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Alicia en el país sin wifi.

Aliciaebook (3)

No sé qué me das… en Santo Domingo

—No contestes —me pidió Alex, entre jadeos, al oír el móvil tronando No sé qué me das en la inmensidad de mi capazo de croché ecológico.

Había elegido esa canción, como tono de llamadas, porque me recordaba tanto a Alex como a la película que acabábamos de rodar ambos, y donde nos habíamos conocido profesional, personal e íntimamente. Las dos cosas más grandes que me habían pasado en los últimos meses. Era una canción con muy buen rollo y me daba buenas vibras, pero en aquel momento, como una oscura premonición de Cuarto Milenio, esa canción acabó con la sensación de paz que tanto me había costado conseguir tras ocho semanas de rodaje.

—No entiendo por qué no puedes dejar el móvil apagado. Estamos de vacaciones en Santo Domingo, el puto paraíso. Disfruta, Ali. Olvídate del móvil y de todas las jodidas redes sociales en las que estás registrada —añadió, viendo que suspendía de golpe el frotis y me inclinaba a un lado para recoger el capazo del suelo y buscar dentro.

No podía. Era un poderoso imán que me atraía con su magnetismo omnipotente, como un pastel de fresas y nata a un enjambre de moscas. Con cierto hipnotismo y nepotismo acaparaba toda mi atención tan pronto repiqueteaba con algún aviso. Debería desactivarlos, lo sé, pero no podía; era escucharlos y sentir el aguijón de la primaria necesidad pinchándome los dedos ávidos de sentir su tacto, deslizar el dedo por la suave pantalla, descubrir el origen del aviso, leer el mensaje y responder.

Llegados a este punto, pongámonos primero en mi lugar. Yo era Alicia Trevi y me debía, en gran parte, a mis fans. Estaban esperando mis «Me gusta», mis RTs, mis comentarios… No podía pasar de ellos sin más. Se contaban por millares, a pesar de que todavía era una actriz emergente, aún desconocida en esa nueva faceta por mis seguidores.

La película que acababa de rodar iba a ser mi trampolín al cosmos cinematográfico, tras haber arañado algunos trabajillos en publicidad televisiva. Que cantaba bien y tenía chispa ante la cámara, nadie tenía dudas, por eso, pese a que no gané el concurso de moda, Por tu cara bonita, había obtenido el favor del público, siendo la preferida imbatible durante varias semanas. De eso hacía ya un par de años y de ahí la mayor parte de mis seguidores en las redes. Pero no lo gané y, por tanto, no logré el contrato para la producción de un disco, el que sería mi primer álbum y el que conseguiría llevarme al estrellato del panorama musical nacional. No obstante, sí conseguí un agente artístico cojonudo, que me animó a no tirar la toalla y a perder algo de peso y enrolarme en un gimnasio, que parecía regentado por el mismísimo Leónidas y sus leyes espartanas, pero que cumplía la promesa de su eslogan con el mismo rigor que entrenaba a sus feligreses, te dejaba hecho un pincel en tres meses. Eso sí: adiós a las grasas saturadas de por vida y hola a las proteínas sanas y ricas. Ricas en salud, claro. Y pese a que no estaba a lo Rosa de España en sus inicios, sí que contaba con unos buenos jamones a conjunto con un flamante trasero de chica recia, que fueron menguando hasta su mínima expresión a golpe de zumba y pilates.

Hasta entonces había sido administrativa en una empresa de pinturas y disolventes, horas y horas sentada y pocas distracciones, era muy buena en mi trabajo e incluso estaba cómoda en él (mi silla ergonómica hacía su buena labor). Cerca de casa, salario normalito, trabajo rutinario, esas cosas… pero no me satisfacía a nivel personal, por lo que animada por mis amigos me presenté al casting de un concurso nuevo que por aquellos días prometía romper los shares de audiencia.

