y sin gracia, en definitiva eran las zapatillas de estar por casa de toda una mamona, sin duda, lo que ella era: el mamífero más parecido a la mona Chita que jamás mis ojos han visto, solo que la mona Chita siempre iba con Tarzán, y mi abuela siempre estaba sola, pues era un ser desquiciante y no había Tarzán que la aguantase por espacio de media hora sin sentir unas ganas irrefrenables de ahorcarse quince veces con su propia melena. Mi abuelo era un bendito, el pobre sufrió un derrame cerebral a los cincuenta y dos años, pero yo pienso que él mismo se propinó un sartenazo para dejar de sufrir y aguantar a la insoportable Bibi; un suicidio de manual en toda regla, que ella tapó con una muerte repentina. Como buena hija de puta que era, se conocía todos los tejemanejes de la vida y sus intríngulis. Siempre me ofrecía galletas caseras que yo rechazaba por si las había envenenado con matarratas; amaba sus consejos pero no le perdía ojo, no era de fiar. Seguro que en la otra vida ha conseguido ser la señora de Belcebú y el infierno ha adquirido las cuatro estrellas de excelencia como el lugar más temido por las almas del purgatorio. Por mis palabras, es obvio deducir que no le tenía mucho aprecio a mi ya desaparecida abuela Bibi, aunque debo admitir que valoro mucho sus sabios consejos.

Romeo86 llevaba unas botas militares muy acordes con el resto de su indumentaria. Lo cierto es, y sin ánimo de ponerle los dientes largos a nadie, que Romeo86 estaba imponente con el atuendo de vikingo moderno que había decidido plantarse para nuestra cita. Con esas mallas ajustadas a sus interminables piernas musculosas, que marcaban su entrepierna como si llevara un huevo de pascua tamaño XXL; esa especie de armadura de cuero esculpiéndole ese pedazo pectoral que tenía, amplio, voluminoso… ¡Dios!, era como para perderse en él buscando una sombra donde cobijarse, y que bien podría ser la sombra de su huevo tamaño extragolosos; y su barbita, de una semana quizá, que sin duda alguna era una de sus mejores cualidades, de esas cuidadas pero descuidadas, ¿cómo se hace eso? Le quedaba de miedo. No parecía un proyecto de felpudo de coco ni tampoco una madriguera de nutrias, cosa muy de agradecer, conocedora yo de las últimas tendencias en la moda barbil que apuntaban a náufrago total. Porque ¿qué coño es un hipster? Suena a histérico, ¿verdad? Se definen como una especie de hippies modernos, pero visten ropa cara y gastan WI-FI por un tubo; ¿qué tiene eso de hippie? Vaya, lo siento, me he vuelto a desviar del tema, pero hay cosas que me sacan de quicio.

No soy ninguna fanática de los cómics de Marvel y, yendo un poco más allá, de ningún tipo de cómic, tampoco he visto ninguna de las películas de Los Vengadores, y eso que los protagonistas masculinos están de toma pan y moja, pero tenía que reconocer que Romeo86 tenía un palmito imponente dentro de aquel ridículo disfraz de Thor, y eso que no llevaba puesto su casco con alas, lo que hubiera sido la guinda del pastel. Allí de pie, frente a frente por primera vez, en aquella trajinada esquina de la calle Cava Baja me sentí un poco como la Pataki. Sin su cuerpazo, claro. Ni su cara, por supuesto. Ni su marido… que sí, que ya lo sé, ¡que he dicho «como», coño! Más bien era como la doble de la Pataki: doble de pechuga, doble de jamona y ración triple de pandero.

—Es que no llevo mi prodigiosa capa —se excusó con una voz profunda y sexy.

La burlona sonrisa le bailaba en la cara y casi caí rendida a sus pies, cuando un hoyuelo se le dibujó en la mejilla derecha. Siempre he tenido un poco de debilidad por los hoyuelos. Son muy particulares, ¿verdad? Un bujerito en medio del moflete, como un indicador de «deposite aquí su beso, gracias». La sonrisa de Romeo86 era igual que la que lucen los dibujos mangas; yo nunca había visto nada igual en la vida real, me tenía hipnotizada.

—¿No?

