¿Viernes o te vas?, Libros

¿Viernes o te vas? Capítulo 5

 

El ladrón de besos

En esas estaba yo, riéndome como una imbécil para disimular que el tío sexy me tenía con el puturrú de foi a punto de efervescencia, cuando me puso el índice sobre los labios y me obligó a parar. A ver… No me obligó en realidad, pero me pareció un gesto tan sexy que se me olvidó hasta de cómo reír.

—Te voy a robar esa risa tan bonita que tienes —dijo, sonriéndome mientras me observaba la boca.

—¿Y cómo lo piensas hacer?

—Del mismo modo que pienso robarte el apellido. —Su dedo trazó la forma de mi boca y se fue deslizando despacito hacia mi barbilla, produciéndome cosquillitas mucho más allá de la zona tentada.

—Pues hazlo. —Me sentía pletórica, embriagada y drogada de sex-appeal.

Dejó escapar un suspiro y se mordió el labio midiéndome con los ojitos antes de inclinarse hacia delante, mmmm, destino: mi boca.

Y, ¡joder!, casi me parte un diente. No fue culpa suya, pobrecito, sino del idiota que estaba a mis espaldas que no encontró mejor momento para empujarme y esclafarme, destino: su barbilla.

Lo que debía haber sido un encuentro a mitad de camino, suave, denso, lento, sensual… y todas esas sensaciones que te ponen el chuminator a tres mil revoluciones por segundo, se convirtió en un estallido de mi dentadura contra su mandíbula. Quedándome, además, clavada a ella como un castor.

Jofer, qué faño —protesté, batiéndome en retirada tapándome la boca con la mano y con los dientes modo piraña como la mujer de Iker Jiménez.

—Joder, qué daño —se quejó él también haciendo los mismos movimientos pero masajeándose la barbilla, que por cierto era divina, con hoyuelito sexy incluido, y ahora, además, con una marca plus de mis incisivos como si se la  hubiera autograpado.

—El idiota este me ha empujado. —Señalé detrás de mí al tío en cuestión, que no había tenido el detalle de disculparse.

—¿Estás bien? —Acortó las distancias, envolviéndome las mejillas con las manos y un estremecimiento me recorrió las partes bajas.

—Me he mordido aquí. —Deslicé la lengua por mi labio inferior y saboreé el sabor salado de mi propia sangre.

—Tienes una herida pequeña —dijo, estudiándomela con pericia mientras yo aprovechaba para olerle el pelo.

Olía de puta madre, no hacía mucho que se había duchado y aún conservaba el aroma de un champú afrutado. En concreto, olía tanto a fresas que daban unas ganas bárbaras de pasarle la lengua por todo el cabello y quitarle la gomina, porque llevaba gomina en cantidades industriales para peinar con habilidad todos los caracolitos que coronaban su cabeza—. ¿Quieres hielo?

—Sí, por favor.

Sin pensárselo mucho, metió la mano en mi copa y sacó un cubito de hielo y me lo colocó sobre el labio, sujetándolo por un rato, mientras sus ojos me observaban.

—¿Mejor?

—Sí.

—No es nada.

—Lo sé.

—Vaya, lo siento.

—No tienes por qué disculparte, no ha sido culpa tuya.

—Lo decía por el beso, nos lo ha jodido.

—Eso sí —me lamenté, pues ese idiota no solo me había robado la oportunidad de besarme con el tío sexy en aquel momento, sino que también me había enviado una señal nítida y brillante como la luz del astro rey.

El tío sexy no era mi def y yo tenía una misión astral esa noche. Mi sino y el de mi def estaban conectados por un hilo invisible y tenía que hacer todo el ritual para dar con él. Esa era mi misión y no la de perder el tiempo con un posible presunto por muy bueno que estuviera y mucho menos ir clavando mis paletas a toda barbilla que se me pusiera por delante.

Por cierto, ¿qué hora era?

Miré mi reloj, y era casi la una. La una. La una. ¿La puta una? Casi me da un síncope. Estaba condenada al fracaso amoroso. Mi madre me lo había explicado requetebién: saltar tres olas, quemar mis deseos en la hoguera, tirar una fruta y unas flores al mar en la hora mágica. De pronto me entró una prisa tremendísima.

—Tengo que irme.

—¿Ahora? —Me miró extrañado — ¿Acaso te convertirás en calabaza cuando den la una?

—Sí, tengo que ir a la playa —me limité a responderle sin mirar a atrás, acelerando los pies en dirección al lugar donde había perdido de vista a Patricia por última vez antes de salir a fumar a la puerta.

—¿Vas a volver? —Venía pisándome los talones.

—No lo sé.

—Pero espera, ¿por qué tienes que ir? ¿Has quedado con alguien? ¿Eres algún tipo de anfibio? —Me retuvo por el codo, riendo con su última ocurrencia.