Yo, a decir verdad, no daba un euro por mi persona, pero ellos me convencieron de que sí merecía la pena afrontar el reto y, al final, me dije: «Tú puedes, Alicia, que a positivismo no te gana ni un catión». Es curioso cómo las cosas que más miedo nos dan terminan siendo las mejores decisiones de nuestra vida. Y así fue. Con algunos kilos más y algunos músculos menos (vaya, estarían ahí, aunque no de forma visible), arranqué con ilusión y mucha esperanza ciega un incierto proyecto de carrera profesional artístico. Debo decir que yo siempre había querido ser cantante y a ser posible de musical, así pues, le dije a mi madre: «Mamá, quiero ser artista», tal cual, y me piré a Madrid, donde tenía lugar la última tanda de pruebas de selección y con ella mi última oportunidad de entrar a formar parte de aquel tinglado. Y tuve la suerte de que me seleccionaran, o no, la suerte no se tiene, la suerte siempre sale al encuentro de quien la busca, pero así fue cómo dejé de ser, en parte, Alicia Garrido y me convertí en Alicia Trevi para el inmenso público español.

—Tengo que mirar, pero tú no te muevas, cariño —dije ansiosa por la curiosidad, hurgando en el capazo, apartando con descuido el vestido, la pamela, la funda de las gafas de sol, el neceser, el protector solar, la manzana que había cogido del bufet del restaurante… hasta dar con mi maravilloso pPhone, en el fondo y boca abajo—. Puede ser algo importante —comenté mirando la pantalla.

—¿Quién es? —preguntó Alex antes de estirar el brazo para coger su copa de mojito de encima de la mesita, luego le dio un sorbo con una pajita multicolor con sus adorables morritos de tío bueno.

Y hablando de Alex un poco, hace solo dos años, yo solo podía soñar en bidimensional con que un tío como él quisiera tener algo conmigo, y ahora lo tenía a mis pies, vaya, a mis pies no (ja), pero sí entre mis piernas. Alaska iba ya por el estribillo y Alex palmeó las sílabas de la letra sobre mi trasero desnudo con su mano libre.

—No lo sé —le respondí—. El prefijo es el 34 y en España no son ni las ocho.

Y nadie me llamaría desde España a esas horas si no fuera algo de vital importancia.

Antes de volver a sorber de su mojito, Alex dijo:

—Apágalo. Te lo digo muy en serio, estoy hasta los cojones de tanto pitidito todo el día, parece que estamos en una feria ambulante.

Tenía la mano paralizada sujetando el móvil mientras decidía si respondía o no.

—¿Y si es algo importante? —insistí.

—¿Importante? Todo puede esperar, menos esto. —Miró lastimosamente hacia sus partes bajas, donde nuestros cuerpos seguían encajados como dos piezas de Tetris, y movió un poco la cadera para recordarme que todavía estaba listo para el combate.

—¿O algo malo? —añadí.

—¿Peor que nos haya jodido el polvo? —me increpó de morros, dejando la copa sobre la mesita para aferrarme con fuerza los muslos con ambas manos y comenzar a amasarlos.

—No lo sé.

Fangoria seguía a lo suyo: «No sé qué me das, que me hace volar, no sé qué me das…» y yo clavé la vista en la pantalla.

«Que le pase algo a mi madre», pensé. Mi madre era mi única familia. Llevábamos mucho tiempo siendo solo nosotras dos, toda mi vida, para ser más precisa. Siempre habíamos sido ella y yo. Yo y mamá. Teníamos un vínculo especial más allá del congénito, en muchos aspectos mi madre no solo era mi madre, era mi mejor amiga, aliada y consejera. Y si se trataba de algo relacionado con ella, esa llamada era más que sagrada.

Habíamos hablado por teléfono la noche anterior, y la de antes, y la antes, y la de antes, no, porque la habíamos pasado juntas, pues había ido a verla, tras el fin del rodaje, antes de subirme en un avión rumbo al Caribe para disfrutar de unas merecidas vacaciones con Alex, mi novio supongo, aunque todavía no lo habíamos hecho vox populi en las redes sociales, cosa que yo estaba deseando con ansia viva y no sabía cómo había podido ocultarlo tanto tiempo, me quemaban las yemas por teclear la noticia. Quería gritar a los cuatro vientos que Alex Crespo, el actor de moda tras ganar el Goya a actor revelación de 2017, era mi chico, que yo Alicia Trevi se estaba beneficiando (y de qué manera) de todos los músculos de Alex, el macho más deseado por todas las mujeres españolas de entre dieciocho y cuarenta años.

