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Alicia en el país sin wifi.

Aliciaebook (3)

No sé qué me das… en Santo Domingo

—No contestes —me pidió Alex, entre jadeos, al oír el móvil tronando No sé qué me das en la inmensidad de mi capazo de croché ecológico.

Había elegido esa canción, como tono de llamadas, porque me recordaba tanto a Alex como a la película que acabábamos de rodar ambos, y donde nos habíamos conocido profesional, personal e íntimamente. Las dos cosas más grandes que me habían pasado en los últimos meses. Era una canción con muy buen rollo y me daba buenas vibras, pero en aquel momento, como una oscura premonición de Cuarto Milenio, esa canción acabó con la sensación de paz que tanto me había costado conseguir tras ocho semanas de rodaje.

—No entiendo por qué no puedes dejar el móvil apagado. Estamos de vacaciones en Santo Domingo, el puto paraíso. Disfruta, Ali. Olvídate del móvil y de todas las jodidas redes sociales en las que estás registrada —añadió, viendo que suspendía de golpe el frotis y me inclinaba a un lado para recoger el capazo del suelo y buscar dentro.

No podía. Era un poderoso imán que me atraía con su magnetismo omnipotente, como un pastel de fresas y nata a un enjambre de moscas. Con cierto hipnotismo y nepotismo acaparaba toda mi atención tan pronto repiqueteaba con algún aviso. Debería desactivarlos, lo sé, pero no podía; era escucharlos y sentir el aguijón de la primaria necesidad pinchándome los dedos ávidos de sentir su tacto, deslizar el dedo por la suave pantalla, descubrir el origen del aviso, leer el mensaje y responder.

Llegados a este punto, pongámonos primero en mi lugar. Yo era Alicia Trevi y me debía, en gran parte, a mis fans. Estaban esperando mis «Me gusta», mis RTs, mis comentarios… No podía pasar de ellos sin más. Se contaban por millares, a pesar de que todavía era una actriz emergente, aún desconocida en esa nueva faceta por mis seguidores.

La película que acababa de rodar iba a ser mi trampolín al cosmos cinematográfico, tras haber arañado algunos trabajillos en publicidad televisiva. Que cantaba bien y tenía chispa ante la cámara, nadie tenía dudas, por eso, pese a que no gané el concurso de moda, Por tu cara bonita, había obtenido el favor del público, siendo la preferida imbatible durante varias semanas. De eso hacía ya un par de años y de ahí la mayor parte de mis seguidores en las redes. Pero no lo gané y, por tanto, no logré el contrato para la producción de un disco, el que sería mi primer álbum y el que conseguiría llevarme al estrellato del panorama musical nacional. No obstante, sí conseguí un agente artístico cojonudo, que me animó a no tirar la toalla y a perder algo de peso y enrolarme en un gimnasio, que parecía regentado por el mismísimo Leónidas y sus leyes espartanas, pero que cumplía la promesa de su eslogan con el mismo rigor que entrenaba a sus feligreses, te dejaba hecho un pincel en tres meses. Eso sí: adiós a las grasas saturadas de por vida y hola a las proteínas sanas y ricas. Ricas en salud, claro. Y pese a que no estaba a lo Rosa de España en sus inicios, sí que contaba con unos buenos jamones a conjunto con un flamante trasero de chica recia, que fueron menguando hasta su mínima expresión a golpe de zumba y pilates.

Hasta entonces había sido administrativa en una empresa de pinturas y disolventes, horas y horas sentada y pocas distracciones, era muy buena en mi trabajo e incluso estaba cómoda en él (mi silla ergonómica hacía su buena labor). Cerca de casa, salario normalito, trabajo rutinario, esas cosas… pero no me satisfacía a nivel personal, por lo que animada por mis amigos me presenté al casting de un concurso nuevo que por aquellos días prometía romper los shares de audiencia.

Yo, a decir verdad, no daba un euro por mi persona, pero ellos me convencieron de que sí merecía la pena afrontar el reto y, al final, me dije: «Tú puedes, Alicia, que a positivismo no te gana ni un catión». Es curioso cómo las cosas que más miedo nos dan terminan siendo las mejores decisiones de nuestra vida. Y así fue. Con algunos kilos más y algunos músculos menos (vaya, estarían ahí, aunque no de forma visible), arranqué con ilusión y mucha esperanza ciega un incierto proyecto de carrera profesional artístico. Debo decir que yo siempre había querido ser cantante y a ser posible de musical, así pues, le dije a mi madre: «Mamá, quiero ser artista», tal cual, y me piré a Madrid, donde tenía lugar la última tanda de pruebas de selección y con ella mi última oportunidad de entrar a formar parte de aquel tinglado. Y tuve la suerte de que me seleccionaran, o no, la suerte no se tiene, la suerte siempre sale al encuentro de quien la busca, pero así fue cómo dejé de ser, en parte, Alicia Garrido y me convertí en Alicia Trevi para el inmenso público español.

—Tengo que mirar, pero tú no te muevas, cariño —dije ansiosa por la curiosidad, hurgando en el capazo, apartando con descuido el vestido, la pamela, la funda de las gafas de sol, el neceser, el protector solar, la manzana que había cogido del bufet del restaurante… hasta dar con mi maravilloso pPhone, en el fondo y boca abajo—. Puede ser algo importante —comenté mirando la pantalla.

—¿Quién es? —preguntó Alex antes de estirar el brazo para coger su copa de mojito de encima de la mesita, luego le dio un sorbo con una pajita multicolor con sus adorables morritos de tío bueno.

Y hablando de Alex un poco, hace solo dos años, yo solo podía soñar en bidimensional con que un tío como él quisiera tener algo conmigo, y ahora lo tenía a mis pies, vaya, a mis pies no (ja), pero sí entre mis piernas. Alaska iba ya por el estribillo y Alex palmeó las sílabas de la letra sobre mi trasero desnudo con su mano libre.

—No lo sé —le respondí—. El prefijo es el 34 y en España no son ni las ocho.

Y nadie me llamaría desde España a esas horas si no fuera algo de vital importancia.

Antes de volver a sorber de su mojito, Alex dijo:

—Apágalo. Te lo digo muy en serio, estoy hasta los cojones de tanto pitidito todo el día, parece que estamos en una feria ambulante.

Tenía la mano paralizada sujetando el móvil mientras decidía si respondía o no.

—¿Y si es algo importante? —insistí.

—¿Importante? Todo puede esperar, menos esto. —Miró lastimosamente hacia sus partes bajas, donde nuestros cuerpos seguían encajados como dos piezas de Tetris, y movió un poco la cadera para recordarme que todavía estaba listo para el combate.

—¿O algo malo? —añadí.

—¿Peor que nos haya jodido el polvo? —me increpó de morros, dejando la copa sobre la mesita para aferrarme con fuerza los muslos con ambas manos y comenzar a amasarlos.

—No lo sé.

Fangoria seguía a lo suyo: «No sé qué me das, que me hace volar, no sé qué me das…» y yo clavé la vista en la pantalla.

«Que le pase algo a mi madre», pensé. Mi madre era mi única familia. Llevábamos mucho tiempo siendo solo nosotras dos, toda mi vida, para ser más precisa. Siempre habíamos sido ella y yo. Yo y mamá. Teníamos un vínculo especial más allá del congénito, en muchos aspectos mi madre no solo era mi madre, era mi mejor amiga, aliada y consejera. Y si se trataba de algo relacionado con ella, esa llamada era más que sagrada.