Nada más ingenioso acudió a mi boca, me había quedado en modo colapso mental; tal vez porque aún no había conseguido asimilar el impacto que su presencia me había provocado; o tal vez seguía deslumbrada por la profundidad de su mirada o el brillo radiante de sus dientes. ¿Había sido un efecto producto de mi atontamiento o una chispa verdadera? No era la primera vez que sufría un atontamiento, aún recuerdo el día en el que Jordi Avilés, el chico más guapo del instituto, se quedó toda una hora mirándome fijamente durante la clase de latín. Al terminar la clase me acerqué a él convencida de que quería tema y Jordi, un poco confuso por mi atrevimiento, me dijo que tenía un manchurrón de Nocilla que me abarcaba media cara, como si me hubiera comido un cagarro (palabras textuales de Jordi). Fue un poco traumático la verdad, desde entonces no he vuelto a comer Nocilla, llevo mucho cuidado con las falsas señales sexuales y oír recitar en latín me pone los pelos como escarpias.

—Me la he dejado en Asgard antes de venir.

—¿Qué? —Y dale, yo seguía idiotizada perdida.

Se rio un poco—. ¿No tienes ni idea de lo que te hablo, verdad?

Levanté las manos, sabiéndome toda una ignorante al respecto—. No mucho, la verdad. ¿Así que eres Thor? —le dije en un tono que ahora sí pretendía ser muy seductor.

El caso es que me sentía seductora aquella noche, con mi vestido verde de Bottega Veneta, que no era el más bonito de mi vestidor, pero sí el más putón putonazo, mis tacones de vértigo, mi cabello leonino a lo loco y mis morros de «bésame, tonto». Paradójicamente, todo lo acontecido en las horas anteriores me habían revivificado; mi piel brillaba cual seda salvaje (asalvajada estaba yo y el pobre chico no tenía ni puta idea); las ondas de mi cabello flotaban sensuales como una nube esponjosa, mi descaro se había multiplicado por infinito con el pasar de las horas; ya no era la Cam mojigata, no, ahora era la súper Cam, la reina de la noche, la loca del coño, me había llenado de una irresistible belleza amazónica, un aura de poderío y un power que no parecía ni mío.

—Más bien soy David, alias Thor en mis ratos libres —respondió usando el mismo tono. ¡Vaya, aquí había conexión!—. David Bravo —se presentó acercándose para besarme las mejillas—. ¿Y tú, Reina Roja, cuál es tu verdadero nombre? —dijo justo antes de plantarme tan solo un beso casi encima de la oreja.

Los besos en los orificios auditivos son lo más humillante del mundo, son como hostias en el cielo de la boca que te dejan medio lelo. Es tan humillante para el que los recibe como para el que los da (a nadie le gusta besar fábricas de cera), pero este héroe vikingo lo tenía todo perdonado desde el día que nació, su besito de la muerte cerebral era pecata minuta, y su apellido hacía verdadero honor a lo que yo estaba pensando en ese momento: ¡bravoooooo, bravooooooo!

—¿Eh? Pues… Cristina Márquez —respondí un poco aturdida por su fuerte olor a patatas fritas. Conforme lo dije, ya estaba arrepentida, ese no era mi verdadero nombre, pero es lo que tiene practicar, llevaba algo así como una media hora repitiéndome aquel nombre como si fuera un mantra y me había salido solo con abrir la boca.

—Encantado de conocerte, Cristina.

—Y yo, o sea que sí… eso… encantada de conocerte a ti también, David Bravo.

—Perdona —una mujer con un niño pequeño nos interrumpió, dándole unos golpecitos en el hombro a David—. ¿Te importaría hacerte una foto con mi hijo? Es que le encanta Thor.

David, como toda respuesta, se encogió de hombros y asintió un tanto cortado.

—¿Cómo te llamas, chavalote? —le preguntó al crío que lo miraba con los ojos abiertos por la emoción.

—Iker.

¡Ahí va, como Iker Jiménez Elizari! Y ojo al dato: sé el nombre completo de este famoso especialista en temas de lo sobrenatural, misterios, espiritismo y OVNIs. Eso, sin duda, debía ser un aviso del más allá.

—Anda, qué guay, como Iker Casillas, mi portero favorito —lo alabó David revolviéndole la cresta.

Qué vaya gusto tenía la madre, plantarle esa peineta al crío, y él tan feliz. Bendita ignorancia.

—¿Nos haces tú la foto? —La madre me pasó el móvil.

—Claro, sí, por supuesto.

Se colocaron los tres ante el objetivo: David, alto y guapo, tan fuerte, tan macizo, tan Thor; la madre a su lado no dudó en echarle la mano a la cintura aprovechando la ocasión, ¡ay, las madres!; y el niño delante de los dos sonriendo como una comadreja sin dientes, y les hice varias fotos.

—Muchas gracias. ¿Tengo que darte algo? —dijo la mujer empezando a abrir el monedero.