—He quedado con mi destino —dije, buscando a mi amiga con la cabeza en modo aspersor. Maldita sea, no la veía por ningún lado, de hecho veía doble.

—¿En serio?

—Y tanto. Tengo una misión que cumplir y necesito encontrar a mi amiga. ¿Dónde mierdas se ha metido? —pregunté mirando a mi alrededor desesperada, mientras todo me daba vueltas.

—¿Cómo es?

—Rubia, pelo largo, como yo de alta…

—¿No tienes ninguna foto?

—Sí, en mi móvil.

—¿Y tu móvil?

—Lo tiene ella, junto con mi bolso. ¡Tengo que encontrarla! Si me doy prisa todavía llego a tiempo.

—¿A tiempo de qué?

—De hacer mi ritual amoroso.

—¿Crees en esas cosas? —Dibujó una mueca burlona.

—¿Cómo no? —Volteé los ojos, un poco molesta. Si él fuera yo, habría mamado esas cosas desde la cuna y no las pondría en duda tan a la ligera, pero yo estaba bastante acostumbrada a este tipo de reacción de la gente escéptica y no se lo tenía demasiado en cuenta. Si les contaba que mi madre era pitonisa profesional ya flipaban unicornios.

—Puedo ayudarte.

—¿Sí, cómo?

—Tengo una moto en la puerta y puedo llevarte a la playa y hacer tus rituales.

—Pero no tengo mis objetos mágicos.

—¿Y qué necesitas?

—Pues una flor, una fruta y un papel para escribir mis deseos.

—Ven conmigo. —Me agarró de la mano y me llevó hasta la barra.

Habló con Curro unos breves segundos y el camarero se marchó y volvió al poco, dejando dos limones sobre la barra, un bloc de notas y un boli. El tío sexi aprovechó el momento para pagar las bebidas de antes, aunque no hacía falta; Curro me fiaba y sabía que volvería pronto. Siempre volvía, como Terminator.

Miré al tío sexy emocionada, me iba a salvar la noche, y él me sonrió.

—Los limones son fruta. ¿Te valen?

—Sí, claro que me valen, con uno me sobra.

—El otro es para mí, ya que voy, también tengo derecho a pedir mis deseos —dijo, cogiendo el boli y escribiendo algo en el bloc, luego arrancó la hoja y se la guardó en el bolsillo del vaquero antes de pasarme el boli.

Escribí mis deseos y arranqué la hoja.

—Ya estamos listos, vamos. —Me cogió la mano y de nuevo me llevó hasta la puerta atravesando la marabunta de gente que colapsaba la entrada—. Esa es. —Me señaló una moto molona aparcada en la acera de enfrente.

—Faltan las flores —le alerté mientras examinaba su moto, no tenía claro si sería capaz de mantener el equilibrio una vez montada.

—No importa, donde vamos hay unos jardines que pillan de paso —dijo—, lo único, que no llevo casco para ti.

Me rasqué la cabeza.

—Podemos ir corriendo. Aún quedan —consulté el reloj— cinco minutos para la una. Yo corro rápido —dije, pero tampoco tenía muy claro si sería capaz de correr.

—No llegaremos. ¿Tiene que ser mientras sean las doce?

—Sí, de hecho, debería haberlo hecho a las doce en punto, pero ya que no he podido porque tú me has entretenido, creo que puede ser igualmente eficaz mientras sea en esa hora.

—Ya, está claro, pero, mira, si lo piensas bien, en muchos sitios del mundo todavía no son ni las doce. Si estuviéramos en Canarias estaríamos a tiempo.

—Pero no lo estamos —aprecié.

—No, pero podríamos imaginar que lo estamos y entonces sería igualmente válido, ¿no crees?

Ladeé la cabeza y lo miré pensativa.

—Está bien, pero vamos corriendo, debe haber mucha poli en la playa hoy controlando, y si nos pillan sin casco nos multarían.

—Pues vamos—. Me agarró de nuevo de la mano y arrancó a correr.

Nina

 

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¿ Viernes o te vas? Capítulo 3

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korsakodd

Estaba a punto de engrescarme con mi amiga, cuando Jerson se levantó de la cama. Tal cual, con sus carnes fofas y velluditas al aire, y emitió un aullido agudo enseñándonos los pelos de los sobacos como dos chuminos lacios. Ambas nos quedamos mirándolo, yo, extrañada, Patricia, preocupada, mientras volvía a posar sus posaderas desnudas en mi colchón (nota mental: lavado urgente a noventa grados de las sábanas o quema directa con soplete).

—¿Estás bien, Jerson? —Patricia se le acercó.

—Tengo un dolor en la espalda brutal.