Habíamos hablado por teléfono la noche anterior, y la de antes, y la antes, y la de antes, no, porque la habíamos pasado juntas, pues había ido a verla, tras el fin del rodaje, antes de subirme en un avión rumbo al Caribe para disfrutar de unas merecidas vacaciones con Alex, mi novio supongo, aunque todavía no lo habíamos hecho vox populi en las redes sociales, cosa que yo estaba deseando con ansia viva y no sabía cómo había podido ocultarlo tanto tiempo, me quemaban las yemas por teclear la noticia. Quería gritar a los cuatro vientos que Alex Crespo, el actor de moda tras ganar el Goya a actor revelación de 2017, era mi chico, que yo Alicia Trevi se estaba beneficiando (y de qué manera) de todos los músculos de Alex, el macho más deseado por todas las mujeres españolas de entre dieciocho y cuarenta años.

Sin duda, Alex era el guapazo que cualquier mujer desearía llevarse a la cama y durante cuarenta noches, menos cuatro, había deshecho la mía a base de bien. Tenía una entrega. ¡Dios mío de mi vida cómo se entregaba! Y eso que me estaba haciendo ahora me volvía loca. Looocaaa. Qué boca tenía y qué bien sabía usarla para darme gusto. Estaba medio incorporado con la cabeza inclinada sobre uno de mis pezones y tras buscarlo con los labios, lo había lamido primero como una bola de helado para luego chuparlo con avidez. Luego mordisquitos, estirones, más lametones y dale y dale, él sabía, hasta que las sensaciones desembocaron en una explosión de placer que se extendió por mi vientre buscando nuestro punto de conexión.

A la mierda la misteriosa llamada. Solté el móvil sobre el colchón y me pegué contra su torso de anuncio de bañadores para comerle la boca mientras retomaba el galope ligero de sus caderas en busca y captura del roce perfecto de su sexo y el mío. Allá voy, allá voy, que voy, que voy, que voy, voy, voooy, vooooy, me voooooy, me voooooy…

—No dejes de pellizcar —le rogué dirigiéndole la mano hacia mi pecho, pidiéndole un poco de caña brava.

—Ali, qué bien te mueves —me susurró mientras haciendo pinza sobre un pezón, tiraba de él hasta ese punto donde el dolor es tan agradable como agudo y no sabes si pedir más caña o aflojar porque sientes que te vas a desmayar del gusto.

Se me aflojaron las rodillas, perdiendo el ritmo, pero daba igual, porque Alex había asumido el control y estaba empezando a embestirme desde abajo hundiendo su polla despacio en mí, como pidiendo permiso para entrar, acoplándose, poco a poco y suavecito, con cada golpe de cadera.

«Es que me hace volar. Como el águila que vuela en libertad. Sobre el valle lejos de la tempestad. Como el viento cuando cruza la ciudad. Con el rumbo fijo y sin mirar atrás.»

Sin poder evitarlo, mis ojos buscaron el móvil entre las sábanas.

—¿Otra vez, Ali? —me preguntó Alex, levantando con brusquedad la cadera para clavarme la erección hasta los riñones. Ahí, sin compasión. Él podía. Tenía the power of the universe to fuck me—. Esto es más urgente. —Yo, en respuesta, contraje los músculos de la vagina volviendo a fijar la vista en su rostro—. Mmmmm, eso me gusta. —Se mordió el labio mirándome juguetón.

—¿Quieres más… —Dejé la frase en el aire con un jadeo, al sentir su polla creciendo aún más en mi interior tocando todos mis puntos neurálgicos, metafísicos, espirituales… Ese era su poder. ¡Viva Alex y la madre que lo parió! (yo todavía no tenía el placer de conocerla, pero seguro que era una santa).

«Como una granada a punto de explotar. No sé qué me das.»

—¡¡Joder, haz que se calle ya!! ¡Me dan ganas de estamparlo contra la pared! —gritó, agarrándome con fuerza las caderas para dirigir de nuevo el movimiento—. Me está desconcentrando. Así no hay quién eche un polvo en condiciones.

No hizo falta, en ese momento el móvil se quedó en silencio y Alex volvió a recuperar el ritmo. Me aferró con posesión el trasero, clavándome los diez dedos en las nalgas y embistiéndome con fuerza hasta que comenzaron los espasmos de un orgasmo extraordinariamente placentero y… Puede que solo sea artificial. Puede que a mi manera, me sirva para olvidar. Prometí que nunca volvería a caer. Pero esta vez no lo quiero evitar…

—Voy a tirar el puto móvil por la ventana —gruñó mientras se corría entre jadeos, y yo, sin esperar a que terminara de descargarse, me bajé de un salto de sus caderas para recuperar mi pPhone de entre las sábanas.

Deslicé el dedo por la pantalla para desbloquearlo y le di a responder, por fin.

—¿Diga? —respondí recuperando aún el aliento.

—¿Es usted Alicia Garrido Sempere?

—Sí, soy yo. ¿Quién es usted?

—Francisco José Coloma Aparicio, soy el abogado de su abuela.

Por unos segundos me quedé confundida.

—Perdone, debe haber un error, yo no tengo abuela.

—Supongo que es correcta su afirmación, ya no la tiene, falleció ayer por la tarde.

—¿¡Cómo!?

—Su abuela.

—Pero ¡que no tengo abuela ni muerta ni viva! —Me comí un «joder»—. Que mi abuela murió hace mucho tiempo, nunca la llegué a conocer. Que usted se ha equivocado de Alicia Garrido Sempere.

—¿Es usted la hija de Manuela Garrido Sempere? —siguió con su tono profesional de letrado (no me perturbo, aunque me claves un tacón de aguja en el dedo pequeño del pie).

—Sí, esa es mi madre.

—Pues su madre, Manuela Garrido Sempere es la única hija de mi cliente, la fallecida, Virginia Sempere García.

Me masajeé la cabeza tratando de acomodar en mi cerebro la información que este señor de voz petulante me acababa de comunicar. Suspiré y lancé una mirada hacia Alex, pero ya se había levantado de la cama y se había metido en el baño para darse una ducha. Lo que yo necesitaba en aquel momento; en Santo Domingo se sudaba una barbaridad con solo pestañear tres veces seguidas.

—A ver… es posible que sí tenga abuela, pero no la conozco de nada. No tengo ninguna relación con ella y mi madre tampoco. Así que, en realidad, lo que usted tenga que decirme, no me importa.

—Pues debería.

—Pues lo siento, pero no.

—Usted es su heredera legítima y, aunque no quiera aceptar la herencia, debe personarse aquí para la lectura del testamento. Si, tras escuchar las últimas voluntades de la señora Sempere, desea declinar la herencia, puede hacerlo, pero deberá firmar entonces los documentos legales de renuncia.

—¿Y cuándo tengo que estar allí? Estoy de viaje en el Caribe.

—Como muy tarde, mañana. En las últimas voluntades de mi cliente hay una postulación expresa en la que se manifiesta que si usted desea aceptar la herencia debe haberse hecho cargo del sepelio en primera instancia.

—¿¡Qué!? Ya le he dicho que paso de esa herencia. Que se ocupe otro del funeral de esa mujer, que yo ya iré a firmar esos papeles si me parece cuando regrese de mi viaje… ¿y dónde es eso?, si se puede saber.

—El acto oficial de lectura tendrá lugar, tras el entierro de la señora Sempere en el cementerio municipal de Villa Maravilla, en el domicilio habitual de mi cliente, ubicado en dicho municipio.

—¿Y por dónde para Villa Maravilla?

—En la provincia de Albacete.

—¿¡Albacete!?

Pero ¿qué se me había perdido a mí en Albacete?

—Así es.

—Ya, bueno, pues ya le he dicho que no me interesa esa herencia, así que, que se haga cargo cualquier otro del entierro y punto.

—¿Está segura?

—Segurísima.

—¿Usted va a renunciar a una herencia desconociendo el alcance de la misma?