Sin duda, Alex era el guapazo que cualquier mujer desearía llevarse a la cama y durante cuarenta noches, menos cuatro, había deshecho la mía a base de bien. Tenía una entrega. ¡Dios mío de mi vida cómo se entregaba! Y eso que me estaba haciendo ahora me volvía loca. Looocaaa. Qué boca tenía y qué bien sabía usarla para darme gusto. Estaba medio incorporado con la cabeza inclinada sobre uno de mis pezones y tras buscarlo con los labios, lo había lamido primero como una bola de helado para luego chuparlo con avidez. Luego mordisquitos, estirones, más lametones y dale y dale, él sabía, hasta que las sensaciones desembocaron en una explosión de placer que se extendió por mi vientre buscando nuestro punto de conexión.

A la mierda la misteriosa llamada. Solté el móvil sobre el colchón y me pegué contra su torso de anuncio de bañadores para comerle la boca mientras retomaba el galope ligero de sus caderas en busca y captura del roce perfecto de su sexo y el mío. Allá voy, allá voy, que voy, que voy, que voy, voy, voooy, vooooy, me voooooy, me voooooy…

—No dejes de pellizcar —le rogué dirigiéndole la mano hacia mi pecho, pidiéndole un poco de caña brava.

—Ali, qué bien te mueves —me susurró mientras haciendo pinza sobre un pezón, tiraba de él hasta ese punto donde el dolor es tan agradable como agudo y no sabes si pedir más caña o aflojar porque sientes que te vas a desmayar del gusto.

Se me aflojaron las rodillas, perdiendo el ritmo, pero daba igual, porque Alex había asumido el control y estaba empezando a embestirme desde abajo hundiendo su polla despacio en mí, como pidiendo permiso para entrar, acoplándose, poco a poco y suavecito, con cada golpe de cadera.

«Es que me hace volar. Como el águila que vuela en libertad. Sobre el valle lejos de la tempestad. Como el viento cuando cruza la ciudad. Con el rumbo fijo y sin mirar atrás.»

Sin poder evitarlo, mis ojos buscaron el móvil entre las sábanas.

—¿Otra vez, Ali? —me preguntó Alex, levantando con brusquedad la cadera para clavarme la erección hasta los riñones. Ahí, sin compasión. Él podía. Tenía the power of the universe to fuck me—. Esto es más urgente. —Yo, en respuesta, contraje los músculos de la vagina volviendo a fijar la vista en su rostro—. Mmmmm, eso me gusta. —Se mordió el labio mirándome juguetón.

—¿Quieres más… —Dejé la frase en el aire con un jadeo, al sentir su polla creciendo aún más en mi interior tocando todos mis puntos neurálgicos, metafísicos, espirituales… Ese era su poder. ¡Viva Alex y la madre que lo parió! (yo todavía no tenía el placer de conocerla, pero seguro que era una santa).

«Como una granada a punto de explotar. No sé qué me das.»

—¡¡Joder, haz que se calle ya!! ¡Me dan ganas de estamparlo contra la pared! —gritó, agarrándome con fuerza las caderas para dirigir de nuevo el movimiento—. Me está desconcentrando. Así no hay quién eche un polvo en condiciones.

No hizo falta, en ese momento el móvil se quedó en silencio y Alex volvió a recuperar el ritmo. Me aferró con posesión el trasero, clavándome los diez dedos en las nalgas y embistiéndome con fuerza hasta que comenzaron los espasmos de un orgasmo extraordinariamente placentero y… Puede que solo sea artificial. Puede que a mi manera, me sirva para olvidar. Prometí que nunca volvería a caer. Pero esta vez no lo quiero evitar…

—Voy a tirar el puto móvil por la ventana —gruñó mientras se corría entre jadeos, y yo, sin esperar a que terminara de descargarse, me bajé de un salto de sus caderas para recuperar mi pPhone de entre las sábanas.

Deslicé el dedo por la pantalla para desbloquearlo y le di a responder, por fin.

—¿Diga? —respondí recuperando aún el aliento.

—¿Es usted Alicia Garrido Sempere?

—Sí, soy yo. ¿Quién es usted?

—Francisco José Coloma Aparicio, soy el abogado de su abuela.

Por unos segundos me quedé confundida.

—Perdone, debe haber un error, yo no tengo abuela.

—Supongo que es correcta su afirmación, ya no la tiene, falleció ayer por la tarde.

—¿¡Cómo!?

