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Alicia en el país sin wifi.

Aliciaebook (3)

No sé qué me das… en Santo Domingo

—No contestes —me pidió Alex, entre jadeos, al oír el móvil tronando No sé qué me das en la inmensidad de mi capazo de croché ecológico.

Había elegido esa canción, como tono de llamadas, porque me recordaba tanto a Alex como a la película que acabábamos de rodar ambos, y donde nos habíamos conocido profesional, personal e íntimamente. Las dos cosas más grandes que me habían pasado en los últimos meses. Era una canción con muy buen rollo y me daba buenas vibras, pero en aquel momento, como una oscura premonición de Cuarto Milenio, esa canción acabó con la sensación de paz que tanto me había costado conseguir tras ocho semanas de rodaje.

—No entiendo por qué no puedes dejar el móvil apagado. Estamos de vacaciones en Santo Domingo, el puto paraíso. Disfruta, Ali. Olvídate del móvil y de todas las jodidas redes sociales en las que estás registrada —añadió, viendo que suspendía de golpe el frotis y me inclinaba a un lado para recoger el capazo del suelo y buscar dentro.

No podía. Era un poderoso imán que me atraía con su magnetismo omnipotente, como un pastel de fresas y nata a un enjambre de moscas. Con cierto hipnotismo y nepotismo acaparaba toda mi atención tan pronto repiqueteaba con algún aviso. Debería desactivarlos, lo sé, pero no podía; era escucharlos y sentir el aguijón de la primaria necesidad pinchándome los dedos ávidos de sentir su tacto, deslizar el dedo por la suave pantalla, descubrir el origen del aviso, leer el mensaje y responder.

Llegados a este punto, pongámonos primero en mi lugar. Yo era Alicia Trevi y me debía, en gran parte, a mis fans. Estaban esperando mis «Me gusta», mis RTs, mis comentarios… No podía pasar de ellos sin más. Se contaban por millares, a pesar de que todavía era una actriz emergente, aún desconocida en esa nueva faceta por mis seguidores.

La película que acababa de rodar iba a ser mi trampolín al cosmos cinematográfico, tras haber arañado algunos trabajillos en publicidad televisiva. Que cantaba bien y tenía chispa ante la cámara, nadie tenía dudas, por eso, pese a que no gané el concurso de moda, Por tu cara bonita, había obtenido el favor del público, siendo la preferida imbatible durante varias semanas. De eso hacía ya un par de años y de ahí la mayor parte de mis seguidores en las redes. Pero no lo gané y, por tanto, no logré el contrato para la producción de un disco, el que sería mi primer álbum y el que conseguiría llevarme al estrellato del panorama musical nacional. No obstante, sí conseguí un agente artístico cojonudo, que me animó a no tirar la toalla y a perder algo de peso y enrolarme en un gimnasio, que parecía regentado por el mismísimo Leónidas y sus leyes espartanas, pero que cumplía la promesa de su eslogan con el mismo rigor que entrenaba a sus feligreses, te dejaba hecho un pincel en tres meses. Eso sí: adiós a las grasas saturadas de por vida y hola a las proteínas sanas y ricas. Ricas en salud, claro. Y pese a que no estaba a lo Rosa de España en sus inicios, sí que contaba con unos buenos jamones a conjunto con un flamante trasero de chica recia, que fueron menguando hasta su mínima expresión a golpe de zumba y pilates.

Hasta entonces había sido administrativa en una empresa de pinturas y disolventes, horas y horas sentada y pocas distracciones, era muy buena en mi trabajo e incluso estaba cómoda en él (mi silla ergonómica hacía su buena labor). Cerca de casa, salario normalito, trabajo rutinario, esas cosas… pero no me satisfacía a nivel personal, por lo que animada por mis amigos me presenté al casting de un concurso nuevo que por aquellos días prometía romper los shares de audiencia.

Yo, a decir verdad, no daba un euro por mi persona, pero ellos me convencieron de que sí merecía la pena afrontar el reto y, al final, me dije: «Tú puedes, Alicia, que a positivismo no te gana ni un catión». Es curioso cómo las cosas que más miedo nos dan terminan siendo las mejores decisiones de nuestra vida. Y así fue. Con algunos kilos más y algunos músculos menos (vaya, estarían ahí, aunque no de forma visible), arranqué con ilusión y mucha esperanza ciega un incierto proyecto de carrera profesional artístico. Debo decir que yo siempre había querido ser cantante y a ser posible de musical, así pues, le dije a mi madre: «Mamá, quiero ser artista», tal cual, y me piré a Madrid, donde tenía lugar la última tanda de pruebas de selección y con ella mi última oportunidad de entrar a formar parte de aquel tinglado. Y tuve la suerte de que me seleccionaran, o no, la suerte no se tiene, la suerte siempre sale al encuentro de quien la busca, pero así fue cómo dejé de ser, en parte, Alicia Garrido y me convertí en Alicia Trevi para el inmenso público español.

—Tengo que mirar, pero tú no te muevas, cariño —dije ansiosa por la curiosidad, hurgando en el capazo, apartando con descuido el vestido, la pamela, la funda de las gafas de sol, el neceser, el protector solar, la manzana que había cogido del bufet del restaurante… hasta dar con mi maravilloso pPhone, en el fondo y boca abajo—. Puede ser algo importante —comenté mirando la pantalla.

—¿Quién es? —preguntó Alex antes de estirar el brazo para coger su copa de mojito de encima de la mesita, luego le dio un sorbo con una pajita multicolor con sus adorables morritos de tío bueno.

Y hablando de Alex un poco, hace solo dos años, yo solo podía soñar en bidimensional con que un tío como él quisiera tener algo conmigo, y ahora lo tenía a mis pies, vaya, a mis pies no (ja), pero sí entre mis piernas. Alaska iba ya por el estribillo y Alex palmeó las sílabas de la letra sobre mi trasero desnudo con su mano libre.

—No lo sé —le respondí—. El prefijo es el 34 y en España no son ni las ocho.

Y nadie me llamaría desde España a esas horas si no fuera algo de vital importancia.

Antes de volver a sorber de su mojito, Alex dijo:

—Apágalo. Te lo digo muy en serio, estoy hasta los cojones de tanto pitidito todo el día, parece que estamos en una feria ambulante.

Tenía la mano paralizada sujetando el móvil mientras decidía si respondía o no.

—¿Y si es algo importante? —insistí.