—No será mucho, digo yo.

—Y si le dijera que está «diciendo mal».

—¿Me va a decir usted de cuánto estamos hablando?

—No puedo hacerlo, para conocer ese dato debe personarse allí mañana, encargarse del funeral de su abuela y, luego, presentarse en la lectura del testamento.

—¿Y no me va a dar una pista?

—No puedo darle números concretos.

—Pues nada… no voy.

El abogado se mantuvo en silencio durante unos segundos, finalmente habló:

—Piense en algo caro que a usted le gustaría comprar.

Vaya dilema. Algo caro. A ver, a ver, a ver…

—Un Merchedes clase C —respondí.

—Buen gusto.

—Gracias.

—Con la herencia líquida podría comprarse varios.

El pPhone se me cayó de las manos de la impresión.

—¿Qué quiere decir con «líquida»?

—El dinero en cuentas disponible. No le digo más.

—¿Me da usted una hora para pensármelo bien?

—De acuerdo, una hora, no se demore mucho más, si usted renuncia verbalmente, tendré que llamar al siguiente de la lista de herederos.

—Pero ¿es que hay más?

—Sobrinos. Pero usted es la primera. Es la heredera primera y absoluta de toda la herencia de la señora Sempere en caso de aceptarla. —Su forma de enfatizar la palabra «toda» me persuadió finalmente de que se trataba de una herencia muy golosa y nada desdeñable—. La primera, pero no la única, no lo olvide, y sus otros posibles herederos no están tan predispuestos como usted a rehusar tal regalo del cielo.

—De acuerdo, en menos de una hora tendrá mi respuesta.

Acto seguido llamé a mi madre. Tenía que explicarme unas cuantas cosas. Di gracias a que fuera sábado y que no estaría trabajando, envasando morcillas o chorizos, y tener que esperar a las nueve de la noche, hora oficial de nuestro acto de comunicación madre-hija, hora en la que mi madre llegaba a casa tras una jornada de doce horas seguidas en una empresa de embutidos. Embutidos que nos habían mantenido a las dos hasta que volé del nido tras el concurso y me mudé a Madrid definitivamente para triunfar por la puerta grande, vaya, más o menos, si se puede llamar de ese modo a trabajar de camarera en un pub de Malasaña mientras hacía castings esperando que me surgiera la gran oportunidad en un musical de Gran Vía, pero mi oportunidad se hacía esperar y ya estaba a punto de volver al abrigo de sus alas cuando Rúper, mi agente artístico, me hizo la gran llamada: unas pruebas para una comedia romántica musical. La repera, y me eligieron a mí, a mí, a mí, entre más de doscientas candidatas de ojazos marrones, cara de panquemao, trasero opulento y bonita voz.

En tres tonos la tuve en línea.

—Hola, cariño, ¿qué tal todo por Santo Domingo? ¿Hace bueno? Aquí empieza a hacer bastante frío y estoy sacando la ropa de invierno de los altillos.

—Sí, todo bien, mamá.

—Me alegro, ¿cómo es que me llamas tan pronto? —preguntó apurada. Supuse que estaba cargando algún fardo mientras hablaba con el móvil pegado a la oreja.

—Me acaba de llamar un abogado de Albacete, que según me ha dicho es el abogado de mi abuela. O era, porque la ha palmado. ¿Tengo abuela? ¿O la tenía? —Fui al grano.

Escuché un golpe sordo por respuesta.

—¿Mamá?, ¿mamá?, ¿¡mamá!?

Tardó unos segundos en responder.

—Se me ha caído el teléfono. —El tono de su voz se había congelado.

—¿Estás bien, mamá?

—¿¡Ha muerto!?

—Sí, ayer por la tarde.

—Dios… —enmudeció de golpe y al poco escuché como si estuviera llorando.

—Mamá…

—Dime —respondió con un hilo de voz al cabo de unos segundos.

—¿Es verdad? ¿Esa señora de Albacete, Virginia Sempere, es tu madre?

—Lo fue alguna vez.

—Lo siento. —Me apené por mi madre, después de todo esa señora era la suya.

—Bueno, estas cosas pasan, todos morimos. No tenía noticias suyas desde hace muchos años, y no sabía si estaba viva o muerta. La noticia me ha afectado más de lo que esperaba.

—No sé, yo pensaba que estaba muerta y enterrada hace mil años. Eso me dijiste.

—Lo estaba metafóricamente. La di por muerta en mi vida cuando me fui del pueblo.

—¿Villa Maravilla?

—Sí —suspiró profundamente—. ¿Por qué te han llamado a ti?

—Soy la heredera legítima.

—Vaya, parece que me saltó olímpicamente, yo también debía estar muerta para ella —recuperó un poco su ánimo habitual.

—Eso parece —dije pensando en por qué habría sido desheredada mi madre y por qué nunca me dijo que tenía una abuela viva. Siempre había pensado que éramos solo dos, como Bonnie and Clyde, como Epi y Blas, como Kim Kardashian y su pandero…

—¿Y qué tienes que hacer?

—Ir mañana a ese pueblo, oficiar el entierro y presentarme en la lectura del testamento que tendrá lugar en su residencia habitual.

—¿Y piensas ir?

—Me lo estoy planteando en serio. Me ha dicho el abogado que la herencia es grande. ¿Es posible que sea grande?

—Sí, muy posible. Cuando me fui de allí era dueña de muchas tierras, un molino, una almazara… Puede que conservara todo eso y quién sabe si tendrá más. No lo sé.

—¿Crees que debería ir?

—Todo eso es tuyo. Te pertenece legítimamente.

—Y tuyo, mamá.

—Yo no quiero nada.

—Entonces, si decido ir, ¿no piensas acompañarme?

Al otro lado de la línea, ella guardó silencio por espacio de unos instantes.

—Lo siento, pero no.

—Pues si tú no vienes, yo tampoco pienso ir.

—Ali, ve y recoge lo tuyo.

—No quiero.

—No me seas cabezota.

—Me viene de genética. La culpa es tuya por hacerme así.

Rompió a reír.

—Mira que eres.

—Soy como tú, cagada a ti. Si no vienes conmigo, no voy, y si no voy, a esa mujer no la entierran —mentí a la desesperada en un intento de convencerla.

—¿¡Qué dices!?

—Lo que oyes que, si no voy, no la entierran y esa mujer se quedará por siempre tumbada en su cama como una reliquia hasta que las gallinas le coman los ojos.

—Pero ¡qué dices! No hagas bromas, Ali, que esto es muy serio.

—Bueno… no, sí la entierran, pero si no voy, directamente me tachan de la lista de herederos y llaman al siguiente candidato.

—Tú verás, decide tú. Yo no voy.

—Pero qué cabezota eres. ¿Por qué no superas el odio o rencor o lo que sea que te carcome el alma y me acompañas? Te lo pido «por favor».

—No tengo que superar nada. Mi alma está perfecta —me replicó molesta—. Es que no quiero volver allí.

Solté el aire, disgustada, sabía que no iba a convencerla, pero tenía que intentarlo una vez más, con un poquito de chantaje emocional, así que le dije con voz de profunda pena:

—Claro y prefieres pasar de mí.

—Cariño, no paso de ti y lo sabes. Eres lo más importante para mí en esta vida, pero no me pidas que vuelva a Villa Maravilla. —Y colgó, dejándome con cara de «¿eing?».