—Eso es por la contusión —dijo Patricia y yo la miré sin comprender nada—. Deja que te mire. —Se inclinó sobre él adoptando un aire profesional—. Túmbate boca abajo.

Desde mi posición vi ahora que tenía un hematoma gigantesco a la altura de las dorsales y me asusté un poco.

—¿Y esto? —Miré a Patricia que le estaba inspeccionando la zona con la mano, preguntándole «Te duele aquí… y aquí… y aquí…», vamos, lo típico que hacen los médicos al hacer el peritaje.

—Se lo hizo anoche —me respondió.

—Pero ¿cómo?

Bueh poh bu vulva —intervino Jerson con la boca hundida en mi almohada.

—¿¡Mi qué!? —grité. Ay, ay, Dios, ay Dios mío, pero ¿qué le había hecho mi vulva a este pobre hombre?

Patricia asintió con la cabeza y yo me la quedé mirando alucinando, pero ¿qué mierdas había pasado anoche? Tenía que saberlo o me iba a dar un patús de los gordos en cero coma.

—Sí, tuya, ya te dije que llevarme en peso sobre una mesa de plástico representando el Ecce Hommo no era buena idea —reiteró el velludo separando su boca de la almohada, antes de gritar como una niña cuando Patricia tocó con poco tacto una zona especialmente amoratada. Aquello me dolió hasta mí y a la vez sentí un inmenso alivio al conocer el dato que no había sido mi vulva quien le había agredido.

—Estás bien. Solo es una contusión —emitió su diagnóstico la señora médica, sentándose en el borde del colchón y dándole unas palmaditas amistosas en el trasero—. Tómate un analgésico cada ocho horas durante un par de días si te sigue doliendo y en pocos días el dolor remitirá y el cardenal desaparecerá.

—¿Dónde está el váter? —preguntó Jerson saltando de la cama con una agilidad pasmosa, tanto por su peso como por su espalda lastimada.

—En el pasillito. —Le señalé la puerta, cubriéndome los ojos con la mano. Aquel ser en movimiento no era plato de buen gusto.

—Ahora nos vemos, chicas. —Nos hizo un guiño desde la puerta antes de salir.

¿Qué le había hecho yo a ese pobre muchacho poco agraciado? Yo solo era una jovenzuela alocada de veintiséis años acompañada en sus andanzas por una doctora de treinta con síndrome de Peter Pan. Creía que ella tendría la suficiente cordura para no dejarme agredir seres humanos presa de la euforia; estaba claro que me equivocaba.

—¿Qué le hice a ese chico? Ese golpe parece importante.

—Ay, amiga, anoche hiciste taaaantas cosas. —Se echó a reír con la cabeza echada hacia atrás y me dieron ganas de morderle la yugular.

—¿Y para qué me dejas, tú eres la mayor de las dos?

—Perdona, ¿acaso soy tu madre? Además solo tengo treinta años y de todos es sabido que son los nuevos veinte.

—¿Y entonces mis veintiséis son los nuevos dieciséis?

—Dado tu comportamiento, sí.

—Y eso lo dice la doctora en paños menores y despeluchada delante de tres desconocidos.

—No son desconocidos, además, te recuerdo que estamos todos aquí invitados por ti. —Me dio unos golpes con su dedo índice en el hombro.

—¡Auuuuhhhh! Me duele donde me has tocado.

—Normal, eso es lo que pasa cuando se hace una lucha de barro pero sin barro y luego te dedicas a hacer el pino sin parar.

—Pero ¿¡qué dices!? —Estaba claro que Patricia se lo estaba inventando todo para gastarme una de sus bromas, pesada por otro lado, pero una broma.

—Hiciste de costalera, por eso te duele, mema, casi te dislocas el hombro.

Vale, no hubo pelea de barro ni pinos, pero el tema de esa procesión aún me pinchaba en el cerebro.

—Mira de verdad que estoy flipando, no sé qué pasó anoche. ¿Sabes que no hice el ritual que me indicó mi madre? ¿Sabes que no conoceré al hombre de mi vida mientras dure el influjo de la luna de San Juan? Mi madre se va a sentir muy decepcionada porque creerá que no ha acertado en su predicción y yo no puedo decirle que es porque yo no hice el ritual que me preescribió. —Me senté a su lado y me tapé la cara con las dos manos.

Puedo pecar de exagerada, pero si no tienes una madre bruja no sabes lo que es enfrentarse a su mirada pérfida y a su enfado.

—¿Y quién ha dicho que no lo has conocido? Menuda nochecita nos diste con el tema. Además, sabes que yo no creo en esas chorradas, van en contra de mis creencias, y la que prescribe cosas soy yo, no tu madre.

—¿No estarás insinuando que ese tal Jerson es mi def? —Me mostré ofendidísima.