—Su abuela.

—Pero ¡que no tengo abuela ni muerta ni viva! —Me comí un «joder»—. Que mi abuela murió hace mucho tiempo, nunca la llegué a conocer. Que usted se ha equivocado de Alicia Garrido Sempere.

—¿Es usted la hija de Manuela Garrido Sempere? —siguió con su tono profesional de letrado (no me perturbo, aunque me claves un tacón de aguja en el dedo pequeño del pie).

—Sí, esa es mi madre.

—Pues su madre, Manuela Garrido Sempere es la única hija de mi cliente, la fallecida, Virginia Sempere García.

Me masajeé la cabeza tratando de acomodar en mi cerebro la información que este señor de voz petulante me acababa de comunicar. Suspiré y lancé una mirada hacia Alex, pero ya se había levantado de la cama y se había metido en el baño para darse una ducha. Lo que yo necesitaba en aquel momento; en Santo Domingo se sudaba una barbaridad con solo pestañear tres veces seguidas.

—A ver… es posible que sí tenga abuela, pero no la conozco de nada. No tengo ninguna relación con ella y mi madre tampoco. Así que, en realidad, lo que usted tenga que decirme, no me importa.

—Pues debería.

—Pues lo siento, pero no.

—Usted es su heredera legítima y, aunque no quiera aceptar la herencia, debe personarse aquí para la lectura del testamento. Si, tras escuchar las últimas voluntades de la señora Sempere, desea declinar la herencia, puede hacerlo, pero deberá firmar entonces los documentos legales de renuncia.

—¿Y cuándo tengo que estar allí? Estoy de viaje en el Caribe.

—Como muy tarde, mañana. En las últimas voluntades de mi cliente hay una postulación expresa en la que se manifiesta que si usted desea aceptar la herencia debe haberse hecho cargo del sepelio en primera instancia.

—¿¡Qué!? Ya le he dicho que paso de esa herencia. Que se ocupe otro del funeral de esa mujer, que yo ya iré a firmar esos papeles si me parece cuando regrese de mi viaje… ¿y dónde es eso?, si se puede saber.

—El acto oficial de lectura tendrá lugar, tras el entierro de la señora Sempere en el cementerio municipal de Villa Maravilla, en el domicilio habitual de mi cliente, ubicado en dicho municipio.

—¿Y por dónde para Villa Maravilla?

—En la provincia de Albacete.

—¿¡Albacete!?

Pero ¿qué se me había perdido a mí en Albacete?

—Así es.

—Ya, bueno, pues ya le he dicho que no me interesa esa herencia, así que, que se haga cargo cualquier otro del entierro y punto.

—¿Está segura?

—Segurísima.

—¿Usted va a renunciar a una herencia desconociendo el alcance de la misma?

—No será mucho, digo yo.

—Y si le dijera que está «diciendo mal».

—¿Me va a decir usted de cuánto estamos hablando?

—No puedo hacerlo, para conocer ese dato debe personarse allí mañana, encargarse del funeral de su abuela y, luego, presentarse en la lectura del testamento.

—¿Y no me va a dar una pista?

—No puedo darle números concretos.

—Pues nada… no voy.

El abogado se mantuvo en silencio durante unos segundos, finalmente habló:

—Piense en algo caro que a usted le gustaría comprar.

Vaya dilema. Algo caro. A ver, a ver, a ver…

—Un Merchedes clase C —respondí.

—Buen gusto.

—Gracias.

—Con la herencia líquida podría comprarse varios.

El pPhone se me cayó de las manos de la impresión.

—¿Qué quiere decir con «líquida»?

—El dinero en cuentas disponible. No le digo más.

—¿Me da usted una hora para pensármelo bien?

—De acuerdo, una hora, no se demore mucho más, si usted renuncia verbalmente, tendré que llamar al siguiente de la lista de herederos.

—Pero ¿es que hay más?

—Sobrinos. Pero usted es la primera. Es la heredera primera y absoluta de toda la herencia de la señora Sempere en caso de aceptarla. —Su forma de enfatizar la palabra «toda» me persuadió finalmente de que se trataba de una herencia muy golosa y nada desdeñable—. La primera, pero no la única, no lo olvide, y sus otros posibles herederos no están tan predispuestos como usted a rehusar tal regalo del cielo.