Él se rio ante tal comentario y a mí de repente una pensamiento escalofriante me cruzó la mente. No, por favor, algo así de friki podría aniquilar toda la existencia de mi libido por muy bueno que estuviera David.

—No, claro que no, ha sido un placer —respondió dándole otro refregón al crío en el pelo, que se fue más contento que unas pascuas dando saltitos de la mano de su madre. David me miró y se encogió de hombros—. Gajes del oficio.

—¿Trabajas en la Puerta del Sol? —le pregunté con el corazón en un puño. Tenía que saberlo. Por un momento había visionado a David uniformado de Thor practicando pressing catch con Bob Esponja y Patricio y era algo que tenía que descartar cuanto antes.

Estalló en una sonora carcajada.

—No. Qué va.

Aliviada, solté un suspiro de padre y señor mío—. Entonces ¿a qué se debe tu ropa? —le pregunté aún con mis dudas mareándome el pensamiento. Deseé con toda mi alma y corazón que su explicación tuviera cierta lógica.

—¿Es que no es de su agrado, majestad? —preguntó inclinándose cortésmente y mis ojos, que son pura lascivia, se detuvieron más de lo necesario en su bulto, tan prominente y tan bien definido por el leve tejido de las mallas, que parecía haber sido esculpido por el mismísimo Miguel Ángel. David se dio cuenta, pues sonrió golfo ante mi mal disimulado escrutinio, y voila!, de nuevo apareció ese delicioso hoyuelo.

—De haberlo sabido hubiera venido con mi disfraz de Wonder Woman. —Disfraz que no tengo y hubiera tenido que improvisar con unas maxibragas, un top de bikini y una diadema de los chinos customizada—. Esta noche hubiéramos triunfado más que una Coca-Cola en el desierto.

—Pues es una lástima, la verdad. —Y ahora fue él quien me hizo un buen repaso general—. Nada me hubiera gustado más que verte con un mono de licra pegado al cuerpo.

—Si quieres me lo pongo, mi piso no queda nada lejos de aquí —le provoqué un poco y ese delicioso hoyuelito, que ya me tenía enamorada, volvió a manifestarse.

—Pues ya que lo dices, no me importaría pasar por tu piso.

—¡Ah, vale, pues vamos! —dije con tanta celeridad, que ni me dio tiempo a pensar en el alcance de su propuesta, ya que por una parte yo no pensaba, ni de coña, quitarme el vestido que me había puesto para la no cita. Lo mío me había costado ajustar las cintas del empestillado corsé; es posible que hubiese cogido algunos kilillos desde su adquisición, cinco o seis, qui lo ça, pero es lo que tiene acomodarse. Uno se acomoda y pierde los buenos hábitos: comer verduras e ir al gym pasan a un segundo plano cuando uno se compromete en serio. Y, por otra parte, estaba el hecho de que invitar a un desconocido a tu casa cinco minutos después de haberlo conocido puede suponer un acto un tanto peligroso. Pese a ello, nada hice por evitarlo, tal vez porque no encontré las palabras para negarme o simplemente porque no quería hacerlo; me dejé llevar por una vez en la vida. Si tenía que ser descuartizada, al menos, que fuera a manos de un tío bueno y no de un espécimen a lo Bardem hormonado, pues eso último culminaría mi crónica diaria de catástrofes, entrando por la puerta grande en el libro de los récords sin jurado.

—Espera un momento… —Me retuvo del brazo—, voy a por mi macuto. He aparcado aquí mismo —dijo señalando el final de la calle.

—Está bien, te acompaño.

Estaba bastante intrigada por su deseo de ir a mi piso; igual la idea era un poco arriesgada, aún no lo conocía más allá de su evidente atractivo. Pero si mi querida abuela psicótica no me había mandado señales de que pudiera ser un depravado o un asesino, podría correr el riesgo. O pensándolo bien, mi querida abuelita nunca había sido bicho de fiar, de ahí mi supuesta intolerancia al gluten de sus galletas caseras; lo más probable es que desease para mí una muerte prematura para seguir puteándome en el más allá. Yo sería la ama de llaves de la mansión de los señores Satanás, y mi abuela me ordenaría tareas tediosas y agotadoras vestida con boas de colores y profiriendo carcajadas maquiavélicas. #prayforbibi.

Me cedió el paso y, al hacerlo, acomodó su mano por detrás de mi cintura, apenas sí me rozaba, no era un gesto dominante sino más bien un acto galante para conducirme con él, pero sentí una deliciosa sensación recorriéndome la zona.