—Yo no insinúo nada, ¿no hueles a café? Creo que los chicos ya lo han preparado, vayamos con ellos, lo necesitas.

Yo lo que necesitaba era una chica por horas que recuperara el estado normal de mi casa y que todos los ocupas se largaran pronto para poner mi mente al día. Pero Patricia me arrastró al saloncito tirando de mi brazo con peligro de dislocármelo más de lo que ya estaba.

—Hola de nuevo, chicas, ¿estás mejor, Candy? —Pablo me sonrió, ya vestido, conforme nos vio entrar y el pantalón vaquero que lucía le sentaba muy bien.

—Pero ¿por qué mierdas me llaman todos «Candy»? —Miré a mi amiga, perpleja, esperando una respuesta lógica a algo por una vez en toda la mañana.

—No seas ansiosa, te he prometido que te contaré todo lo que sucedió anoche y, créeme, fue memorable. —Arqueó las cejas maliciosamente y yo le hice un mohín y me dejé caer como una piltrafa en el sofá. Necesitaba ese café y un par de ibuprofenos.

—¿En serio, alguien sabe dónde está Víctor? —preguntó Raúl, el simpático-listo, sirviendo unas tostadas con mi delantal de volantes como si él fuera el anfitrión y yo la invitada.

—¿Se puede saber qué haces? —le dije molesta, apreciando lo bien que le quedaba.

—Servir el desayuno. —Se me quedó mirando sorprendido por mi agrio carácter matutino—. Estás muy rara esta mañana.

—¿Que yo estoy rara? No sé si te habrás dado cuenta pero amanecer de resaca con la casa llena de desconocidos no es plato de buen gusto, y mucho menos que actúen como si esto fuera la casa de Gran Hermano (con edredoning inclusive).

—No somos desconocidos, Candy, las vivencias unen mucho a la gente, y nosotros hemos vivido muchas aventuras juntos en un corto periodo de tiempo, lo que equivale a dos o tres años de amistad. Y no lo digo yo, lo dice Punset —me argumentó Raúl en modo pretencioso on, sirviéndome una taza de café, más concretamente, mi taza de gatitos.

—Me da igual lo que diga ese señor de pelos encrespados adicto al pan de molde. En cuanto vuestro amigo salga del baño, os largáis. —No quise pensar mucho en qué estaría haciendo Jerson allí metido tanto tiempo, porque la situación en general me sobrepodía en todos los modos posibles.

—Hasta que no aparezca Víctor, de aquí no nos movemos. —Raúl puso las manos en jarras aún con el delantal puesto.

—Pues llamaré a la policía.

—Eso deberíamos haber hecho nosotros cuando intentaste matar a Jerson haciendo bailar al santo, igual le has hecho algo a Víctor también, no eres muy de fiar, Candy… —Estrechó los ojos y me señaló como en la peli esa en la que los alienígenas se meten dentro de los humanos y una vez poseídos señalan a los que no lo están con el brazo extendido en plan ultraje total (no sé si me explico).

—Y si no soy de fiar, ¿qué mierdas hacéis en mi casa? —Eso ya era el colmo de los colmos, insinuar que yo era una especie de psicópata de gordos y peludos.

—Haya paz —habló por fin la voz de la cordura médica—, Candela, no te impacientes y, chicos, estoy completamente segura de que Víctor está perfectamente y que Candela no le ha hecho nada de nada… todavía. —Patricia me miró con los ojos lánguidos insinuando que yo podría hacerle algún tipo de favor al tal Víctor.

—Oh, por favor… —Cogí mi taza y me bebí aquel café que sorprendentemente sabía mejor que el que solía prepararme yo.

Jerson apareció en el salón recién duchado y con mi albornoz fucsia cubriéndole a duras penas el cuerpo y dejando al aire todo su pecho lobo y media churra fimósica.

—¿Qué haces con mi albornoz? Que hayas dormido en mi cama no te da derecho a apoderarte de todas mis cosas.

—¡No había toallas! ¿¡Qué querías que hiciera!? —gritó Jerson tocándose la riñonada, claramente para hacerme sentir culpable y que le perdonara que llevase puesto mi albornoz.

—No seas trolero, Jerson, dile a Candy la verdad sobre tú y los albornoces —comentó Pablo entre risas escupiendo sobre mi suelo trocitos de tostada a medio masticar.

—¡Cállate, Pablo! —le reprendió Jerson con las mejillas al rojo vivo.

—Tiene una especie de filia rara con los albornoces, siempre va por casa con él puesto, el suyo obviamente, de su talla. —Pablo dio el dato guiñándome un ojo y tragando tostadas como si no hubiera un mañana.

—Pues sintiéndolo mucho, he de pedirte que te pongas tu ropa, esta no es tu casa y ese no es tu albornoz. Ahora tendré que llevarlo al tinte a que lo desinfecten —refunfuñé ante tal osadía.