—De acuerdo, en menos de una hora tendrá mi respuesta.

Acto seguido llamé a mi madre. Tenía que explicarme unas cuantas cosas. Di gracias a que fuera sábado y que no estaría trabajando, envasando morcillas o chorizos, y tener que esperar a las nueve de la noche, hora oficial de nuestro acto de comunicación madre-hija, hora en la que mi madre llegaba a casa tras una jornada de doce horas seguidas en una empresa de embutidos. Embutidos que nos habían mantenido a las dos hasta que volé del nido tras el concurso y me mudé a Madrid definitivamente para triunfar por la puerta grande, vaya, más o menos, si se puede llamar de ese modo a trabajar de camarera en un pub de Malasaña mientras hacía castings esperando que me surgiera la gran oportunidad en un musical de Gran Vía, pero mi oportunidad se hacía esperar y ya estaba a punto de volver al abrigo de sus alas cuando Rúper, mi agente artístico, me hizo la gran llamada: unas pruebas para una comedia romántica musical. La repera, y me eligieron a mí, a mí, a mí, entre más de doscientas candidatas de ojazos marrones, cara de panquemao, trasero opulento y bonita voz.

En tres tonos la tuve en línea.

—Hola, cariño, ¿qué tal todo por Santo Domingo? ¿Hace bueno? Aquí empieza a hacer bastante frío y estoy sacando la ropa de invierno de los altillos.

—Sí, todo bien, mamá.

—Me alegro, ¿cómo es que me llamas tan pronto? —preguntó apurada. Supuse que estaba cargando algún fardo mientras hablaba con el móvil pegado a la oreja.

—Me acaba de llamar un abogado de Albacete, que según me ha dicho es el abogado de mi abuela. O era, porque la ha palmado. ¿Tengo abuela? ¿O la tenía? —Fui al grano.

Escuché un golpe sordo por respuesta.

—¿Mamá?, ¿mamá?, ¿¡mamá!?

Tardó unos segundos en responder.

—Se me ha caído el teléfono. —El tono de su voz se había congelado.

—¿Estás bien, mamá?

—¿¡Ha muerto!?

—Sí, ayer por la tarde.

—Dios… —enmudeció de golpe y al poco escuché como si estuviera llorando.

—Mamá…

—Dime —respondió con un hilo de voz al cabo de unos segundos.

—¿Es verdad? ¿Esa señora de Albacete, Virginia Sempere, es tu madre?

—Lo fue alguna vez.

—Lo siento. —Me apené por mi madre, después de todo esa señora era la suya.

—Bueno, estas cosas pasan, todos morimos. No tenía noticias suyas desde hace muchos años, y no sabía si estaba viva o muerta. La noticia me ha afectado más de lo que esperaba.

—No sé, yo pensaba que estaba muerta y enterrada hace mil años. Eso me dijiste.

—Lo estaba metafóricamente. La di por muerta en mi vida cuando me fui del pueblo.

—¿Villa Maravilla?

—Sí —suspiró profundamente—. ¿Por qué te han llamado a ti?

—Soy la heredera legítima.

—Vaya, parece que me saltó olímpicamente, yo también debía estar muerta para ella —recuperó un poco su ánimo habitual.

—Eso parece —dije pensando en por qué habría sido desheredada mi madre y por qué nunca me dijo que tenía una abuela viva. Siempre había pensado que éramos solo dos, como Bonnie and Clyde, como Epi y Blas, como Kim Kardashian y su pandero…

—¿Y qué tienes que hacer?

—Ir mañana a ese pueblo, oficiar el entierro y presentarme en la lectura del testamento que tendrá lugar en su residencia habitual.

—¿Y piensas ir?

—Me lo estoy planteando en serio. Me ha dicho el abogado que la herencia es grande. ¿Es posible que sea grande?

—Sí, muy posible. Cuando me fui de allí era dueña de muchas tierras, un molino, una almazara… Puede que conservara todo eso y quién sabe si tendrá más. No lo sé.

—¿Crees que debería ir?

—Todo eso es tuyo. Te pertenece legítimamente.

—Y tuyo, mamá.

—Yo no quiero nada.

—Entonces, si decido ir, ¿no piensas acompañarme?

Al otro lado de la línea, ella guardó silencio por espacio de unos instantes.