Tras eso me puse a hacer cuentas mentalmente (eso era lo mío, además de darle al cante), tratando de calcular de cuánto podía estar hablando el señor letrado. Varios Merchedes clase C. ¿Cuántos? ¿Dos? ¿Tres? ¿Diez? En realidad, igual daba, estábamos hablando de miles de euros. Miles de euros que no me vendrían nada mal. Y total, era ir a ese sitio, a Villa Maravilla, ¿no?, en Albacete, ¿¡Albacete!?, enterrar a la vieja antes de que las gallinas le comieran los ojos y decir que sí cuando leyeran la herencia, y solo tenía que, a cambio, cancelar el viaje y volverme para España, esta misma noche, o mañana por la mañana a más tardar. Con el desfase horario, le llevaba seis horas de ventaja al reloj peninsular. Tampoco era para tanto, la verdad, así que busqué en el registro de llamadas el número del abogado.

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First dates, ¿sí o no?

Entré en aquel restaurante que de noche en noche había visto a través de mi televisor, y Carlos Sobera, el presentador de Firts Dates, vino de inmediato a recibirme con una afectuosa sonrisa y dos besos cargados de buen rollo.
—Bienvenida, Mercedes.
—Hola, Carlos, gracias —dije mirando a todos lados cegada por el brillo del foco.
—Ven conmigo, tu acompañante estará al caer.
—Estupendo —respondí siguiéndolo hasta la barra.
—¿Quieres tomar algo mientras le esperamos?
—Sí, por favor, un vino blanco me vendría genial —respondí con el corazón desbocado.
A qué mala hora me había dejado embaucar por las perras que decían llamarse mis amigas y aceptar venir al programa revelación de la cadena Pato. No habían tardado ni cuatro días en enviarme un email tras inscribirme a través de su página web, cosa que hicieron el mismo domingo a mis espaldas mientras yo me encontraba hablando con Israel en La Altramuza.
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¿ Viernes o te vas? Querido destino, no seas cabrón.

Seamos serios y pongámonos en situación. Imagínate por un momento que un buen sábado te levantas de la cama con un resacón en las venas brutal y que unos seres friquibundos, que no conoces de nada, han invadido tu espacio vital y están dilapidando tus últimas reservas de ibuprofeno. Además, la que dice ser tu amiga, te diagnostica el síndrome de Korsakoff y se queda tan pancha. A ver, veamos… ¿a ver si va a ser verdad?, porque tú… lo de ayer como que no lo recuerdas mucho, ¿verdad? Por lo visto, alguien perdió la brújula al completo y todas las sospechas apuntan directamente hacia ti, y yo me pregunto: Querido destino, ¿cómo puedes ser tan cabrón?

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NI CONMIGO NI SIN MÍ.

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Era la primera vez que pisaba un plató de televisión y pese al resplandor de los focos, para mi gran decepción, tenía un aspecto de lo más cutre y desordenado. Había mucho público en las gradas ataviado con todo tipo de disfraces ridículos: superhéroes, mujeres con sucios camisones y greñas de locazas, pollos camperos… una fauna de los más variopinta agitando en el aire ejemplares de mi novela y serpientes de goma o pajarracos de peluche; y mucha gente del staff, entre treinta y cincuenta, deambulando afanados en derredor, más los que no se veían, preparándolo todo para el programa. Mi representante, que no podría ser otro que Mario Vaquerizo, estaba ultimando la lista de preguntas con Felicia Braga, la presentadora, una petarda polioperada que sonreía con asco antes de cada corte publicitario. Yo la había odiado durante años, ya que mi abuela Bibi solía ver su programa cada tarde mientras yo lavaba sus refajos, y aunque Felicia no tenía la culpa de eso, a mí solo la mención de su nombre ya me producía repelús. Su programa de entrevistas, Dimes y Diretes, era el más visto en su franja horaria y, aunque yo no lo vería ni hasta el culo de calimocho, parecía gustar a una elevada proporción de las marujas españolas.

La maquilladora se estaba tomando mucho tiempo con mi careto, tenía unas ojeras gigantescas, es lo que tiene trabajar en promoción. Y mientras me daba los últimos retoques le di un sorbo a un combinado flojito de ron y Coca-Cola; estaba algo nerviosa y necesitaba templar mis nervios de algún modo.

—Nina, ¿puede cerrar los ojos? —La maquilladora tenía un pincel alzado frente a mi cara—. Voy a repasarle las sombras.

Cerré los ojos y me centré en mantener una respiración pausada mientras trataba de ordenar mis pensamientos, repasando las respuestas a las preguntas que supuestamente iba a hacerme Felicia durante la entrevista en directo.

—Tiene unos ojos muy bonitos; con los párpados ovalados y una gran amplitud de cejas —me alabó la maquilladora dándome unos suaves toquecitos de pincel.

—Gracias.

—He leído su libro, ¿sabe?

Claro, ella y decenas de miles de lectores lo habían leído, por algo era uno de los libros más vendidos del año. Todos los desastres habidos y por haber, que incluían entre otros: un secuestro exprés, un terrorista anal, una competición de frikis, una vecina loca y una cita a ciegas con Thor, lo habían convertido en muy poco tiempo en un best-seller sin yo pretenderlo, pues yo solo quería contar mi verdad. Pero había caído en gracia e incluso me habían ofrecido protagonizar la adaptación cinematográfica de mi novela.

—¿Y qué te ha parecido? —le remarqué un poco el tratamiento.

—Pues… me encantó, aunque no me lo esperaba así, pensaba que era más la típica novela de amor…

—¿Y no lo es?

—No, a ver… está lo de la cita con David, que mola mazo —se le escapó una risita— pero lo divertido es descubrir todo lo que pasa, es como irse de finde loco. La verdad es que me reí muchísimo, ¿cómo se le ocurren tantas locuras?

Y dale, ella emperrada en hacerme mayor.

—No tiene tanto mérito, lo creas o no, todo lo que cuento en el libro me ocurrió en realidad. Fue el día más espantoso y a la vez maravilloso de mi vida. Porque ¿qué probabilidades hay de que una mujer se descomprometa de un hombre y conozca al que será el amor de su vida en solo veinticuatro horas? ¿O que su amiga sea secuestrada y termine enamorada de uno de los secuestradores? ¿O de que su vecina la loca se reencuentre con su amor de juventud y de paso recobre la cordura? Aquel día no solo supuso un antes y un después para mí, también lo fue para todos aquellos que lo compartieron conmigo. A ese día le debo lo que soy ahora. Fue un punto de inflexión que…

—Hola, mi amor, ¿estás nerviosa? —Mario me pilló por sorpresa.

—Un poco, pero estoy bien —mentí, estaba que me subía por las paredes.

—Bien, cariñito, el programa empezará en diez minutos. Ya le he dicho a Felicia que nada de preguntas personales, no te conviene entrar al trapo. Estás divina con ese modelito, te comería como el lobo de Caperucita, ja, ja, ja… —Mario rio con esa sonoridad típica en él.

—Gracias, Marito.

—A ti preciosa.

Se me acercó para besarme la mejilla y de paso me birló la copa; me encantaba nuestra relación laboral incluso más que el chocolate relleno de fresa. Conforme se fue a saludar a todos los personajes públicos que merodeaban por el plató, la maquilladora que se había quedado como en pause y me miraba, sin pestañear, con el pincel en el aire, me preguntó:

—Entonces… ¿usted es Cam?

—Sí, soy yo —le respondí con orgullo.

—¿Y David existe? —balbuceó sobreexcitada. El personaje de David siempre provocaba ese efecto entre las mujeres; no me extrañaba, a mí me pasaba lo mismo cada vez que lo tenía cerca.

Asentí con una sonrisa y le señalé al público sin indicarle nadie en concreto—. Aunque no se llama así.

—¿No? ¿Y cómo se llama?

—Eso no te lo puedo decir, es secreto.

—Claro, entiendo. Y todos los nombres son inventados: Teresita, Fuensanta, la Biturbo, Ricardito… —animada, comenzó a nombrar uno por uno a todos los personajes que aparecían en mi libro. Era evidente que se lo había leído y que le había gustado.