—No tengo la peste, tía, ayer eras más guay.

—Ayer era ayer y hoy es hoy.

—Gran reflexión, ¿te ha costado mucho llegar a ella? —Jerson y yo nos estábamos batiendo en un duelo dialéctico que se estaba subiendo de tono.

—Venga, calmaos. Jerson, ponte tu ropa y ven a desayunar. Candy tiene derecho a saber toda la verdad sobre lo que pasó anoche. Es vital para revertir los efectos del síndrome de Korsakoff. —De nuevo Patricia tuvo la decencia de dejar su móvil y organizar aquella terapia que me devolvería la cordura que había perdido desde que abrí los ojos esta mañana.

—¿Qué es eso del síndrome Korsakoff? —Pablo tomó asiento a mi lado del sofá con una tostada en la mano y una taza (la de Tip, cuyo poder me había costado un par de uñas en el Primark) en la otra.

—Yo lo sé —intervino Raúl, sentándose a la mesa junto a Patricia que estaba sirviéndose otra taza—. Salió en un capítulo de House.

Patricia le dio paso a que diera la explicación con un movimiento de mano de profesora antigua.

—A ver, ilústranos —dije yo, sin ganas, dándole otro sorbo al café.

—Vale, eres alcohólica y como tal, cuando bebes, no puedes controlar la cantidad de alcohol que ingieres. Necesitas tomar más alcohol cada vez para conseguir el mismo efecto que antes. Y es ahí donde aparecen los síntomas de abstinencia cuando se detiene el consumo de alcohol. Te sientes enferma, con sudoración, temblores, ansiedad y amnesias…

—Yo no soy alcohólica y no tengo sudoraciones ni temblores, ¿entiendes, friquibundo? —gruñí entredientes cortándole aquella absurda perorata.

—No lo es —corroboró mi amigastra—. Solo que ayer bebió más de la cuenta y los cigarritos de Víctor le afectaron bastante los sentidos.

—Y tanto. —Se rió Raúl.

—Pero ¿qué coño haces todavía con mi albornoz? —Increpé a velludo-man, viéndole irrumpir de nuevo en el saloncito con él puesto. Las sisas estaban a punto de reventar y aquello me enervó un poquito más de lo que ya estaba.

—Es que mis pantalones están inservibles, si no me los hubieras roto anoche —repuso lanzándome una sonrisa maliciosa.

Dios mío, no. Dios mío, no. Dime que yo no le arranqué la ropa a lo Hulk a ese chico en un ataque de pasión salvaje antes de ventilármelo.

—Me encantaría saber cómo hice tal cosa, a veces no puedo ni arrancar las etiquetas de la ropa con la mano.

—Pues, Candy, ahora mismo te lo cuento —dijo sentándose a mi otro lado en el sofá con una sonrisa picarona intentando taparse mejor la colita.

—¿Y por qué me llamáis «Candy» todos?

—Tú lo querías así.

—¿Yo? —Miré a Patricia con ganas de echarme a llorar.

—Sí, tú —respondieron todos los presentes a la vez.

—A ver, Candela, sé que odias que te llamen así —dijo Patricia mirándome fijamente y yo asentí con aplomo—, pero ayer, querida Wonder Woman, decidiste cambiar tu nombre por Candy.

—No parabas de pedir esa canción y de cantarla todo el tiempo —apuntó Raúl.

—¿La de Candy de Robbie Williams? —Esa canción me gustaba bastante.

—No, la de Candy de Iggy Pop —me replicó Jerson.

—¿Y por qué hacía tal cosa? —dije extrañada, no sabía ni qué canción era esa ni quién era ese Iggy Pop. ¿Era algún higo popero?

—La oíste en el You Rock y dijiste que era tu canción favorita en el mundo mundial, palabras textuales tuyas —respondió Pablo dándome un suave codazo.

—Necesito dos ibuprofenos o tres —bufé, llevándome la mano a los ojos.

—Yo los traigo —Jerson se mostró, solícito, lanzándome una mirada sensual. No, por favor. Dime que no. Dime que no.

—Están en el armario del baño, el del espejo —le informé apartando la mirada de su pecho de lobo. No por favor. Dime que no. Dime que no.

—Lo sé, te he registrado ese armario antes.

—¿Y por qué has hecho eso? —Lo miré alucinando.

—Estaba buscando bigudíes, pero no tienes. —Se mostró triste.

—¿Y para qué quieres unos rulos tú? —Patricia se interesó por ese detalle. Menos mal, aún habían cosas que conseguían sorprenderla.

—Pues para peinarme, ¿para qué va a ser? —Puso los ojos en blanco y se puso en pie.

—Anda, Jerson, tráete la caja, yo también voy a tomarme uno —dijo el abraza-cojines

—Y yo. —Pablo levantó la mano.