—Vengo de una fiesta de cumpleaños, la de mi sobrino; cinco ha hecho el enano —se explicó mientras andábamos uno junto al otro—. Y es un gran fan de Thor, así que… —chasqueó la lengua—… no pude negarme.

Por el tono de su voz supe que adoraba a ese mocoso. ¿En serio? ¿Se había disfrazado así solo por contentar a su sobrinito? Casi me lo comí con los ojos, buscando su martillo… Me encantan los hombres sensibles, cariñosos con los niños. Esta era, sin duda, la señal que estaba esperando; un tío así no podía ser un pirado amante del cine gore.

—Vaya, y yo pensando que era tu forma habitual de vestir. Entonces… ¿no quieres que me ponga a tu altura y saque mi disfraz de heroína del siglo XXI? —Me detuve para abrirme un poco el abrigo y pudiera admirar mi vestido.

Abrió los ojos, impresionado, lo sé, tengo unas tetas impresionantes, son grandes y redondas, como balones de reglamento, y aquel corsé modernizado de fulana del siglo XVIII no dejaba mucho lugar a la imaginación.

—Lo cierto es que me gusta mucho como vas. Estás muy guapa. Nunca hubiera imaginado que una mujer pudiera ganar tanto sin maquillaje. —Me lanzó una sonrisa burlona.

Me eché a reír. La foto que había elegido para la web de EmparéjaMe era bastante enigmática. No era ni de lejos la mejor de mi lista de selfies, que contaba fácilmente con más de mil, pero mi intención había sido no desvelar mucho sobre mi persona. Pertenecía a mi álbum de Facebook del carnaval de 2011, cuando decidí disfrazarme de la Reina Roja y era bastante improbable reconocerme bajo aquel kilogramaje de maquillaje blanco. Me pareció divertido colocarla en mi perfil para darme un sintomático misterio y además combinaba a la perfección con mi nick.

—¿En serio? Pues normalmente me dicen todo lo contrario: que gano mucho maquillada.

—Eso es porque no saben mirarte.

—Y tú sí sabes, ¿verdad?

—Por supuesto, tengo rayos X.

—¿En serio? —desconfié siguiéndole la broma—, creía que ese poder era de Superman. ¿Te estás quedando conmigo?

—Me has pillado —me guiñó un ojo—, no sé qué poderes tiene Thor, aparte de volar y la fuerza de su martillo.

—¿Y es muy grande tu martillo? —¡Mierda! ¿Lo había dicho? ¿Lo había dicho en voz alta, verdad que sí? Síiiii… Y no solo eso, además lo había soltado con mi voz de supergolfa, la que solo uso en mis sesiones mensuales de sexo tántrico. Lo miré de reojo y él lo había captado, por supuesto que sí, y hasta parecía estar pensándose una respuesta. Con la rapidez de un puma le tapé la boca con mis manos antes de que dijera nada—. No hace falta que respondas a eso. Soy una idiota por preguntar semejante cosa.

Y se produjo «un instante» cuando nuestros ojos se encontraron. Apenas un roce de pupilas; nada apreciable para cualquiera fuera de nuestro pequeño círculo de dos. Cataclismo existencial. Y me explico: hay «instantes» e «instantes». Los «instantes» es cualquier espacio de tiempo nimio que sucede en tu vida sin ninguna trascendencia, uno más de millones de millones, mientras que un «instante» es una milésima  de segundo en la que se produce un algo que cambiará el resto de tu existencia. Fue fugaz, casi imperceptible, un beso minúsculo pero profundo con las miradas de apenas una fracción de segundo. Casi se me derriten las bragas y se me pegan a la piel como la cera caliente de depilar en ese «instante».

David se mantuvo callado durante unos segundos, cuando volvió a hablar sonó decepcionado:

—¿Por qué? ¿Es que no quieres saberlo?

—Sí… —¡Mierda!—, ¡no! Bueno… sí.

Y se rio. Se rio con ganas. Fue una carcajada prolongada que le iba de la cabeza a los pies de un modo sumamente contagioso. Y yo adoré esa carcajada al momento: una dulce y penetrante risa de loco capaz de conquistar a la más siesa. Hay que ver lo que se reía, pero qué bien le quedaba. No podía parar de reír, al poco reía yo también contagiada por su risa.

—Es que me lo has puesto a huevo —dije cuando dejamos de reír.

—Sí, los huevos suelen estar justo detrás del martillo —dijo guiñándome de nuevo el ojo.

—Eso me han contado —me hice la inocente.

—Aquí está. —Señaló con la mano una furgoneta azul Volkswagen T2.