—¿Importante? Todo puede esperar, menos esto. —Miró lastimosamente hacia sus partes bajas, donde nuestros cuerpos seguían encajados como dos piezas de Tetris, y movió un poco la cadera para recordarme que todavía estaba listo para el combate.

—¿O algo malo? —añadí.

—¿Peor que nos haya jodido el polvo? —me increpó de morros, dejando la copa sobre la mesita para aferrarme con fuerza los muslos con ambas manos y comenzar a amasarlos.

—No lo sé.

Fangoria seguía a lo suyo: «No sé qué me das, que me hace volar, no sé qué me das…» y yo clavé la vista en la pantalla.

«Que le pase algo a mi madre», pensé. Mi madre era mi única familia. Llevábamos mucho tiempo siendo solo nosotras dos, toda mi vida, para ser más precisa. Siempre habíamos sido ella y yo. Yo y mamá. Teníamos un vínculo especial más allá del congénito, en muchos aspectos mi madre no solo era mi madre, era mi mejor amiga, aliada y consejera. Y si se trataba de algo relacionado con ella, esa llamada era más que sagrada.

Habíamos hablado por teléfono la noche anterior, y la de antes, y la antes, y la de antes, no, porque la habíamos pasado juntas, pues había ido a verla, tras el fin del rodaje, antes de subirme en un avión rumbo al Caribe para disfrutar de unas merecidas vacaciones con Alex, mi novio supongo, aunque todavía no lo habíamos hecho vox populi en las redes sociales, cosa que yo estaba deseando con ansia viva y no sabía cómo había podido ocultarlo tanto tiempo, me quemaban las yemas por teclear la noticia. Quería gritar a los cuatro vientos que Alex Crespo, el actor de moda tras ganar el Goya a actor revelación de 2017, era mi chico, que yo Alicia Trevi se estaba beneficiando (y de qué manera) de todos los músculos de Alex, el macho más deseado por todas las mujeres españolas de entre dieciocho y cuarenta años.

Sin duda, Alex era el guapazo que cualquier mujer desearía llevarse a la cama y durante cuarenta noches, menos cuatro, había deshecho la mía a base de bien. Tenía una entrega. ¡Dios mío de mi vida cómo se entregaba! Y eso que me estaba haciendo ahora me volvía loca. Looocaaa. Qué boca tenía y qué bien sabía usarla para darme gusto. Estaba medio incorporado con la cabeza inclinada sobre uno de mis pezones y tras buscarlo con los labios, lo había lamido primero como una bola de helado para luego chuparlo con avidez. Luego mordisquitos, estirones, más lametones y dale y dale, él sabía, hasta que las sensaciones desembocaron en una explosión de placer que se extendió por mi vientre buscando nuestro punto de conexión.

A la mierda la misteriosa llamada. Solté el móvil sobre el colchón y me pegué contra su torso de anuncio de bañadores para comerle la boca mientras retomaba el galope ligero de sus caderas en busca y captura del roce perfecto de su sexo y el mío. Allá voy, allá voy, que voy, que voy, que voy, voy, voooy, vooooy, me voooooy, me voooooy…

—No dejes de pellizcar —le rogué dirigiéndole la mano hacia mi pecho, pidiéndole un poco de caña brava.

—Ali, qué bien te mueves —me susurró mientras haciendo pinza sobre un pezón, tiraba de él hasta ese punto donde el dolor es tan agradable como agudo y no sabes si pedir más caña o aflojar porque sientes que te vas a desmayar del gusto.

Se me aflojaron las rodillas, perdiendo el ritmo, pero daba igual, porque Alex había asumido el control y estaba empezando a embestirme desde abajo hundiendo su polla despacio en mí, como pidiendo permiso para entrar, acoplándose, poco a poco y suavecito, con cada golpe de cadera.

«Es que me hace volar. Como el águila que vuela en libertad. Sobre el valle lejos de la tempestad. Como el viento cuando cruza la ciudad. Con el rumbo fijo y sin mirar atrás.»

Sin poder evitarlo, mis ojos buscaron el móvil entre las sábanas.

—¿Otra vez, Ali? —me preguntó Alex, levantando con brusquedad la cadera para clavarme la erección hasta los riñones. Ahí, sin compasión. Él podía. Tenía the power of the universe to fuck me—. Esto es más urgente. —Yo, en respuesta, contraje los músculos de la vagina volviendo a fijar la vista en su rostro—. Mmmmm, eso me gusta. —Se mordió el labio mirándome juguetón.

—¿Quieres más… —Dejé la frase en el aire con un jadeo, al sentir su polla creciendo aún más en mi interior tocando todos mis puntos neurálgicos, metafísicos, espirituales… Ese era su poder. ¡Viva Alex y la madre que lo parió! (yo todavía no tenía el placer de conocerla, pero seguro que era una santa).

«Como una granada a punto de explotar. No sé qué me das.»

—¡¡Joder, haz que se calle ya!! ¡Me dan ganas de estamparlo contra la pared! —gritó, agarrándome con fuerza las caderas para dirigir de nuevo el movimiento—. Me está desconcentrando. Así no hay quién eche un polvo en condiciones.

No hizo falta, en ese momento el móvil se quedó en silencio y Alex volvió a recuperar el ritmo. Me aferró con posesión el trasero, clavándome los diez dedos en las nalgas y embistiéndome con fuerza hasta que comenzaron los espasmos de un orgasmo extraordinariamente placentero y… Puede que solo sea artificial. Puede que a mi manera, me sirva para olvidar. Prometí que nunca volvería a caer. Pero esta vez no lo quiero evitar…

—Voy a tirar el puto móvil por la ventana —gruñó mientras se corría entre jadeos, y yo, sin esperar a que terminara de descargarse, me bajé de un salto de sus caderas para recuperar mi pPhone de entre las sábanas.

Deslicé el dedo por la pantalla para desbloquearlo y le di a responder, por fin.

—¿Diga? —respondí recuperando aún el aliento.

—¿Es usted Alicia Garrido Sempere?

—Sí, soy yo. ¿Quién es usted?

—Francisco José Coloma Aparicio, soy el abogado de su abuela.

Por unos segundos me quedé confundida.

—Perdone, debe haber un error, yo no tengo abuela.

—Supongo que es correcta su afirmación, ya no la tiene, falleció ayer por la tarde.

—¿¡Cómo!?

—Su abuela.

—Pero ¡que no tengo abuela ni muerta ni viva! —Me comí un «joder»—. Que mi abuela murió hace mucho tiempo, nunca la llegué a conocer. Que usted se ha equivocado de Alicia Garrido Sempere.