Lo miré y me sonrió. Era muy mono y qué ojitos más bonitos en esa bonita cara. Le sonreí.

—¿Así que yo pedía esa canción? —dije, preguntándome por qué mierdas no lo había elegido a él en lugar de a Jerson. Era increíble, inconcebible y, sobre todo, alucinante, pero de alucinógeno, ¿qué mierdas tenían esos cigarros especiales?

—Sí, te conocimos siendo Candela, pero tras escuchar la canción en el You Rock dijiste que te ibas a rebautizar como Candy, y eso hicimos.

—¿El qué hicimos? —dije con recelo.

—Rebautizarte. Yo fui tu padrino y Patricia la madrina.

—¿Y quién hizo de cura? —pregunté empezando a hacerme gracia todo aquel asunto.

—Yo mismo. —Raúl se golpeó el pecho.

—Y los demás fueron invitados de honor —comentó Pablo.

—Vaya, ¿al menos lo haríamos en la playa?

—No, fue bastante mejor que eso.

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¿Viernes o te vas?

¿VIERNES O TE VAS?

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Sinopsis:

Seamos serios y pongámonos en situación. Imagínate que un buen sábado te levantas de la cama con un resacón en las venas brutal y que unos seres friquibundos, que no conoces de nada, han invadido tu espacio vital y están dilapidando tus últimas reservas de ibuprofeno. Además, la que dice ser tu amiga, te diagnostica el síndrome de Korsakoff, y se queda tan pancha. A ver, veamos… ¿a ver si va a ser verdad?, porque tú, lo de ayer como que no lo recuerdas mucho, ¿verdad? Por lo visto, alguien perdió la brújula al completo y todas las sospechas apuntan directamente hacia ti.

¿Viernes o te vas, Candela? Me fui, de hecho, perdí hasta el nombre; ahora dicen todos que me llamo Candy y no sé por qué, pero ¿qué paso anoche?

 

capítulo 1

Tengo una suerte bárbara, más que bárbara es brutal. Tengo la suerte de levantarme con una pila de petaca enchufada al culo, con ganas de comerme el mundo y sonreír como el Joker a la vida, soy la viva imagen de los empalagosos eslóganes de Mister Wonderful. Ya, lo sé, doy un poco de ascazo, pero así soy yo y esa es mi gran suerte.

Me despierto cada día a las ocho, gracias a un reloj biológico que habita en mi cabecita puntual como un novio feo, me levanto ligerita de la cama y tranquilamente me ducho, me peino, me maquillo y con esas ya tengo la sonrisa tirándome de los carrillos mientras desayuno en mi cocinita con la mirada clavada en el cielo azul, porque puedo verlo desde la diminuta ventana de mi cocinita y porque, además, tengo la  suerte de que aquí donde vivo casi siempre es de ese color (aunque, pensándolo bien, en ninguna parte del mundo puede ser de otro color, pero a buen entendedor, pocas palabras bastan, sé lo que me digo, vale). Me fumo mi primer cigarrito (sí, soy de esas repudiadas sociales que fuman porque les gusta disfrutar de un buen cigarrito mañanero, esos que te regulan el colon y te vacían que da gusto,  y a cualquier hora del día, a decir verdad, me va bien, para qué voy a mentir), a la vez que repaso mentalmente mi agenda diaria y reviso mis apps sociales en la tablet. No es una tablet, en realidad, es un móvil grande, tamaño Jumbo. Entre semana suelo currar en la Clínica Bruselas de nueve a dos y de cuatro a siete y, cuando salgo, hago pilates, danza del vientre, running o nonadas. Esto último me encanta. Por las noches y los findes salgo con mis amigos de tardeo, nocheo y postureo, eo, eo, eo (me va el jolgorio, es evidente) y si se tercia hasta me echo un ligue puntual (también me va el folleteo, venga, lo confieso aquí y ahora). Actualmente no tengo pareja ni folla-amigo ni nada que se le parezca, pero no es algo que me preocupe porque sé que mi def está al caer. Sé que un día al girar la esquina del mañana conoceré a la persona que me pondrá el salva-slip de revés con solo guiñarme el ojo. ¿Que por qué lo sé? A parte de enfermera de día, aficionada al pilates y al belly-dance, a fumar una media de diez cigarrillos diarios y golfanta de noche, soy superfán de la astrología y las mancias. Es un defecto congénito, lo sé.