—Lo siento, pero no.

—Pues si tú no vienes, yo tampoco pienso ir.

—Ali, ve y recoge lo tuyo.

—No quiero.

—No me seas cabezota.

—Me viene de genética. La culpa es tuya por hacerme así.

Rompió a reír.

—Mira que eres.

—Soy como tú, cagada a ti. Si no vienes conmigo, no voy, y si no voy, a esa mujer no la entierran —mentí a la desesperada en un intento de convencerla.

—¿¡Qué dices!?

—Lo que oyes que, si no voy, no la entierran y esa mujer se quedará por siempre tumbada en su cama como una reliquia hasta que las gallinas le coman los ojos.

—Pero ¡qué dices! No hagas bromas, Ali, que esto es muy serio.

—Bueno… no, sí la entierran, pero si no voy, directamente me tachan de la lista de herederos y llaman al siguiente candidato.

—Tú verás, decide tú. Yo no voy.

—Pero qué cabezota eres. ¿Por qué no superas el odio o rencor o lo que sea que te carcome el alma y me acompañas? Te lo pido «por favor».

—No tengo que superar nada. Mi alma está perfecta —me replicó molesta—. Es que no quiero volver allí.

Solté el aire, disgustada, sabía que no iba a convencerla, pero tenía que intentarlo una vez más, con un poquito de chantaje emocional, así que le dije con voz de profunda pena:

—Claro y prefieres pasar de mí.

—Cariño, no paso de ti y lo sabes. Eres lo más importante para mí en esta vida, pero no me pidas que vuelva a Villa Maravilla. —Y colgó, dejándome con cara de «¿eing?».

Tras eso me puse a hacer cuentas mentalmente (eso era lo mío, además de darle al cante), tratando de calcular de cuánto podía estar hablando el señor letrado. Varios Merchedes clase C. ¿Cuántos? ¿Dos? ¿Tres? ¿Diez? En realidad, igual daba, estábamos hablando de miles de euros. Miles de euros que no me vendrían nada mal. Y total, era ir a ese sitio, a Villa Maravilla, ¿no?, en Albacete, ¿¡Albacete!?, enterrar a la vieja antes de que las gallinas le comieran los ojos y decir que sí cuando leyeran la herencia, y solo tenía que, a cambio, cancelar el viaje y volverme para España, esta misma noche, o mañana por la mañana a más tardar. Con el desfase horario, le llevaba seis horas de ventaja al reloj peninsular. Tampoco era para tanto, la verdad, así que busqué en el registro de llamadas el número del abogado.

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Alicia en el país sin wifi.

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Alicia Trevi vive su particular vida de GLAMUR en Madrid. Pronto estrenará película, está más delgada que nunca, goza de una privilegiada tarifa de datos que satisface su NOMOFOBIA y, además, se está tirando al GUAPAZO nacional del momento.
¿Qué más podría desear? Lo tiene todo.

Cuando por fuerza mayor se ve obligada a instalarse en un pequeño pueblo de La Mancha y malvivir durante un mes en una casa destartalada con un corral de gallinas pegado a su habitación, siente que todo su mundo se derrumba de golpe, y más, cuando encima tiene que lidiar con todo ese horror sin una mísera conexión WIFI con la que poder aislarse de su universo telemático.
Todo sería más fácil, si el dueño de las gallinas, un guardia civil MUY SEXY, pero con muy MALAS PULGAS, tuviera el detallazo de prestarle sus megas, pero él no solo se niega a compartirlas, además, tiene la desfachatez de detenerla por un delito de nada y de tildarla de enferma mental. Pero ese no es el único problema al que tendrá que enfrentarse Alicia mientras dure su TORTURA rural.

Una HERENCIA, un SECRETO familiar, muchos SUEÑOS por cumplir y dos CORAZONES que latirán a mil por hora.
¡Ríe, llora, suspira y disfruta del amor con chispa de esta nueva COMEDIA ROMÁNTICA de Nina Minina! Llena de momentos hilarantes, un montón de QUÍMICA SEXUAL y una pareja dispar que jamás olvidarás.

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Pasión en la cocina.

Hoy no vengo a hablaros de gastronomía, seguramente es lo que os ha parecido por el título de la entrada, es el título de una novela que os voy a presentar de la autora Mónica Escoda, y que sí tiene que ver con la gastronomía y otros placeres.