No entiendo mucho de furgonetas, no sabría diferenciar casi ningún modelo, pero da la casualidad de que perdí mi virginidad en el asiento trasero de una Volkswagen T2 Camper del 80. Un hecho bastante traumático, que marcó un antes y un después en mi vida sexual, al equivocarse el afortunado desvirgador de agujero a penetrar. Que te enchufen a toda mecha un palo de carne por el ano sin anestesia es equivalente a sentir un cohete incandescente entrar por tu intestino grueso. Llegué a casa con la cara descompuesta y unos andares de tullido en rehabilitación que hicieron clamar al cielo a mi madre, una señora que todo lo arregla con sopa de cebolla e ibuprofeno, remedios que no hicieron más que empeorar el estado de mi magullado culo, cuando la sopa y el medicamento fermentaron en mi estómago produciéndome una diarrea de concurso que me mantuvo pegada al váter casi una semana.

David sacó una bolsa de deporte del asiento del copiloto y se la colgó al hombro.

—¿Ahí es dónde guardas tu capa prodigiosa? —pregunté, señalándosela.

—No, aquí llevo mi ropa de humano cuando no estoy de servicio.

—Pensaba que la llevarías debajo del equipaje de superhéroe.

—Pensabas mal. —Me sonrió deslizando sus ojos por mi cara—. ¿No te importa que me cambie en tu piso, verdad? Es que no me ha dado tiempo a hacerlo antes de venir y no quería llegar tarde a nuestra primera cita.

¿Primera? Si decía primera, es porque de algún modo David ya se estaba planteando al menos una segunda cita y a su vez estaba dando por hecho que yo también.

—Venga, va, seguro que lo has hecho por impresionarme —le piqué un poco.

—Puede. ¿Lo he conseguido?

—Creo que sí. Nunca nadie me había causado tanta impresión a primera vista —le reconocí.

—¿Eso es bueno?

—Sí, lo es.

—Pensaba que si venía disfrazado iríamos a juego, pero tú no has traído tu traje de Reina Roja —dijo aparentando una gran contrariedad; me reí—. ¿Por qué pusiste esa foto en el perfil de EmparéjaMe?

—No tenía otra mejor —mentí—, soy muy poco fotogénica. —Asintió pensativo—. ¿Qué?

—Fue el detalle que me hizo aceptar tu proposición.

—¿De verdad?

—Sí. Da la casualidad que Alicia en el país de la maravillas era el libro que casi siempre me leía mi madre cuando era pequeño. Tengo debilidad por la Reina de Corazones, siempre he pensado que era un alma incomprendida.

—Claro —convine—, ella solo quería cortar cabezas porque la gente que habitaba el país era más fea que los juanetes de los  pies de Falete. Yo hubiera hecho lo mismo de estar en su lugar.

—¡Exacto! Creo que siempre estuve enamorado en secreto de ella.

—Pues no entiendo por qué, era un cardo borriquero con la cabeza gorda como un conejo con mixomatosis.

—No, por supuesto que no lo era. Eso lo dices porque en tu mente está la imagen de la película de Disney, pero ella no era así —la defendió con tono ofendido.

Estaba muy guapo cuando se ofendía. Así que decidí seguir picándolo por un rato:

—Pero esa cabeza hidrocefálica tira para atrás a la mismísima Peppa Pig y su cara de secador de viaje. No creo que con semejante cabeza pudiera ser hermosa.

—Para mí sí lo era —dijo un poco nostálgico.

—Eres un poco raro, David. Espero que el tamaño de mi cabeza no te haya decepcionado.

—No te digo que no sea un poco raro —me sonrió— y tu cabeza no me decepciona, es mucho más interesante de lo que podría haber imaginado, aunque mirándote bien… —se hizo hacia atrás para tomar perspectiva de topógrafo—… creo que sí eres un poco cabezona.

La madre que lo parió; me acababa de llamar cabezona en mi propia cara. Bueno, un poco cabezona sí que soy, porque yo todo lo que me propongo lo consigo, cueste lo que cueste. Y como no era plan de sacar mi lado gremlin tan pronto, se lo perdoné y le sonreí, pero solo porque era nuestra primera cita, porque estaba como un queso, porque ese hoyuelo me estaba poniendo frenética y porque iba vestido como Thor y era aconsejable ser amable con el señor superhéroe, no fuera que me noqueara con el martillo; aunque bien pensado, si me quería noquear de la manera que yo tenía en mente, le hubiera dejado que me diera todos los martillazos que hubiese querido hasta empotrarme contra la pared.

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