Seguro que has escuchado esta palabra en más de una ocasión e incluso te pueda parecer cosas de loca, pero lo mío es más bien de serie. Mi madre, Susana Castaños, más conocida en la región como La Luceros, es pitonisa profesional y a ella acuden en escuadrón, desde que tengo uso de razón, personas de lo más variopinto para recibir consejo sobre las decisiones importantes que tienen que tomar en sus vidas, incluidas memeces tales como el color de pelo que deben llevar a la boda de su hija frente a un conjuro místico en el que mi madre les arranca pelos de ceja y los quema para finalmente decir «rubio ceniza». Así que estoy bastante curada de espanto, y lejos de pensar en todas estas cosas como misticismos a tratar como reliquias de una época menos racional, lo veo, más bien, como el pan de cada día. Y no soy la única, ¿eh? He visto casi de todo, todo, todo, circular por nuestra casa, desde curas, médicos respetadísimos, deportistas de élite, vips del artisteo nacional hasta políticos corruptos, que por supuesto no puedo nombrar, pues mi madre que es muy profesional me hizo jurarle con las manos sobre su bola de cristal que nunca desvelaría nada de cuanto viesen mis ojos.

Pues al grano, una vez hecha la debida presentación (mi madre además de inculcarme la fe ciega en las mancias, también me enseñó muy buenos modales), voy a contaros lo que aquel viernes, que un principio se auguraba estupendo y maravilloso por las luces de mi progenitora-adivina-pitonisa-profesional, pasó a ser una locura sin pies ni cabeza, y nada mejor que hacerlo desde el final, que siempre es el mejor principio o el principio de cualquier historia nueva, según se quiera ver, y es que la vida hay que mirarla con perspectivas, en plural, cuantas más mejor, y así le vamos sacando todo el jugo hasta exprimirla a fondo. La vida es para subirse a ella, no para sentarse en el andén de la desidia y ver cómo pasa de largo como un tren de alta velocidad, aunque en días como el que voy a contarte me hubiera bajado de ella en marcha hasta despellejarme rulando como un conejo.

Así que empezaré hablando del sábado siguiente al viernes de autos, porque la vida es así, después de un viernes, siempre llega el sábado, y si no ocurre tal cosa, mal nos va, ¿no? O, directamente, no nos va nada de nada. En fin, volviendo al asunto que nos ocupa que me pongo en plan Paulo Coelho y me hago las trompas de farlopio un lío… Ese sábado, al contrario de lo que suele suceder, me levanté como si me hubieran operado el cerebro a cabeza abierta (nunca me han operado el cerebro, pero supongo que eso te deja bastante hecho mierda). Pues así estaba yo, una nave nodriza gigantesca, negra y molesta navegaba por mi cabeza a lo Star Wars (pero sin Han Solo, cosa que no me hubiera importado en los más mínimo, sobre todo si iba solo ataviado con unos bóxers y llevaba una Coca-Cola en la mano bien fresquita, con rajita de limón y todo) y me impedía abrir los ojos, ojos por decir algo, bien podían pasar por almendras garrapiñadas, y había tal estruendo ahí dentro que se me antojaba que Daddy Yankee, La Factoria, Plan B y Nicky Jam hubieran montado un concierto por sorpresa y estuvieran tocando, todos juntos y a la vez el chachaca-pum-chachaca-pum con una botella de Anís del Mono y un cucharón de palo. Tenía lo que se dice en plata, un resacón en las venas del copón.

Apreté los ojos con fuerza y me di la vuelta queriendo tomar otra vez posiciones y reconciliarme con el señor Morfeo. A esas alturas del día (la una de la tarde más o menos) ya se presagiaba que sería duro de llevar sin la ayuda de una sobredosis de ibuprofeno y más tras el inesperado hallazgo que hizo mi mano al aventurarse en el más allá de mis dominios colchoneros, al palpar una masa magra sudorosa. No sabía si había tocado pechuga o mulso, pero aquello apuntaba a ser un pavo, y no de los de Navidad, un pavo de los que pavonean a las pavas. Tumbado a mi verita había un tío, debía serlo, las mujeres no lanzan semejantes ronquidos de batracio, que encajaban sincopados en las notas de reggaetón que despedían mis neuronas resacosas, y del que no recordaba cómo había llevado hasta ahí. Horrible sensación de me cago en mi puta vida.

Maldita Patricia, malditos rones, malditos cazallas y maldito, sobre todo, el cigarro condimentado con especias alucinógenas  que me dio a fumar mi nuevo amigo de la puerta del Bébete la Vida a Jarras (garito de nocheo muy frecuentado por mí y mis fieles seguidores de farras y con un nombre que le viene al pelo) y al que había ido a tomar un algo con la maldita Patricia. Una tía que de día parece una médica muy seria y formalita de esas que te miran por encima de sus gafas de pasta mientras teclean a toda máquina que te quedan tres meses de vida y se encarniza con las recetas de pastillas que te van a costar una úlcera duodenal para más inri, pero que en cuanto cuelga la bata y el estetoscopio se vuelve una salvaje de podio sedienta de jolgorio (alcohol por un tubo y lo que caiga mientras tanto). Recuerdo el día que tuvo que diagnosticar un cólico renal y el paciente le preguntó si aquello era grave y ella le dijo que era «grava», Patricia tiene lo que se dice poco tacto y además unas ganas locas de fiesta. Ella fue quien me lio, como casi siempre, a veces me lio yo sola sin necesidad de que nadie me haga la ola.