—Claro.

—Vaya —suspiró—. Qué fuerte.

Asentí, cerrando de nuevo los ojos.

—Pues ya he visto el tráiler de la peli.

—¿Y qué te ha parecido?

—Tiene buena pinta, pero no sé si me gustará tanto como el libro.

—Esas cosas pasan. Nos hacemos una idea de los personajes y de las situaciones y si luego no encajan con lo que teníamos en mente nos sentimos defraudados.

—Hombre, a mí que Jesús Castro interprete a David no me decepciona. —Soltó una sonora risotada.

—Ni a mí, pero que Miriam Giovanelli sea Cam me jode un poco, está mucho más buena que yo, aunque mis pechugas son mucho más gordas que las suyas —admití, muy digna.

—Vaya, la verdad es que no imaginaba a Cam como Miriam Giovanelli, pero tampoco como usted —afirmó vehemente mientras terminaba de retocarme los pómulos a golpe de brocha—. Y no creo que tenga la cara tan rechoncha como dice.

—He adelgazado un poco. Con tanto trajín, no paro quieta y David —le guiñé un ojo picarona— me mete mucha tralla.

—¿Gabriela, has terminado con Nina? —El director ejecutivo, Carlos Santos, vino hacia mí con los brazos abiertos, husmeando el aire como un hámster con su bigotito engominado de gamba. Ese hombrecillo tenía un algo que no me acababa, y no era precisamente ese ridículo bigotito que lucía con tanto garbo y que a mí me daba hasta ganas de echar la pota.

—Todavía no —respondió apartándose a un lado.

—Pues aire —la largó con muy poca educación, con un rápido gesto de las manos, y la maquilladora se marchó acobardada sin mediar palabra entre una nube de coloretes.

—Nina, querida, qué gusto tenerte aquí esta tarde —me achuchó con toda la confianza del mundo colocándome las tetazas a la altura de la garganta.

—El placer es mío, Carlos —dije con una sonrisa de los más falsa.

—Tenemos que hablar de negocios, Nina. En Dimes y Diretes sabemos el tirón mediático que tienes y lo mucho que las mujeres te adoran, eres una especie de heroína, el ejemplo a seguir de todas en muchos aspectos —me dijo arrastrándome de los hombros a un rincón apartado.

—Yo no creo que sea nada de eso, solo he escrito una historia que he vivido sin ningún tipo de filtro.

—Y esa es la clave de tu éxito, tu frescura: tu manera de decir las cosas y, por supuesto, tu belleza natural. —Quise decir algo pero Carlos Santos no me dejó—. Queremos que sustituyas a Felicia.

—¿Quién, yo? No, no, no. Yo no sé nada de presentar programas, si acaso de escribir algún guion, pero presentar va a ser que no. Además no estaría a la altura de la gran Felicia —me empezó a sudar la frente.

—¡Gabriela, retoca a Nina! —Carlos llamó a gritos a la maquilladora; mi frente tuvo que deslumbrarle—. Felicia está acabada, el último lifting tampoco le ha quedado bien, está decrépita y se nos va el presupuesto de maquillaje con ella. El productor lo tiene todo pensado, los dos podríamos embolsarnos una gran suma de dinero si le sueltas la bomba en directo a Felicia al finalizar la entrevista. —Metió su mano en el bolsillo interior de su chaqueta y sacó la chequera—. ¿Cuánto quieres?

—No quiero nada, y no voy a hacer eso, pobre señora. Además tendría que consultarlo con Mario, así que, si me disculpas. —Salí de aquel atolladero andando lo más rápido posible.

Busqué a Mario por todo el plató pero no lo encontré. De pronto una chica con pinganillo me arrastró a la voz de «menos de un minuto, Nina», y me sentó en el sillón forrado de vaca andina del decorado. Gabriela apareció como una gacela y me retocó con polvos la nariz, pómulos y frente como si fuera una selladora automática. En la puerta de apariciones estelares del plató vi a Felicia con el gesto torcido, tan elegante y soberbia como se mostraba en la tele. El show iba a comenzar.

Tres, dos, uno…

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20:37, cuando Reina Roja encontró a Thor.

—A ver… —Le hice ver que lo pensaba frotándome la barbilla—, déjame adivinar, ¿has venido volando?

Y aunque no pretendía sonar seductora, el tono de mi voz sí lo fue. El tío me sonrió y arqueó una ceja (muy sexy el gesto, vaya que sí) mientras se rascaba el mentón evaluándome con los ojos: preciosos, rasgados y de un azul cobalto poco común. Las-bragas-del-revés-puso-me. La cabeza también; enseguida se me puso a carburar ideas, pensamientos, intenciones… todas malas, malísimas, obscenas, obscenísimas… Hablando en plata: me dieron unas ganas muy bárbaras de arrastrarlo hasta la relativa privacidad del baño de la taberna que teníamos justo enfrente, arrancarle la ropa del cuerpo y follármelo ipso facto hasta dejarlo más seco que un besugo al sol. He de mencionar que el cúmulo de sucesos acontecidos en las últimas diez horas me tenía fuera de sí, o fuera de mí, o fuera de cómo se diga; no sabía ni cómo había sacado el ánimo ni las fuerzas (o tal vez sí: el par de gin-tonics que me había encajado habían hecho su buena labor) para ducharme (exfoliación intensiva inclusive), ondularme la melena con la plancha y embutirme aquel vestido de «pidiendo guerra descaradamente». El tío, desde luego, superaba con creces mis expectativas, aunque tampoco sé bien lo que me esperaba. La gente suele mentir a lo bestia en las webs de citas y, tras espléndidas dentaduras de anuncio de dentífrico, se esconden cracos salvajes, pajilleros de YouTube y otros especímenes de podio. Casi hubiera preferido que él fuera el craco con el que había estado conjeturando mientras me acicalaba para la no cita: un apestoso greñas paticorto, así me hubiera sido mucho más sencillo llevar a buen término el patético plan que había urdido entre risas con Teresita, pero no lo era… lamentablemente, ¿o no? Tal vez el destino tenía planes para mí, no tan maquiavélicos como los míos. El caso es que allí estábamos los dos, frente a frente por primera vez, y por un instante, deseé que fuera eso, la primera pero no la última vez que nos encontrásemos en una esquina de Madrid, que hubiera decenas, centenas, quizá miles de veces como aquella. Me quedé sonriéndole como una boba durante unos segundos, lo que tardé en volver a centrarme en mi plan de no cita, pero ni su sonrisa diez ni su imponente persona me lo ponían fácil. Romeo86, contra todo pronóstico, estaba incluso mejor al natural que en la foto de su perfil de la web de citas on-line EmparéjaMe, pero debo admitir que su ropa no era… lo que yo… esperaba. A ver, desde luego, era osada… extravagante… ¿friki tal vez? No sé. Lo repasé con la mirada de arriba abajo, con desfachatez, lo sé, y él también se percató, pero no pareció importarle el escaneo a lo Terminator que le hice en cero coma, pero ¿acaso hay otra forma de escanear a alguien que tienes a dos palmos? Además, tenía que mostrarme segura y fuerte en ese momento, Romeo86 podría ser un tío bueno, pero no hay ninguna ley que diga que un psicópata tenga que ser un fulano al estilo de Bardem en No es país para viejos; que no es que me guste en especial el Bardem de a pie, pero es que mira que estaba feo el Bardem en esa película. Seguramente lo hormonaron como a una gallina. Pero vamos al grano, que me lío. ¿Y por dónde iba? Ah, sí: Romeo86. Volviendo a él:

Cara: atractivo, sin afeitar. Bip

Pecho: amplio, voluminoso, fuerte. Bip-bip

Cintura: estrecha. Bip-bip-bip

Bulto: prometedor. Biiiiiiiiiiiiiiiiiip

Piernas: interminables, musculosas. Bip-bip

Pies: Mmmmmmm

Lástima que no llevase zapatos, hubiera sido una buena herramienta de catalogación, y es que se puede saber mucho de una persona por sus zapatos y muchísimo más por sus zapatillas de estar por casa. Fue mi abuela Bibi la que me enseñó este astuto truco cala-personas, precisamente ella que siempre usaba unas zapatillas de antelina marrón, insulsas y sin gracia, en definitiva eran las zapatillas de estar por casa de toda una mamona, sin duda, lo que ella era: el mamífero más parecido a la mona Chita que jamás mis ojos han visto, solo que la mona Chita siempre iba con Tarzán, y mi abuela siempre estaba sola, pues era un ser desquiciante y no había Tarzán que la aguantase por espacio de media hora sin sentir unas ganas irrefrenables de ahorcarse quince veces con su propia melena. Mi abuelo era un bendito, el pobre sufrió un derrame cerebral a los cincuenta y dos años, pero yo pienso que él mismo se propinó un sartenazo para dejar de sufrir y aguantar a la insoportable Bibi; un suicidio de manual en toda regla, que ella tapó con una muerte repentina. Como buena hija de puta que era, se conocía todos los tejemanejes de la vida y sus intríngulis. Siempre me ofrecía galletas caseras que yo rechazaba por si las había envenenado con matarratas; amaba sus consejos pero no le perdía ojo, no era de fiar. Seguro que en la otra vida ha conseguido ser la señora de Belcebú y el infierno ha adquirido las cuatro estrellas de excelencia como el lugar más temido por las almas del purgatorio. Por mis palabras, es obvio deducir que no le tenía mucho aprecio a mi ya desaparecida abuela Bibi, aunque debo admitir que valoro mucho sus sabios consejos.

Romeo86 llevaba unas botas militares muy acordes con el resto de su indumentaria. Lo cierto es, y sin ánimo de ponerle los dientes largos a nadie, que Romeo86 estaba imponente con el atuendo de vikingo moderno que había decidido plantarse para nuestra cita. Con esas mallas ajustadas a sus interminables piernas musculosas, que marcaban su entrepierna como si llevara un huevo de pascua tamaño XXL; esa especie de armadura de cuero esculpiéndole ese pedazo pectoral que tenía, amplio, voluminoso… ¡Dios!, era como para perderse en él buscando una sombra donde cobijarse, y que bien podría ser la sombra de su huevo tamaño extragolosos; y su barbita, de una semana quizá, que sin duda alguna era una de sus mejores cualidades, de esas cuidadas pero descuidadas, ¿cómo se hace eso? Le quedaba de miedo. No parecía un proyecto de felpudo de coco ni tampoco una madriguera de nutrias, cosa muy de agradecer, conocedora yo de las últimas tendencias en la moda barbil que apuntaban a náufrago total. Porque ¿qué coño es un hipster? Suena a histérico, ¿verdad? Se definen como una especie de hippies modernos, pero visten ropa cara y gastan WI-FI por un tubo; ¿qué tiene eso de hippie? Vaya, lo siento, me he vuelto a desviar del tema, pero hay cosas que me sacan de quicio.

No soy ninguna fanática de los cómics de Marvel y, yendo un poco más allá, de ningún tipo de cómic, tampoco he visto ninguna de las películas de Los Vengadores, y eso que los protagonistas masculinos están de toma pan y moja, pero tenía que reconocer que Romeo86 tenía un palmito imponente dentro de aquel ridículo disfraz de Thor, y eso que no llevaba puesto su casco con alas, lo que hubiera sido la guinda del pastel. Allí de pie, frente a frente por primera vez, en aquella trajinada esquina de la calle Cava Baja me sentí un poco como la Pataki. Sin su cuerpazo, claro. Ni su cara, por supuesto. Ni su marido… que sí, que ya lo sé, ¡que he dicho «como», coño! Más bien era como la doble de la Pataki: doble de pechuga, doble de jamona y ración triple de pandero.

—Es que no llevo mi prodigiosa capa —se excusó con una voz profunda y sexy.

La burlona sonrisa le bailaba en la cara y casi caí rendida a sus pies, cuando un hoyuelo se le dibujó en la mejilla derecha. Siempre he tenido un poco de debilidad por los hoyuelos. Son muy particulares, ¿verdad? Un bujerito en medio del moflete, como un indicador de «deposite aquí su beso, gracias». La sonrisa de Romeo86 era igual que la que lucen los dibujos mangas; yo nunca había visto nada igual en la vida real, me tenía hipnotizada.

—¿No?

Nada más ingenioso acudió a mi boca, me había quedado en modo colapso mental; tal vez porque aún no había conseguido asimilar el impacto que su presencia me había provocado; o tal vez seguía deslumbrada por la profundidad de su mirada o el brillo radiante de sus dientes. ¿Había sido un efecto producto de mi atontamiento o una chispa verdadera? No era la primera vez que sufría un atontamiento, aún recuerdo el día en el que Jordi Avilés, el chico más guapo del instituto, se quedó toda una hora mirándome fijamente durante la clase de latín. Al terminar la clase me acerqué a él convencida de que quería tema y Jordi, un poco confuso por mi atrevimiento, me dijo que tenía un manchurrón de Nocilla que me abarcaba media cara, como si me hubiera comido un cagarro (palabras textuales de Jordi). Fue un poco traumático la verdad, desde entonces no he vuelto a comer Nocilla, llevo mucho cuidado con las falsas señales sexuales y oír recitar en latín me pone los pelos como escarpias.

—Me la he dejado en Asgard antes de venir.

—¿Qué? —Y dale, yo seguía idiotizada perdida.

Se rio un poco—. ¿No tienes ni idea de lo que te hablo, verdad?

Levanté las manos, sabiéndome toda una ignorante al respecto—. No mucho, la verdad. ¿Así que eres Thor? —le dije en un tono que ahora sí pretendía ser muy seductor.

El caso es que me sentía seductora aquella noche, con mi vestido verde de Bottega Veneta, que no era el más bonito de mi vestidor, pero sí el más putón putonazo, mis tacones de vértigo, mi cabello leonino a lo loco y mis morros de «bésame, tonto». Paradójicamente, todo lo acontecido en las horas anteriores me habían revivificado; mi piel brillaba cual seda salvaje (asalvajada estaba yo y el pobre chico no tenía ni puta idea); las ondas de mi cabello flotaban sensuales como una nube esponjosa, mi descaro se había multiplicado por infinito con el pasar de las horas; ya no era la Cam mojigata, no, ahora era la súper Cam, la reina de la noche, la loca del coño, me había llenado de una irresistible belleza amazónica, un aura de poderío y un power que no parecía ni mío.

—Más bien soy David, alias Thor en mis ratos libres —respondió usando el mismo tono. ¡Vaya, aquí había conexión!—. David Bravo —se presentó acercándose para besarme las mejillas—. ¿Y tú, Reina Roja, cuál es tu verdadero nombre? —dijo justo antes de plantarme tan solo un beso casi encima de la oreja.

Los besos en los orificios auditivos son lo más humillante del mundo, son como hostias en el cielo de la boca que te dejan medio lelo. Es tan humillante para el que los recibe como para el que los da (a nadie le gusta besar fábricas de cera), pero este héroe vikingo lo tenía todo perdonado desde el día que nació, su besito de la muerte cerebral era pecata minuta, y su apellido hacía verdadero honor a lo que yo estaba pensando en ese momento: ¡bravoooooo, bravooooooo!