—¿Es usted la hija de Manuela Garrido Sempere? —siguió con su tono profesional de letrado (no me perturbo, aunque me claves un tacón de aguja en el dedo pequeño del pie).

—Sí, esa es mi madre.

—Pues su madre, Manuela Garrido Sempere es la única hija de mi cliente, la fallecida, Virginia Sempere García.

Me masajeé la cabeza tratando de acomodar en mi cerebro la información que este señor de voz petulante me acababa de comunicar. Suspiré y lancé una mirada hacia Alex, pero ya se había levantado de la cama y se había metido en el baño para darse una ducha. Lo que yo necesitaba en aquel momento; en Santo Domingo se sudaba una barbaridad con solo pestañear tres veces seguidas.

—A ver… es posible que sí tenga abuela, pero no la conozco de nada. No tengo ninguna relación con ella y mi madre tampoco. Así que, en realidad, lo que usted tenga que decirme, no me importa.

—Pues debería.

—Pues lo siento, pero no.

—Usted es su heredera legítima y, aunque no quiera aceptar la herencia, debe personarse aquí para la lectura del testamento. Si, tras escuchar las últimas voluntades de la señora Sempere, desea declinar la herencia, puede hacerlo, pero deberá firmar entonces los documentos legales de renuncia.

—¿Y cuándo tengo que estar allí? Estoy de viaje en el Caribe.

—Como muy tarde, mañana. En las últimas voluntades de mi cliente hay una postulación expresa en la que se manifiesta que si usted desea aceptar la herencia debe haberse hecho cargo del sepelio en primera instancia.

—¿¡Qué!? Ya le he dicho que paso de esa herencia. Que se ocupe otro del funeral de esa mujer, que yo ya iré a firmar esos papeles si me parece cuando regrese de mi viaje… ¿y dónde es eso?, si se puede saber.

—El acto oficial de lectura tendrá lugar, tras el entierro de la señora Sempere en el cementerio municipal de Villa Maravilla, en el domicilio habitual de mi cliente, ubicado en dicho municipio.

—¿Y por dónde para Villa Maravilla?

—En la provincia de Albacete.

—¿¡Albacete!?

Pero ¿qué se me había perdido a mí en Albacete?

—Así es.

—Ya, bueno, pues ya le he dicho que no me interesa esa herencia, así que, que se haga cargo cualquier otro del entierro y punto.

—¿Está segura?

—Segurísima.

—¿Usted va a renunciar a una herencia desconociendo el alcance de la misma?

—No será mucho, digo yo.

—Y si le dijera que está «diciendo mal».

—¿Me va a decir usted de cuánto estamos hablando?

—No puedo hacerlo, para conocer ese dato debe personarse allí mañana, encargarse del funeral de su abuela y, luego, presentarse en la lectura del testamento.

—¿Y no me va a dar una pista?

—No puedo darle números concretos.

—Pues nada… no voy.

El abogado se mantuvo en silencio durante unos segundos, finalmente habló:

—Piense en algo caro que a usted le gustaría comprar.

Vaya dilema. Algo caro. A ver, a ver, a ver…

—Un Merchedes clase C —respondí.

—Buen gusto.

—Gracias.

—Con la herencia líquida podría comprarse varios.

El pPhone se me cayó de las manos de la impresión.

—¿Qué quiere decir con «líquida»?

—El dinero en cuentas disponible. No le digo más.

—¿Me da usted una hora para pensármelo bien?

—De acuerdo, una hora, no se demore mucho más, si usted renuncia verbalmente, tendré que llamar al siguiente de la lista de herederos.

—Pero ¿es que hay más?

—Sobrinos. Pero usted es la primera. Es la heredera primera y absoluta de toda la herencia de la señora Sempere en caso de aceptarla. —Su forma de enfatizar la palabra «toda» me persuadió finalmente de que se trataba de una herencia muy golosa y nada desdeñable—. La primera, pero no la única, no lo olvide, y sus otros posibles herederos no están tan predispuestos como usted a rehusar tal regalo del cielo.

—De acuerdo, en menos de una hora tendrá mi respuesta.

Acto seguido llamé a mi madre. Tenía que explicarme unas cuantas cosas. Di gracias a que fuera sábado y que no estaría trabajando, envasando morcillas o chorizos, y tener que esperar a las nueve de la noche, hora oficial de nuestro acto de comunicación madre-hija, hora en la que mi madre llegaba a casa tras una jornada de doce horas seguidas en una empresa de embutidos. Embutidos que nos habían mantenido a las dos hasta que volé del nido tras el concurso y me mudé a Madrid definitivamente para triunfar por la puerta grande, vaya, más o menos, si se puede llamar de ese modo a trabajar de camarera en un pub de Malasaña mientras hacía castings esperando que me surgiera la gran oportunidad en un musical de Gran Vía, pero mi oportunidad se hacía esperar y ya estaba a punto de volver al abrigo de sus alas cuando Rúper, mi agente artístico, me hizo la gran llamada: unas pruebas para una comedia romántica musical. La repera, y me eligieron a mí, a mí, a mí, entre más de doscientas candidatas de ojazos marrones, cara de panquemao, trasero opulento y bonita voz.

En tres tonos la tuve en línea.

—Hola, cariño, ¿qué tal todo por Santo Domingo? ¿Hace bueno? Aquí empieza a hacer bastante frío y estoy sacando la ropa de invierno de los altillos.

—Sí, todo bien, mamá.

—Me alegro, ¿cómo es que me llamas tan pronto? —preguntó apurada. Supuse que estaba cargando algún fardo mientras hablaba con el móvil pegado a la oreja.

—Me acaba de llamar un abogado de Albacete, que según me ha dicho es el abogado de mi abuela. O era, porque la ha palmado. ¿Tengo abuela? ¿O la tenía? —Fui al grano.

Escuché un golpe sordo por respuesta.

—¿Mamá?, ¿mamá?, ¿¡mamá!?

Tardó unos segundos en responder.

—Se me ha caído el teléfono. —El tono de su voz se había congelado.

—¿Estás bien, mamá?

—¿¡Ha muerto!?

—Sí, ayer por la tarde.

—Dios… —enmudeció de golpe y al poco escuché como si estuviera llorando.

—Mamá…

—Dime —respondió con un hilo de voz al cabo de unos segundos.

—¿Es verdad? ¿Esa señora de Albacete, Virginia Sempere, es tu madre?

—Lo fue alguna vez.

—Lo siento. —Me apené por mi madre, después de todo esa señora era la suya.