Yo pensaba hacer lo que mi madre me había recomendado: ir a la playa, saltar tres olas, quemar mis deseos en la hoguera, tirar una fruta y unas flores al mar, comerme unos boquerones adobados… Todo eso en plena consciencia (aunque podáis pensar que debo tener el conocimiento justo para pasar el día) y después dormir a pierna suelta para que el influjo de la noche mágica entrase en mi pisito (fíjate bien, que siempre hablo de él en diminutivos, pero es que el tamaño del pisito es lo que le pide a mi boca). Mi intención era tomar una copichuela (na más) al salir de trabajar en el bar de Bruno (esquina opuesta a la clínica Bruselas en la calle Castaños) con Patricia e irme a hacer todo el tema de las mancias vestida de impoluto blanco como la niña de la curva (pero sin maquillaje gótico) y estar fresca como un clavel en rama para el sábado, día de San Juan, la fiesta grande, pues esa iba a ser mi NOCHE. MI GRAN NOCHE (¡vivan Raphael y la madre que lo parió!; es que soy muy fan). Según mi madre iba a ser la hostia en mi vida, y no de las malas (entiéndase), pues iba a conocer a un bombero en la cremà y dejaría de ventilarme sapos, sapos como probablemente sería el que tenía tumbado a mi lado roncando como una mala bestia. Parecía que se había tragado una orquesta entera de pitufos maquineros.

Mis pensamientos en relación con la noche anterior eran como gifs. Iban, venían, se repetían una y otra vez, pero no les encontraba mucho sentido. Yo con la cara pegada a un cristal, yo bailando la conga enseñando los pelos de las ingles, yo besando a un tío, yo teniendo un conato de coito con la máquina de tabaco… Estaba un poco acojonada, no sabía con qué iba a encontrarme al lado tras esos flashbacks tan cabra-loca: ¿mi nuevo amigo cigarrito matador, el gordito-bailes-raros, el guapetón ojos verdes, el simpático-listo…? Podría ser cualquiera. Levanté la colcha (con miedo, vale) y el tío estaba de espaldas y en pelota de tenis picada (lo de tenis, porque era peludito en toda su extensión y estaba bastante rellenito, era un campo de golf abandonado, pelos pajizos por todos lados). O sea, era el gordito bailes raros. Otra vez esa horrible sensación de me cago en mi puta vida. No era mi tipo, quiero que conste. Y no es que sea yo una tiquismiquis en cuanto a tíos se refiere. Me dejo llevar más bien por los influjos de la luna (ella me susurra al oído quién llevarme a la cama). ¡Pero por Urano y Plutón, la luna esta vez me la había jugado! ¡Maldita! ¡Maldita la luna también! ¡Qué hija de puta la luna!

Me levanté sin fuerzas ni ganas de la cama y con cuidado de no moverla mucho y despertar a aquel tío recio que yacía con la boca abierta soltando ronquidos horriblemente desagradables. Caminé por la habitación, con las puntas de los dedos y los brazos medio muertos, imitando al mismísimo Montgomery Burns, buscando mis zapatillas y algo de ropa que echarme encima; yo también estaba desnuda, cosa que no me hacía ni puñetera gracia.

Mi atuendo del Zara, que Patricia tildó de costalera cool de Semana Santa, estaba en el suelo manchado de vómito y muchas cosas más, y pedí perdón a Amancio mentalmente por aquel vilipendio. Visto lo visto, había habido folleteo entre el gordinflas velludo y una servidora (aaarrrggg). Luego busqué en mi bolso la cajetilla de tabaco, y era de Ducados negro, cosa que me escamó una cosa bárbara (yo no fumo tabaco negro) y, además, pude comprobar que el plátano (pocho), las flores (mustias) y el papel de los deseos (arrugado) seguían en su interior. No solo me había pillado un pedo descomunal, encima había renunciado a los consejos de mi madre y me había hecho del club de me-fumo-lo-que-sea-con-tal-de-quemarme-los-pulmones. Era para matarme y por eso el santo patrón me había castigado poniendo a un chico grueso con la capa de Jon Nieve como espalda en mi cama. Estaba claro. Resoplé varias veces, si la gran pitonisa se llegaba a enterar de mi despilfarro neuronal me echaría una de sus sermones sobre el poco respeto que se le tienen a las artes ocultas y un «fas fas maldita estás» con sus uñas de gel apuntando mi cara…