—¿Eh? Pues… Cristina Márquez —respondí un poco aturdida por su fuerte olor a patatas fritas. Conforme lo dije, ya estaba arrepentida, ese no era mi verdadero nombre, pero es lo que tiene practicar, llevaba algo así como una media hora repitiéndome aquel nombre como si fuera un mantra y me había salido solo con abrir la boca.

—Encantado de conocerte, Cristina.

—Y yo, o sea que sí… eso… encantada de conocerte a ti también, David Bravo.

—Perdona —una mujer con un niño pequeño nos interrumpió, dándole unos golpecitos en el hombro a David—. ¿Te importaría hacerte una foto con mi hijo? Es que le encanta Thor.

David, como toda respuesta, se encogió de hombros y asintió un tanto cortado.

—¿Cómo te llamas, chavalote? —le preguntó al crío que lo miraba con los ojos abiertos por la emoción.

—Iker.

¡Ahí va, como Iker Jiménez Elizari! Y ojo al dato: sé el nombre completo de este famoso especialista en temas de lo sobrenatural, misterios, espiritismo y OVNIs. Eso, sin duda, debía ser un aviso del más allá.

—Anda, qué guay, como Iker Casillas, mi portero favorito —lo alabó David revolviéndole la cresta.

Qué vaya gusto tenía la madre, plantarle esa peineta al crío, y él tan feliz. Bendita ignorancia.

—¿Nos haces tú la foto? —La madre me pasó el móvil.

—Claro, sí, por supuesto.

Se colocaron los tres ante el objetivo: David, alto y guapo, tan fuerte, tan macizo, tan Thor; la madre a su lado no dudó en echarle la mano a la cintura aprovechando la ocasión, ¡ay, las madres!; y el niño delante de los dos sonriendo como una comadreja sin dientes, y les hice varias fotos.

—Muchas gracias. ¿Tengo que darte algo? —dijo la mujer empezando a abrir el monedero.

Él se rio ante tal comentario y a mí de repente una pensamiento escalofriante me cruzó la mente. No, por favor, algo así de friki podría aniquilar toda la existencia de mi libido por muy bueno que estuviera David.

—No, claro que no, ha sido un placer —respondió dándole otro refregón al crío en el pelo, que se fue más contento que unas pascuas dando saltitos de la mano de su madre. David me miró y se encogió de hombros—. Gajes del oficio.

—¿Trabajas en la Puerta del Sol? —le pregunté con el corazón en un puño. Tenía que saberlo. Por un momento había visionado a David uniformado de Thor practicando pressing catch con Bob Esponja y Patricio y era algo que tenía que descartar cuanto antes.

Estalló en una sonora carcajada.

—No. Qué va.

Aliviada, solté un suspiro de padre y señor mío—. Entonces ¿a qué se debe tu ropa? —le pregunté aún con mis dudas mareándome el pensamiento. Deseé con toda mi alma y corazón que su explicación tuviera cierta lógica.

—¿Es que no es de su agrado, majestad? —preguntó inclinándose cortésmente y mis ojos, que son pura lascivia, se detuvieron más de lo necesario en su bulto, tan prominente y tan bien definido por el leve tejido de las mallas, que parecía haber sido esculpido por el mismísimo Miguel Ángel. David se dio cuenta, pues sonrió golfo ante mi mal disimulado escrutinio, y voila!, de nuevo apareció ese delicioso hoyuelo.

—De haberlo sabido hubiera venido con mi disfraz de Wonder Woman. —Disfraz que no tengo y hubiera tenido que improvisar con unas maxibragas, un top de bikini y una diadema de los chinos customizada—. Esta noche hubiéramos triunfado más que una Coca-Cola en el desierto.

—Pues es una lástima, la verdad. —Y ahora fue él quien me hizo un buen repaso general—. Nada me hubiera gustado más que verte con un mono de licra pegado al cuerpo.

—Si quieres me lo pongo, mi piso no queda nada lejos de aquí —le provoqué un poco y ese delicioso hoyuelito, que ya me tenía enamorada, volvió a manifestarse.

—Pues ya que lo dices, no me importaría pasar por tu piso.

—¡Ah, vale, pues vamos! —dije con tanta celeridad, que ni me dio tiempo a pensar en el alcance de su propuesta, ya que por una parte yo no pensaba, ni de coña, quitarme el vestido que me había puesto para la no cita. Lo mío me había costado ajustar las cintas del empestillado corsé; es posible que hubiese cogido algunos kilillos desde su adquisición, cinco o seis, qui lo ça, pero es lo que tiene acomodarse. Uno se acomoda y pierde los buenos hábitos: comer verduras e ir al gym pasan a un segundo plano cuando uno se compromete en serio. Y, por otra parte, estaba el hecho de que invitar a un desconocido a tu casa cinco minutos después de haberlo conocido puede suponer un acto un tanto peligroso. Pese a ello, nada hice por evitarlo, tal vez porque no encontré las palabras para negarme o simplemente porque no quería hacerlo; me dejé llevar por una vez en la vida. Si tenía que ser descuartizada, al menos, que fuera a manos de un tío bueno y no de un espécimen a lo Bardem hormonado, pues eso último culminaría mi crónica diaria de catástrofes, entrando por la puerta grande en el libro de los récords sin jurado.

—Espera un momento… —Me retuvo del brazo—, voy a por mi macuto. He aparcado aquí mismo —dijo señalando el final de la calle.

—Está bien, te acompaño.

Estaba bastante intrigada por su deseo de ir a mi piso; igual la idea era un poco arriesgada, aún no lo conocía más allá de su evidente atractivo. Pero si mi querida abuela psicótica no me había mandado señales de que pudiera ser un depravado o un asesino, podría correr el riesgo. O pensándolo bien, mi querida abuelita nunca había sido bicho de fiar, de ahí mi supuesta intolerancia al gluten de sus galletas caseras; lo más probable es que desease para mí una muerte prematura para seguir puteándome en el más allá. Yo sería la ama de llaves de la mansión de los señores Satanás, y mi abuela me ordenaría tareas tediosas y agotadoras vestida con boas de colores y profiriendo carcajadas maquiavélicas. #prayforbibi.

Me cedió el paso y, al hacerlo, acomodó su mano por detrás de mi cintura, apenas sí me rozaba, no era un gesto dominante sino más bien un acto galante para conducirme con él, pero sentí una deliciosa sensación recorriéndome la zona.

—Vengo de una fiesta de cumpleaños, la de mi sobrino; cinco ha hecho el enano —se explicó mientras andábamos uno junto al otro—. Y es un gran fan de Thor, así que… —chasqueó la lengua—… no pude negarme.

Por el tono de su voz supe que adoraba a ese mocoso. ¿En serio? ¿Se había disfrazado así solo por contentar a su sobrinito? Casi me lo comí con los ojos, buscando su martillo… Me encantan los hombres sensibles, cariñosos con los niños. Esta era, sin duda, la señal que estaba esperando; un tío así no podía ser un pirado amante del cine gore.

—Vaya, y yo pensando que era tu forma habitual de vestir. Entonces… ¿no quieres que me ponga a tu altura y saque mi disfraz de heroína del siglo XXI? —Me detuve para abrirme un poco el abrigo y pudiera admirar mi vestido.

Abrió los ojos, impresionado, lo sé, tengo unas tetas impresionantes, son grandes y redondas, como balones de reglamento, y aquel corsé modernizado de fulana del siglo XVIII no dejaba mucho lugar a la imaginación.

—Lo cierto es que me gusta mucho como vas. Estás muy guapa. Nunca hubiera imaginado que una mujer pudiera ganar tanto sin maquillaje. —Me lanzó una sonrisa burlona.