—Bueno, estas cosas pasan, todos morimos. No tenía noticias suyas desde hace muchos años, y no sabía si estaba viva o muerta. La noticia me ha afectado más de lo que esperaba.

—No sé, yo pensaba que estaba muerta y enterrada hace mil años. Eso me dijiste.

—Lo estaba metafóricamente. La di por muerta en mi vida cuando me fui del pueblo.

—¿Villa Maravilla?

—Sí —suspiró profundamente—. ¿Por qué te han llamado a ti?

—Soy la heredera legítima.

—Vaya, parece que me saltó olímpicamente, yo también debía estar muerta para ella —recuperó un poco su ánimo habitual.

—Eso parece —dije pensando en por qué habría sido desheredada mi madre y por qué nunca me dijo que tenía una abuela viva. Siempre había pensado que éramos solo dos, como Bonnie and Clyde, como Epi y Blas, como Kim Kardashian y su pandero…

—¿Y qué tienes que hacer?

—Ir mañana a ese pueblo, oficiar el entierro y presentarme en la lectura del testamento que tendrá lugar en su residencia habitual.

—¿Y piensas ir?

—Me lo estoy planteando en serio. Me ha dicho el abogado que la herencia es grande. ¿Es posible que sea grande?

—Sí, muy posible. Cuando me fui de allí era dueña de muchas tierras, un molino, una almazara… Puede que conservara todo eso y quién sabe si tendrá más. No lo sé.

—¿Crees que debería ir?

—Todo eso es tuyo. Te pertenece legítimamente.

—Y tuyo, mamá.

—Yo no quiero nada.

—Entonces, si decido ir, ¿no piensas acompañarme?

Al otro lado de la línea, ella guardó silencio por espacio de unos instantes.

—Lo siento, pero no.

—Pues si tú no vienes, yo tampoco pienso ir.

—Ali, ve y recoge lo tuyo.

—No quiero.

—No me seas cabezota.

—Me viene de genética. La culpa es tuya por hacerme así.

Rompió a reír.

—Mira que eres.

—Soy como tú, cagada a ti. Si no vienes conmigo, no voy, y si no voy, a esa mujer no la entierran —mentí a la desesperada en un intento de convencerla.

—¿¡Qué dices!?

—Lo que oyes que, si no voy, no la entierran y esa mujer se quedará por siempre tumbada en su cama como una reliquia hasta que las gallinas le coman los ojos.

—Pero ¡qué dices! No hagas bromas, Ali, que esto es muy serio.

—Bueno… no, sí la entierran, pero si no voy, directamente me tachan de la lista de herederos y llaman al siguiente candidato.

—Tú verás, decide tú. Yo no voy.

—Pero qué cabezota eres. ¿Por qué no superas el odio o rencor o lo que sea que te carcome el alma y me acompañas? Te lo pido «por favor».

—No tengo que superar nada. Mi alma está perfecta —me replicó molesta—. Es que no quiero volver allí.

Solté el aire, disgustada, sabía que no iba a convencerla, pero tenía que intentarlo una vez más, con un poquito de chantaje emocional, así que le dije con voz de profunda pena:

—Claro y prefieres pasar de mí.

—Cariño, no paso de ti y lo sabes. Eres lo más importante para mí en esta vida, pero no me pidas que vuelva a Villa Maravilla. —Y colgó, dejándome con cara de «¿eing?».

Tras eso me puse a hacer cuentas mentalmente (eso era lo mío, además de darle al cante), tratando de calcular de cuánto podía estar hablando el señor letrado. Varios Merchedes clase C. ¿Cuántos? ¿Dos? ¿Tres? ¿Diez? En realidad, igual daba, estábamos hablando de miles de euros. Miles de euros que no me vendrían nada mal. Y total, era ir a ese sitio, a Villa Maravilla, ¿no?, en Albacete, ¿¡Albacete!?, enterrar a la vieja antes de que las gallinas le comieran los ojos y decir que sí cuando leyeran la herencia, y solo tenía que, a cambio, cancelar el viaje y volverme para España, esta misma noche, o mañana por la mañana a más tardar. Con el desfase horario, le llevaba seis horas de ventaja al reloj peninsular. Tampoco era para tanto, la verdad, así que busqué en el registro de llamadas el número del abogado.

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Alicia en el país sin wifi.

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Alicia Trevi vive su particular vida de GLAMUR en Madrid. Pronto estrenará película, está más delgada que nunca, goza de una privilegiada tarifa de datos que satisface su NOMOFOBIA y, además, se está tirando al GUAPAZO nacional del momento.
¿Qué más podría desear? Lo tiene todo.

Cuando por fuerza mayor se ve obligada a instalarse en un pequeño pueblo de La Mancha y malvivir durante un mes en una casa destartalada con un corral de gallinas pegado a su habitación, siente que todo su mundo se derrumba de golpe, y más, cuando encima tiene que lidiar con todo ese horror sin una mísera conexión WIFI con la que poder aislarse de su universo telemático.
Todo sería más fácil, si el dueño de las gallinas, un guardia civil MUY SEXY, pero con muy MALAS PULGAS, tuviera el detallazo de prestarle sus megas, pero él no solo se niega a compartirlas, además, tiene la desfachatez de detenerla por un delito de nada y de tildarla de enferma mental. Pero ese no es el único problema al que tendrá que enfrentarse Alicia mientras dure su TORTURA rural.

Una HERENCIA, un SECRETO familiar, muchos SUEÑOS por cumplir y dos CORAZONES que latirán a mil por hora.
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First dates, ¿sí o no?

Entré en aquel restaurante que de noche en noche había visto a través de mi televisor, y Carlos Sobera, el presentador de Firts Dates, vino de inmediato a recibirme con una afectuosa sonrisa y dos besos cargados de buen rollo.
—Bienvenida, Mercedes.
—Hola, Carlos, gracias —dije mirando a todos lados cegada por el brillo del foco.
—Ven conmigo, tu acompañante estará al caer.
—Estupendo —respondí siguiéndolo hasta la barra.
—¿Quieres tomar algo mientras le esperamos?
—Sí, por favor, un vino blanco me vendría genial —respondí con el corazón desbocado.
A qué mala hora me había dejado embaucar por las perras que decían llamarse mis amigas y aceptar venir al programa revelación de la cadena Pato. No habían tardado ni cuatro días en enviarme un email tras inscribirme a través de su página web, cosa que hicieron el mismo domingo a mis espaldas mientras yo me encontraba hablando con Israel en La Altramuza.
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SO LONG MARIANNE de Pedro B. Breis.