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La portada de entrada me parece maravillosa y bastante sugerente. El contenido ya os lo podéis imaginar y si necesitáis más pistas os dejo la sinopsis.

Sinopsis

Melissa, una mujer joven y luchadora que vive con su madre en Alicante, decide mudarse a Madrid para conseguir su sueño: convertirse en la cocinera de un gran restaurante.

En él, conocerá a Eric, su jefe, un apuesto hombre de negocios que la acogerá en esa gran familia que considera sus empleados.

El destino hace que también conozca a su ídolo, un gran chef, y aunque sus primeros encuentros resulten bastante desagradables, los corazones de ambos se sentirán atraídos sin remedio.

Por otro lado… Christian, un renombrado crítico, le propone enseñarle todo lo que sabe, pero con condiciones. ¿Melissa aceptará y podrá hacer realidad su sueño y conseguir una Estrella?

Pasión en la cocina es una historia plagada de amor, de sufrimiento, de lucha, de desilusiones y de sexo, mucho sexo.

Descubre esta novela romántica-erótica que no dejará indiferente a nadie.

 

SOBRE LA AUTORA

 

Mónica Escoda nació en Alicante, y actualmente reside en Benidorm con su marido, que también es escritor y del cual os hablaré en otra entrada, y su hijo. Se considera muy romántica, es enamoradiza, muy cariñosa y le encanta que la mimen. Y en uno de esos mimos, su marido le regaló varios libros, algunos de ellos eróticos, se enganchó a la lectura y ahora no hay quién pueda pararla. Comenzó a escribir para mantener la mente distraída, y tal era la sensación de estar creando algo que muchas veces se emocionaba. La escritura se convirtió en poco tiempo en su verdadera pasión, cuando sale del trabajo ansía llegar a casa rápidamente para seguir escribiendo y crear libros tan interesantes como este que hoy os presento.

Os dejo un enlace dónde podéis escuchar una entrevista de radio que le hicieron a esta pareja de escritores el pasado 19 de Julio.

www.ivoox.com/entrevista-a-monica-escoda-antonio-quesada-19-07-17-audios-mp3_rf_19905143_1.html

¿ Dónde podéis encontrar Pasión en la cocina?

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“Ninaconsejo”, libro recomendado!

Banner Pedro

Hoy vengo a hablaros de las casualidades de encontrarte a un joven escritor que te pida ayuda y consejo, leas su manuscrito y digas: ¡Qué maravilla! Y tras leerlo, le haces una portada y lo animas a concursar en el Indie de Amazon del 2017. Así que como madrina oficial literaria de Pedro B. Breis me veo en la obligación de recomendaros su primer bastardo literaro, So long Marianne. Una historia que os atrapará por la lírica y la fantástica narrativa del autor que a ratos recuerda a Murakami, atrapando al lector en una trama intensa en búsqueda de una verdad. No es una historia romántica al uso, tiene mucho más y no os la podéis perder.

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UN LIBRO AZUL, AZUL COMO LA LLUVIA, AZUL COMO EL MUNDO DISTÓPICO EN EL QUE SE DESARROLLA ESTA HISTORIA A CABALLO ENTRE LOS RECUERDOS DEL PROTAGONISTA, LA MÚSICA Y LO REAL.
A unos meses de su muerte, en una España sumida en una confrontación mundial del Imperio de Occidente contra el Imperio de Oriente, Pablo descubre un oscuro secreto sobre su padre, que le lleva a un viaje emocional y a través del tiempo, en busca de Marianne, su amor de juventud, desaparecida en extrañas circunstancias. ¿Qué le pasó a Marianne? ¿Por qué su padre le ocultó la verdad sobre ella? Viejas heridas que se abren a la luz, despedazando un pasado roto por la incertidumbre y el dolor de la pérdida inexorable.

Nina Minina: Con una exquisita narrativa, a ratos lírica, Pedro B. Breis, nos narra una novela sobre la soledad, el amor, complicadas relaciones paternofiliales, la recuperación de la esperanza y la lucha interna del protagonista por encontrar la verdad sobre sí mismo y la extraña desaparición de Marianne.

“CUALQUIER HISTORIA PUEDE SER UNA CANCIÓN, INCLUSO LA NUESTRA”

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