Me eché a reír. La foto que había elegido para la web de EmparéjaMe era bastante enigmática. No era ni de lejos la mejor de mi lista de selfies, que contaba fácilmente con más de mil, pero mi intención había sido no desvelar mucho sobre mi persona. Pertenecía a mi álbum de Facebook del carnaval de 2011, cuando decidí disfrazarme de la Reina Roja y era bastante improbable reconocerme bajo aquel kilogramaje de maquillaje blanco. Me pareció divertido colocarla en mi perfil para darme un sintomático misterio y además combinaba a la perfección con mi nick.

—¿En serio? Pues normalmente me dicen todo lo contrario: que gano mucho maquillada.

—Eso es porque no saben mirarte.

—Y tú sí sabes, ¿verdad?

—Por supuesto, tengo rayos X.

—¿En serio? —desconfié siguiéndole la broma—, creía que ese poder era de Superman. ¿Te estás quedando conmigo?

—Me has pillado —me guiñó un ojo—, no sé qué poderes tiene Thor, aparte de volar y la fuerza de su martillo.

—¿Y es muy grande tu martillo? —¡Mierda! ¿Lo había dicho? ¿Lo había dicho en voz alta, verdad que sí? Síiiii… Y no solo eso, además lo había soltado con mi voz de supergolfa, la que solo uso en mis sesiones mensuales de sexo tántrico. Lo miré de reojo y él lo había captado, por supuesto que sí, y hasta parecía estar pensándose una respuesta. Con la rapidez de un puma le tapé la boca con mis manos antes de que dijera nada—. No hace falta que respondas a eso. Soy una idiota por preguntar semejante cosa.

Y se produjo «un instante» cuando nuestros ojos se encontraron. Apenas un roce de pupilas; nada apreciable para cualquiera fuera de nuestro pequeño círculo de dos. Cataclismo existencial. Y me explico: hay «instantes» e «instantes». Los «instantes» es cualquier espacio de tiempo nimio que sucede en tu vida sin ninguna trascendencia, uno más de millones de millones, mientras que un «instante» es una milésima  de segundo en la que se produce un algo que cambiará el resto de tu existencia. Fue fugaz, casi imperceptible, un beso minúsculo pero profundo con las miradas de apenas una fracción de segundo. Casi se me derriten las bragas y se me pegan a la piel como la cera caliente de depilar en ese «instante».

David se mantuvo callado durante unos segundos, cuando volvió a hablar sonó decepcionado:

—¿Por qué? ¿Es que no quieres saberlo?

—Sí… —¡Mierda!—, ¡no! Bueno… sí.

Y se rio. Se rio con ganas. Fue una carcajada prolongada que le iba de la cabeza a los pies de un modo sumamente contagioso. Y yo adoré esa carcajada al momento: una dulce y penetrante risa de loco capaz de conquistar a la más siesa. Hay que ver lo que se reía, pero qué bien le quedaba. No podía parar de reír, al poco reía yo también contagiada por su risa.

—Es que me lo has puesto a huevo —dije cuando dejamos de reír.

—Sí, los huevos suelen estar justo detrás del martillo —dijo guiñándome de nuevo el ojo.

—Eso me han contado —me hice la inocente.

—Aquí está. —Señaló con la mano una furgoneta azul Volkswagen T2.

No entiendo mucho de furgonetas, no sabría diferenciar casi ningún modelo, pero da la casualidad de que perdí mi virginidad en el asiento trasero de una Volkswagen T2 Camper del 80. Un hecho bastante traumático, que marcó un antes y un después en mi vida sexual, al equivocarse el afortunado desvirgador de agujero a penetrar. Que te enchufen a toda mecha un palo de carne por el ano sin anestesia es equivalente a sentir un cohete incandescente entrar por tu intestino grueso. Llegué a casa con la cara descompuesta y unos andares de tullido en rehabilitación que hicieron clamar al cielo a mi madre, una señora que todo lo arregla con sopa de cebolla e ibuprofeno, remedios que no hicieron más que empeorar el estado de mi magullado culo, cuando la sopa y el medicamento fermentaron en mi estómago produciéndome una diarrea de concurso que me mantuvo pegada al váter casi una semana.

David sacó una bolsa de deporte del asiento del copiloto y se la colgó al hombro.

—¿Ahí es dónde guardas tu capa prodigiosa? —pregunté, señalándosela.

—No, aquí llevo mi ropa de humano cuando no estoy de servicio.

—Pensaba que la llevarías debajo del equipaje de superhéroe.

—Pensabas mal. —Me sonrió deslizando sus ojos por mi cara—. ¿No te importa que me cambie en tu piso, verdad? Es que no me ha dado tiempo a hacerlo antes de venir y no quería llegar tarde a nuestra primera cita.

¿Primera? Si decía primera, es porque de algún modo David ya se estaba planteando al menos una segunda cita y a su vez estaba dando por hecho que yo también.

—Venga, va, seguro que lo has hecho por impresionarme —le piqué un poco.

—Puede. ¿Lo he conseguido?

—Creo que sí. Nunca nadie me había causado tanta impresión a primera vista —le reconocí.

—¿Eso es bueno?

—Sí, lo es.

—Pensaba que si venía disfrazado iríamos a juego, pero tú no has traído tu traje de Reina Roja —dijo aparentando una gran contrariedad; me reí—. ¿Por qué pusiste esa foto en el perfil de EmparéjaMe?

—No tenía otra mejor —mentí—, soy muy poco fotogénica. —Asintió pensativo—. ¿Qué?

—Fue el detalle que me hizo aceptar tu proposición.

—¿De verdad?

—Sí. Da la casualidad que Alicia en el país de la maravillas era el libro que casi siempre me leía mi madre cuando era pequeño. Tengo debilidad por la Reina de Corazones, siempre he pensado que era un alma incomprendida.

—Claro —convine—, ella solo quería cortar cabezas porque la gente que habitaba el país era más fea que los juanetes de los  pies de Falete. Yo hubiera hecho lo mismo de estar en su lugar.

—¡Exacto! Creo que siempre estuve enamorado en secreto de ella.

—Pues no entiendo por qué, era un cardo borriquero con la cabeza gorda como un conejo con mixomatosis.

—No, por supuesto que no lo era. Eso lo dices porque en tu mente está la imagen de la película de Disney, pero ella no era así —la defendió con tono ofendido.

Estaba muy guapo cuando se ofendía. Así que decidí seguir picándolo por un rato:

—Pero esa cabeza hidrocefálica tira para atrás a la mismísima Peppa Pig y su cara de secador de viaje. No creo que con semejante cabeza pudiera ser hermosa.

—Para mí sí lo era —dijo un poco nostálgico.

—Eres un poco raro, David. Espero que el tamaño de mi cabeza no te haya decepcionado.

—No te digo que no sea un poco raro —me sonrió— y tu cabeza no me decepciona, es mucho más interesante de lo que podría haber imaginado, aunque mirándote bien… —se hizo hacia atrás para tomar perspectiva de topógrafo—… creo que sí eres un poco cabezona.

La madre que lo parió; me acababa de llamar cabezona en mi propia cara. Bueno, un poco cabezona sí que soy, porque yo todo lo que me propongo lo consigo, cueste lo que cueste. Y como no era plan de sacar mi lado gremlin tan pronto, se lo perdoné y le sonreí, pero solo porque era nuestra primera cita, porque estaba como un queso, porque ese hoyuelo me estaba poniendo frenética y porque iba vestido como Thor y era aconsejable ser amable con el señor superhéroe, no fuera que me noqueara con el martillo; aunque bien pensado, si me quería noquear de la manera que yo tenía en mente, le hubiera dejado que me diera todos los martillazos que hubiese querido hasta empotrarme contra la pared.

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