2068

This machine will,
Will not communicate
These thoughts
and the strain I am under.
Be a world child,
form a circle.
Before we all go under.
And fade out again
and fade out again.

Street Spirit (Fade Out) — Radiohead

No alcanzaba a recordar cuándo había sido la última vez que escuché esta canción. Ni siquiera llegaba a mi mente el nombre de la banda de mi juventud a la que pertenecía, hasta que en el rostro de Fernando se adivinó la expresión plácida del descanso eterno.
Mi amigo Fernando había dado, como la mayoría de las personas hacen en su último día en el mundo, un emotivo discurso que emocionó a todos los presentes. Allí en el atril se despedía de la existencia con una sonrisa radiante; sus mejillas sonrosadas se inflaban de júbilo al repasar que allí estaban todos los que le importaban.
El templo simulaba a las iglesias: una nave majestuosa con planta en cruz y una gran bóveda central. Debía medir unos veinte metros de alto. En el centro, el escenario. Encima del escenario, un atril y la cama con el mecanismo para morir plácidamente.
La familia había colocado también algunas imágenes religiosas y una cruz encima de una mesita con un mantel blanco. Mucha gente creía aún por este entonces en lo que hay más allá de la muerte, y la mujer de Fernando, como la inmensa mayoría de la población, se mantenía temerosa del Dios cristiano.
Hacía veinte años que se había instaurado la edad máxima de vida en setenta años. La superpoblación era insostenible debida a la escasez de alimentos provocada por la III Guerra Mundial y a los avances médicos que hasta entonces marcaban la media de vida en noventa y ocho años, lo que había obligado a las autoridades del Imperio Occidental a esta medida tan radical.
Contrariamente a lo que se podría pensar, la mayor parte de la gente la aceptó de buen gusto. Se entendía como una forma más eficiente para que la sociedad siguiera una renovación más biológicamente natural.
Se entendía pues como un acto de valor, una ceremonia en la que el homenajeado daba su vida a la sociedad y la sociedad a cambio le rendía pleitesía en una suerte de homenaje recíproco final.
Los bancos puestos en hilera rodeaban el escenario en las cuatro direcciones del templo. La sociedad rodeaba al homenajeado hasta el último segundo. En las primeras filas, la familia y los amigos más cercanos. En esta ocasión, desde mi segunda fila podía ver justo delante a la mujer de Fernando, de espaldas a mí, y un poco más lejos, encima del escenario, a mi amigo del alma leyendo su despedida.
Me sentí incómodo cuando nuestras miradas se cruzaron esa última vez. Esa mirada tan especial, de un ojo de cada color por un accidente de juventud. Muchos le llamábamos el Bowie por un antiguo artista con el mismo rasgo. Nunca quiso decirme cuál fue exactamente ese accidente. Tampoco le pregunté. Siempre había dicho lo que quería decir, y callado lo que quería callar.
Absorto en todas las anécdotas que nos habían acontecido en la vida, me sobresaltaron los sollozos del resto de la sala que retumbaban en el templo. Yo, en cambio, me mantenía impertérrito al verlo subido en el escenario, erguido y pleno de orgullo ante los logros que había acarreado durante esos exactos setenta años.
Minutos después, una vez hubo acabado de hablar, se hizo el silencio, se tumbó a la vista de todos y accionó el mecanismo que paró su corazón. De repente, sin dolor. Lo que había sido Fernando se convirtió en un instante en una masa inerte, vacía, desprovista de toda energía vital.
Fue entonces cuando se desplegó el mural al fondo del escenario. Sobrio, como requería la situación. Simplemente una foto con su sonrisa permanente. El filtro en blanco y negro no permitía apreciar sus ojos azul y miel y sus inalterables mejillas sonrosadas. Lo que en vida era un arcoíris facial, en la foto del mural se volvía un cielo invernal.
¡Cuántas veces había bromeado con sus mofletes de tomate! Y cuántas miradas de desaprobación le había costado cuando salíamos bien jóvenes a aquellos bares de cerveza, colillas, rock y cuero. «No te sirvo alcohol», le decía el camarero preventivamente cuando Fernando solamente se acercaba a la barra a por una Coca Cola.
Por aquel entonces, él no bebía. Creo recordar que empezó la semana después de la muerte de su hijo, aquel 20 de agosto de 2042 en los bombardeos que arrasaron las bases agrícolas y ganaderas de América. Pensándolo bien, Fernando murió un poco también ese día. Su sonrisa siguió perenne, pero en sus ojos se adivinaba la falta de su único hijo.
Además de la foto, en el mural, se podía leer en sobrias letras:

FERNANDO CASEJÓN ORTEGA
1 Febrero 1998 — 1 Febrero 2068
Da fin a su vida por el bien del Imperio Europeo. DEP.

En ese momento, sonaron los primeros compases de la canción que había elegido para dar fin al acto. Nadie solía prestar atención a ella. Muchos ni se preocupaban en elegir ninguna canción para dar fin al acto. Sabían que los asistentes, en shock por lo recién vivido, no harían más caso que al sonido del refrigerador cuando se reunían a ver la televisión.
Una lágrima se deslizó sobre mi mejilla. No es que Fernando hubiera vivido más vidas que aquella que acababa de dejar, pero hubo una vez que por un rato lo creí muerto, y también aquella vez lloré su muerte.
No me percaté hasta que su sabor salado inundó mis labios y entonces volví a la realidad. Sentado en el banco, miré la expresión inerte de Fernando y recordé de pronto que la música que sonaba era la misma que mi padre había elegido para su acto.
Me vi, entonces, en ese mismo banco, veinte años antes. Nada había cambiado en dos décadas. Nada ajeno a mí. Yo no era el mismo. Ahora, con sesenta y nueve años y sin haber dejado descendencia me pregunté si alguien vendría a mi acto. Durante el de mi padre se tuvieron que poner sillas supletorias y aun así la gente se arremolinaba de pie en las últimas filas y pasillos laterales del auditorio.
A pesar de que casi todos los días alguien debía de morir por el bien del Imperio Europeo y, por tanto, había cierto hastío y desgana, nadie encontró la necesidad de inventar una excusa para no asistir al acto de despedida de mi padre y, por lo que veía, tampoco al de Fernando.
Me encontraba abstraído en esta reflexión cuando sonaron los últimos versos de la canción:

Immerse your soul in love.
IMMERSE YOUR SOUL IN LOVE

Sumerge tu alma en amor, sumerge tu alma en amor. Una punzada se clavó en mi pecho. Mil agujas me helaron el corazón y cuando quedó endurecido por el hielo, un golpe seco lo hizo mil pedazos y, una vez convertido en arena, un fuerte fuego lo hizo polvo.
Sumerge tu alma en amor. ¿Cómo podría algo sumergirse sin agua? Pensé en quien habría de ser mi manantial de agua fresca. Mi remanso cristalino. Mi fuente que refresque el camino que estaba a punto de acabar. Qué diría yo en mi despedida, a quién me dirigiría. Pensé en Marianne y las últimas palabras que me dijo: «No sé cuánto tardaré. Tú solo espérame tranquilo porque voy a volver. »

                                  Héroes

—¡Pablo, ha muerto Bowie! —Oí desde mi cuarto.
Aún durmiendo intenté pensar en lo que acababa de oír. Bajé las escaleras, temblando hasta el salón. No podía ser cierto, ¿qué cojones había pasado esa noche? Nos despedimos en la esquina de siempre la tarde anterior y él estaba bien.
Me abracé llorando a mi padre y sorprendido me dijo:
—No pensé que te afectaría tanto.
—¿Estás loco, cómo no me va a afectar
—Lo siento, hijo. De haberlo sabido no te lo habría contado hasta volver del instituto.
—¿Cómo no me lo ibas a contar?
—Lo ha anunciado su hijo en Twitter y ahora está en todas las noticias. Mira. No pensé que te gustase tanto. —Alargó su brazo y me acercó la tablet.

«DuncanJones@ManMadeMoon
Very sorry and sad to say it’s true. I’ll be offline for a while. Love to all.
07:54, 11 ene 2016»

—¡Estás idiota! Es David Bowie quien ha muerto. ¡Pensé que había sido Fernando! ¡Joder! —grité secándome las lágrimas con la manga del pijama.
—¿Fernando? No sabía que lo llamabais de esa manera. Los niños de hoy en día tenéis mucha habilidad para los motes. La verdad es que no le va mal. Y cuida tu vocabulario, por cierto. La próxima vez que me hables así te dejo el ojo como el de tu amigo. A ver a quién le queda mejor.
No me quedó más remedio que callarme la boca y tranquilizarme.
—Voy a tener que asustarte más a menudo, Pablo. Con lo que te cuesta levantarte para ir al instituto y hoy has salido disparado de la cama. Puedes terminarte las tostadas. Yo ya he desayunado.
Antes de desayunar, subí a vestirme. Ese día tenía educación física y, como no podía ser de otra forma, mi padre ya había preparado el chándal y las deportivas en el escritorio la noche anterior.
No me gustaban las clases de gimnasia. Para los niños fondones como yo podía ser una tortura y humillación pública exponer nuestro sebo ondulante durante la carrera continua. Los más cabrones solían reírse y ponerme motes grotescos a los que no solía hacer caso. Dándole importancia solo podría alimentar su sed de mofa. Personalmente llevaba bastante bien lo de mi exceso de peso, no tanto lo de hacer ejercicio.
Cuando se pasaban de la raya ahí estaba Fernando para darles su merecido. Nadie se metía con él. Hacía valer la superioridad física que le daba el haber repetido curso y ser el mayor de la clase.
Aun así, era el primer lunes tras las vacaciones de Navidad y estaba deseando llegar a clase. No soportaba esta época del año. Mi padre se volvía más callado de lo habitual. Aunque no me contaba nada, yo sé que echaba en falta a mi madre. Cuando nos sentábamos solos a la mesa la noche del 24 de diciembre, en ocasiones me sentía culpable. Mi madre había muerto dándome a luz. En esos tiempos apenas pasaban esas cosas, pero conmigo pasó.
En clase incluso decían que mi madre había explotado porque no pudo resistir tener dentro una vaca sebosa, pero yo sabía que había sido por una hemorragia como siempre me ha contado mi padre.
En una ocasión, unos años antes, le había visto llorar tras las campanadas de Nochevieja mientras miraba una foto de su boda. Mi padre estaba sentado en el sofá, con su traje negro de pantalón de pinzas y chaqueta americana, camisa blanca y corbata azul, y Raphael actuaba de fondo en la gala de fin de año en televisión. Nunca salía al cotillón, pero aun así él se arreglaba. «Si no hacemos estas cosas, todos los días serían iguales y la vida sería un rollo, ¿no, Pablo? No da suerte comer las doce uvas, pero es una suerte en sí tener una tradición que seguir», había dicho poco rato antes.
La imagen de mi padre secando sus lágrimas con las servilletas de tela de la mesa de Nochevieja aún se conserva fielmente en mi cabeza. No es fácil olvidar el momento en el que descubres que tu padre no es ese ser todopoderoso que creías que era. En cierta medida puede que la niñez de toda persona muera un poco en ese momento. «Mi padre llora como un niño y se seca los mocos en la servilleta. Mi padre no es un héroe», pensé en aquel momento.
Tampoco el padre de Fernando lo era, que según dice la gente estaba en la cárcel por pegarle a su mujer. Yo nunca le pregunté dónde estaba. No estaba, eso es lo que importaba. A él lo cuidaba su madre y a mí mi padre, no era algo extraño para mí.
Normalmente me levantaba sin apetito, pero el sobresalto de la no muerte de mi amigo me había abierto el estómago.
Me lavé rápido la cara y me quité las hileras de lágrimas secas que aún tenía. Bajé a la cocina y di buena cuenta de las tostadas con mermelada de fresa y mantequilla, junto a un vaso de leche con Cola Cao. Todo ya preparado, no había ni que remover la leche.
En la tele, como no podía ser de otra forma, estaban repasando la vida de David Bowie y poniendo algunas de sus canciones.
Recogí la mochila y me lavé los dientes sin mucho interés. Tras darle dos besos a mi padre, me dio el bocadillo del recreo que había olvidado en la encimera de la cocina y salí de casa.
El sol brillaba con más fuerza de lo que suele ser común en esta época del año. Se agradecía mucho. Me gustaba sentir ese contraste entre la baja temperatura real y el calorcito de los rayos en la cara.
En el árbol del vecino seguía la madre pájaro dando de comer a sus hijos en el nido. Los huevos habían eclosionado el día antes de las vacaciones. Oí los estridentes aunque débiles gritos de los pájaros y la curiosidad me empujó a subir a la rama a verlos. «¡No tienen plumas! ¿Cómo volarán?», me pregunté.
Desde ese día veía por mi ventana a la madre hacer viajes y viajes de ida y vuelta para alimentar a sus pequeños. No había descanso. Su día a día había sido incubar los huevos semanas antes y ahora consistía en buscar comida, alimentar a sus hijos y protegerlos de los gatos.
Me pregunté entonces cuándo descubrirían esos pajaritos que su madre no era una heroína al igual que mi padre no era un ser todopoderoso. En algún momento descubrirían que su madre no podía protegerlos para siempre y tendrían que saltar del nido.
¿Volarían? ¿Cómo sabrían que era el momento de saltar al vacío y empezar su vida autónoma? Quizá llegara el momento en que fueran tan grandes que la madre no podría alimentarlos a todos o simplemente fuese una cuestión de espacio y no cabrían todos en el nido. Quizá ellos recordaran para siempre ese día como yo recordaba la nochevieja de dos mil ocho.
Sin embargo, visto de otro modo ¿qué había más heroico que la dedicación constante día y noche a alguien más de forma altruista?
¿Qué podían ofrecer los pajaritos a su madre para ser merecedores de tanto esfuerzo y atención?.
Y mi padre; ¿qué podría ofrecerle yo para pagarle todo lo que hacía por mí? Me había preparado el desayuno, la ropa, la mochila, el bocadillo, ahora iría a trabajar para poder mantenernos a ambos, luego me ayudaría a hacer los deberes y me haría la cena.
A lo mejor me equivoqué esa noche, puede que mi padre fuera un héroe al igual que el pájaro que dedicaba su vida a sus hijos. Y la madre de Fernando. Héroes diferentes pero héroes al fin y al cabo.
Mientras caminaba al colegio pensando en mis cosas, empecé a tararear la canción que sonaba en la televisión cuando salí de casa:

We’re nothing,
and nothing will help us
Maybe we’re lying,
then you better not stay
But we could be heroes,
just for one day.

Heroes — David Bowie

El instituto estaba relativamente cerca de casa así que podía ir andando, lo que era una gran ventaja con respecto a la mayoría de compañeros que tenía que levantarse una hora antes para coger el autobús.
Aun así el paseo era de aproximadamente quince minutos y aprovechando que la casa de Fernando me pillaba de paso siempre quedábamos en su puerta para ir juntos.
Ese día me alegré más que nunca al verlo. Aunque sentí unas ganas enormes de darle un abrazo tras el susto, los chicos de nuestra edad teníamos que guardar las apariencias. Si me hubiera abalanzado sobre Fernando sin explicación alguna, me habría apartado de golpe y me habría soltado una colleja. Y las collejas de Fernando no eran asunto baladí.
—Venga, Pablo, que te pesa el culo —me dijo a lo lejos.
—¡Eh, tío, respeta a los gordos! —dije intentando controlar las emociones.
—Ya tardabas, joder, con el frío que hace. Vamos a llegar tarde. ¿Te has dormido o qué?
Aún tenía ganas de abrazarle. Me parecía extraño verle caminar con el chándal de gimnasia y hablar con normalidad. No sé por qué aun a sabiendas de que seguía vivo me lo había imaginado desde que salí de casa con un traje mortuorio, negro con camisa y corbata. Quizá en lugar de su comentario sobre mi culo gordo esperaba algo como «no veas cómo se está en el cielo, Pablo. Podía ver todo desde arriba». Intenté disimular.
—¡Qué va! Si yo te contara, tío. Creía que habías muerto. Va mi padre y me cuenta que ha muerto Bowie y claro, yo pensando que eras tú, he tenido que ir llamando a la floristería para encargarte unas flores bonitas y masculinas que adornasen tu lápida. Y se me ha hecho tarde.
Me congratulé interiormente por haber podido evadir la anécdota de las lágrimas con un chascarrillo que ocultase la verdadera razón de mi tardanza.
—Mira tío. Como un día me compres flores te arranco la cara a bocados. Me despierto de la tumba y en forma espectral te meto el florero por el culo con gladiolos y margaritas incluidos.
Por aquel entonces Bowie no era muy dado a sentimentalismos, como casi todos los jóvenes de nuestra edad. Le seguí la corriente.
—Si estuvieras muerto no podrías aparecerte a nadie, flipado. La Iglesia dice que los muertos simplemente están ahí, en ningún sitio, esperando la venida del Salvador. Y en ese momento, los buenos serán enviados al cielo.
De repente la conversación se volvió trascendental. Haberle sentido tan cerca de la muerte, me había hecho recapacitar lo que habría sido de él. De alguna manera me sentí obligado a proteger su espíritu y evitar que acabara condenado al igual que él me protegía en vida. Solíamos divagar sobre diversos temas con asiduidad, pero nunca habíamos tocado el tema de la muerte y lo que hay o no después tan directamente. Me parecía injusto que yo, por haber tenido un padre que me inculcase en la fe, tuviera más posibilidades de vivir eternamente que él, por haber nacido en una familia desestructurada. Esa desigualdad de base para alcanzar la gracia divina era algo que no lograba entender y encajar en la idea de que todos somos iguales a ojos de Dios.
—Así que es más o menos como en la serie Perdidos. De repente tu abuelo y tú coincidiréis al mismo tiempo en un sitio flipándolo los dos a la vez. No está esperando en ningún sitio ni puede ahora aparecerse para putearte, ayudarte en un examen o ver cómo te tocas la banana en el baño —intenté explicarle en su jerga, simulando indiferencia.
—No sé, Pablo. A mí me va más la idea de convertirme en un espectro puteador que cruce paredes y entre en el lavabo de las chicas. Lo que tú cuentas sobre Perdidos no me convence. Se tiraron seis temporadas para que al final importe una mierda que hayan sobrevivido en la isla o no. Total, todos son colegas dentro de una iglesia, se abre una puerta con una luz brillante, todos para adentro y hala, fin. Si a la gente ese final les pareció un coñazo no sé por qué lo querrían para sí mismos. Si lo que dices es que una vez que muramos tendremos que esperar unos miles de años para despertarnos, pues no me mola. Prefiero putear en forma invisible todo ese tiempo.
—Eres un pagano, Bowie —dije entre risas—. Piensas en espiar a las chicas hasta después de muerto.
—Era broma, socio. Realmente no pienso ni eso. El que muere, muerto está. No hay más. Los ojos no funcionan, no puedes ver. El cerebro no funciona, no puedes sentir. Es como cuando el dentista te anestesia la cara pero a nivel general. Aunque el otro día vi en internet que durante unos momentos, después de muerto, se conserva el sentido del oído —replicó Bowie.
—Es que lo que dices es muy pesimista. Te condenas tú solo diciendo esas cosas. Imagina que existe Dios. ¿Qué posibilidades hay para ti? ¿Uno por ciento? Porque no puedes estar nunca completamente seguro de que no. Entonces si ese uno por ciento se cumple y Dios existe, no te va a salvar diciendo lo que estás diciendo ahora, Fernando —dije con miedo a que sonara demasiado serio y me soltara un capón.
—No juego a la lotería, Pablo. No es cuestión de porcentaje. Si le doy la vuelta a tu razonamiento, puedo pensar que tú y todos los que vais a la iglesia perdéis un tiempo valioso que nunca más vais a recuperar en alimentar ese uno por ciento de posibilidades. Además que no entiendo por qué ese interés en vivir para siempre. Si mucha gente ya ni aguanta esta vida, como para aguantar una vida eterna. ¿Sabes que en Nueva York hay más suicidios que asesinatos? En la cuna del progreso. Por algo será. —Fernando era una inmensa fuente de datos inservible—. Yo soy más de James Dean: «Vive rápido, muere joven y deja un bonito cadáver».
—Sabes que realmente James Dean no dijo eso, ¿verdad? Es una frase de una peli de Nicholas Ray. De todas maneras, pasando a lo que hablábamos, no se trata de porcentajes, si nosotros vamos a misa es por convicción, por fe. Pero es que yo creo que aunque pensase que la posibilidad es tan remota como dices, la exprimiría. La diferencia es la condena eterna o el paraíso. ¿No crees que merece la pena? Es como no gastar diez centimillos en la rifa de cien números cuando el premio es de diez millones. Estás atontado, Bowie. Me va a joder no cruzar contigo la puerta luminosa de Perdidos y que te quedes ardiendo por siempre por tu cabezonería —desistí.
—Cuando yo muera, Pablo, no llores como una nena. Te voy a estar viendo y me voy a descojonar de ti. Y más vale que luego te tapes bien al cagar porque voy a estar mirando. Y espero que lo recuerdes y me hables de vez en cuando para que no me aburra. ¡Igual aún oigo!
—Seguro que muero yo antes. Aunque tú seas un año mayor que yo, los gordos tenemos una esperanza de vida menor. Espero adelgazar antes y vivir más que tú, pero si no lo consigo, simplemente reza por mí e intenta que nos podamos encontrar.
—Eres un moñas, Pablo. Déjate de rollos y mueve más rápido el culo que llegamos tarde.
Recorrimos los últimos doscientos metros hasta el instituto a la carrera mientras sonaba el timbre de entrada y veíamos al resto de compañeros entrando a lo lejos. Siempre a la carrera, ¿hacia dónde? ¿Cuál era el fin último de todo? ¿De qué servía tanta preparación para un futuro que nunca sabemos si vamos a tener? ¿Cómo se puede preparar un futuro cuando no sabes las circunstancias que lo van a rodear? Es imposible plantear infinitas opciones y estar preparado para todo. Mientras cruzaba la puerta del instituto pensé en si tendría razón Bowie y todo lo que había hecho no servía de nada, toda esta preparación y todos estos años haciendo lo que se supone que debía de hacer. La oscuridad de la incertidumbre se abalanzó sobre mí. ¿Qué podía ser peor? Podría llover. Entonces empezó a llover.

So long Marianne por Pedro B. Breis.

Novela concursante en el premio literario 2017 de Amazon.

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“Ninaconsejo”, libro recomendado!

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Hoy vengo a hablaros de las casualidades de encontrarte a un joven escritor que te pida ayuda y consejo, leas su manuscrito y digas: ¡Qué maravilla! Y tras leerlo, le haces una portada y lo animas a concursar en el Indie de Amazon del 2017. Así que como madrina oficial literaria de Pedro B. Breis me veo en la obligación de recomendaros su primer bastardo literaro, So long Marianne. Una historia que os atrapará por la lírica y la fantástica narrativa del autor que a ratos recuerda a Murakami, atrapando al lector en una trama intensa en búsqueda de una verdad. No es una historia romántica al uso, tiene mucho más y no os la podéis perder.

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UN LIBRO AZUL, AZUL COMO LA LLUVIA, AZUL COMO EL MUNDO DISTÓPICO EN EL QUE SE DESARROLLA ESTA HISTORIA A CABALLO ENTRE LOS RECUERDOS DEL PROTAGONISTA, LA MÚSICA Y LO REAL.
A unos meses de su muerte, en una España sumida en una confrontación mundial del Imperio de Occidente contra el Imperio de Oriente, Pablo descubre un oscuro secreto sobre su padre, que le lleva a un viaje emocional y a través del tiempo, en busca de Marianne, su amor de juventud, desaparecida en extrañas circunstancias. ¿Qué le pasó a Marianne? ¿Por qué su padre le ocultó la verdad sobre ella? Viejas heridas que se abren a la luz, despedazando un pasado roto por la incertidumbre y el dolor de la pérdida inexorable.

Nina Minina: Con una exquisita narrativa, a ratos lírica, Pedro B. Breis, nos narra una novela sobre la soledad, el amor, complicadas relaciones paternofiliales, la recuperación de la esperanza y la lucha interna del protagonista por encontrar la verdad sobre sí mismo y la extraña desaparición de Marianne.

“CUALQUIER HISTORIA PUEDE SER UNA CANCIÓN, INCLUSO LA NUESTRA”

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Reseñas Blogguers, Sin categoría

Ni conmigo ni sin mí y Una salchicha muy viva.

Una reseña fantástica que me ha sacado una sonrisa muy grande.

Bea Melworren

Después de leer La condesa muertade Eba Miren, necesitaba reírme un rato, os he hablado de ese libro aquí. Te recomiendo que leas mis impresiones y te dejes atrapar por esa historia, sin ninguna duda merece la pena.

Así que echando un vistazo a mi Kindle, que se desborda de libros sin leer, llegué hasta Nina Minina e intuyendo lo que iba a encontrarme me lancé a esconderme entre las hojas de su libro: Ni conmigo ni sin mí.

Para que nos situemos, son dos libros: Ni conmigo ni sin mí yUna salchica muy viva, relacionados entre si, en donde dos amigas: Cam y Teresa, nos relatan lo que ocurre en un mismo día desde su peculiar visión de la vida.

Si te has parado a leer los títulos seguramente te han llamado la atención, a mí al menos me pasó la primera vez que los…

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