Sin categoría

First dates, ¿sí o no?

Entré en aquel restaurante que de noche en noche había visto a través de mi televisor, y Carlos Sobera, el presentador de Firts Dates, vino de inmediato a recibirme con una afectuosa sonrisa y dos besos cargados de buen rollo.
—Bienvenida, Mercedes.
—Hola, Carlos, gracias —dije mirando a todos lados cegada por el brillo del foco.
—Ven conmigo, tu acompañante estará al caer.
—Estupendo —respondí siguiéndolo hasta la barra.
—¿Quieres tomar algo mientras le esperamos?
—Sí, por favor, un vino blanco me vendría genial —respondí con el corazón desbocado.
A qué mala hora me había dejado embaucar por las perras que decían llamarse mis amigas y aceptar venir al programa revelación de la cadena Pato. No habían tardado ni cuatro días en enviarme un email tras inscribirme a través de su página web, cosa que hicieron el mismo domingo a mis espaldas mientras yo me encontraba hablando con Israel en La Altramuza.
**Sigue leyendo aquí ➡️ http://amzn.to/2xZdT81

FIRS

Anuncios
COLABORADORES, Sin categoría

SO LONG MARIANNE de Pedro B. Breis.

2068

This machine will,
Will not communicate
These thoughts
and the strain I am under.
Be a world child,
form a circle.
Before we all go under.
And fade out again
and fade out again.

Street Spirit (Fade Out) — Radiohead

No alcanzaba a recordar cuándo había sido la última vez que escuché esta canción. Ni siquiera llegaba a mi mente el nombre de la banda de mi juventud a la que pertenecía, hasta que en el rostro de Fernando se adivinó la expresión plácida del descanso eterno.
Mi amigo Fernando había dado, como la mayoría de las personas hacen en su último día en el mundo, un emotivo discurso que emocionó a todos los presentes. Allí en el atril se despedía de la existencia con una sonrisa radiante; sus mejillas sonrosadas se inflaban de júbilo al repasar que allí estaban todos los que le importaban.
El templo simulaba a las iglesias: una nave majestuosa con planta en cruz y una gran bóveda central. Debía medir unos veinte metros de alto. En el centro, el escenario. Encima del escenario, un atril y la cama con el mecanismo para morir plácidamente.
La familia había colocado también algunas imágenes religiosas y una cruz encima de una mesita con un mantel blanco. Mucha gente creía aún por este entonces en lo que hay más allá de la muerte, y la mujer de Fernando, como la inmensa mayoría de la población, se mantenía temerosa del Dios cristiano.
Hacía veinte años que se había instaurado la edad máxima de vida en setenta años. La superpoblación era insostenible debida a la escasez de alimentos provocada por la III Guerra Mundial y a los avances médicos que hasta entonces marcaban la media de vida en noventa y ocho años, lo que había obligado a las autoridades del Imperio Occidental a esta medida tan radical.
Contrariamente a lo que se podría pensar, la mayor parte de la gente la aceptó de buen gusto. Se entendía como una forma más eficiente para que la sociedad siguiera una renovación más biológicamente natural.
Se entendía pues como un acto de valor, una ceremonia en la que el homenajeado daba su vida a la sociedad y la sociedad a cambio le rendía pleitesía en una suerte de homenaje recíproco final.
Los bancos puestos en hilera rodeaban el escenario en las cuatro direcciones del templo. La sociedad rodeaba al homenajeado hasta el último segundo. En las primeras filas, la familia y los amigos más cercanos. En esta ocasión, desde mi segunda fila podía ver justo delante a la mujer de Fernando, de espaldas a mí, y un poco más lejos, encima del escenario, a mi amigo del alma leyendo su despedida.
Me sentí incómodo cuando nuestras miradas se cruzaron esa última vez. Esa mirada tan especial, de un ojo de cada color por un accidente de juventud. Muchos le llamábamos el Bowie por un antiguo artista con el mismo rasgo. Nunca quiso decirme cuál fue exactamente ese accidente. Tampoco le pregunté. Siempre había dicho lo que quería decir, y callado lo que quería callar.
Absorto en todas las anécdotas que nos habían acontecido en la vida, me sobresaltaron los sollozos del resto de la sala que retumbaban en el templo. Yo, en cambio, me mantenía impertérrito al verlo subido en el escenario, erguido y pleno de orgullo ante los logros que había acarreado durante esos exactos setenta años.
Minutos después, una vez hubo acabado de hablar, se hizo el silencio, se tumbó a la vista de todos y accionó el mecanismo que paró su corazón. De repente, sin dolor. Lo que había sido Fernando se convirtió en un instante en una masa inerte, vacía, desprovista de toda energía vital.
Fue entonces cuando se desplegó el mural al fondo del escenario. Sobrio, como requería la situación. Simplemente una foto con su sonrisa permanente. El filtro en blanco y negro no permitía apreciar sus ojos azul y miel y sus inalterables mejillas sonrosadas. Lo que en vida era un arcoíris facial, en la foto del mural se volvía un cielo invernal.
¡Cuántas veces había bromeado con sus mofletes de tomate! Y cuántas miradas de desaprobación le había costado cuando salíamos bien jóvenes a aquellos bares de cerveza, colillas, rock y cuero. «No te sirvo alcohol», le decía el camarero preventivamente cuando Fernando solamente se acercaba a la barra a por una Coca Cola.
Por aquel entonces, él no bebía. Creo recordar que empezó la semana después de la muerte de su hijo, aquel 20 de agosto de 2042 en los bombardeos que arrasaron las bases agrícolas y ganaderas de América. Pensándolo bien, Fernando murió un poco también ese día. Su sonrisa siguió perenne, pero en sus ojos se adivinaba la falta de su único hijo.
Además de la foto, en el mural, se podía leer en sobrias letras:

FERNANDO CASEJÓN ORTEGA
1 Febrero 1998 — 1 Febrero 2068
Da fin a su vida por el bien del Imperio Europeo. DEP.

En ese momento, sonaron los primeros compases de la canción que había elegido para dar fin al acto. Nadie solía prestar atención a ella. Muchos ni se preocupaban en elegir ninguna canción para dar fin al acto. Sabían que los asistentes, en shock por lo recién vivido, no harían más caso que al sonido del refrigerador cuando se reunían a ver la televisión.
Una lágrima se deslizó sobre mi mejilla. No es que Fernando hubiera vivido más vidas que aquella que acababa de dejar, pero hubo una vez que por un rato lo creí muerto, y también aquella vez lloré su muerte.
No me percaté hasta que su sabor salado inundó mis labios y entonces volví a la realidad. Sentado en el banco, miré la expresión inerte de Fernando y recordé de pronto que la música que sonaba era la misma que mi padre había elegido para su acto.
Me vi, entonces, en ese mismo banco, veinte años antes. Nada había cambiado en dos décadas. Nada ajeno a mí. Yo no era el mismo. Ahora, con sesenta y nueve años y sin haber dejado descendencia me pregunté si alguien vendría a mi acto. Durante el de mi padre se tuvieron que poner sillas supletorias y aun así la gente se arremolinaba de pie en las últimas filas y pasillos laterales del auditorio.
A pesar de que casi todos los días alguien debía de morir por el bien del Imperio Europeo y, por tanto, había cierto hastío y desgana, nadie encontró la necesidad de inventar una excusa para no asistir al acto de despedida de mi padre y, por lo que veía, tampoco al de Fernando.
Me encontraba abstraído en esta reflexión cuando sonaron los últimos versos de la canción:

Immerse your soul in love.
IMMERSE YOUR SOUL IN LOVE

Sumerge tu alma en amor, sumerge tu alma en amor. Una punzada se clavó en mi pecho. Mil agujas me helaron el corazón y cuando quedó endurecido por el hielo, un golpe seco lo hizo mil pedazos y, una vez convertido en arena, un fuerte fuego lo hizo polvo.
Sumerge tu alma en amor. ¿Cómo podría algo sumergirse sin agua? Pensé en quien habría de ser mi manantial de agua fresca. Mi remanso cristalino. Mi fuente que refresque el camino que estaba a punto de acabar. Qué diría yo en mi despedida, a quién me dirigiría. Pensé en Marianne y las últimas palabras que me dijo: «No sé cuánto tardaré. Tú solo espérame tranquilo porque voy a volver. »

                                  Héroes

—¡Pablo, ha muerto Bowie! —Oí desde mi cuarto.
Aún durmiendo intenté pensar en lo que acababa de oír. Bajé las escaleras, temblando hasta el salón. No podía ser cierto, ¿qué cojones había pasado esa noche? Nos despedimos en la esquina de siempre la tarde anterior y él estaba bien.
Me abracé llorando a mi padre y sorprendido me dijo:
—No pensé que te afectaría tanto.
—¿Estás loco, cómo no me va a afectar
—Lo siento, hijo. De haberlo sabido no te lo habría contado hasta volver del instituto.
—¿Cómo no me lo ibas a contar?
—Lo ha anunciado su hijo en Twitter y ahora está en todas las noticias. Mira. No pensé que te gustase tanto. —Alargó su brazo y me acercó la tablet.

«DuncanJones@ManMadeMoon
Very sorry and sad to say it’s true. I’ll be offline for a while. Love to all.
07:54, 11 ene 2016»

—¡Estás idiota! Es David Bowie quien ha muerto. ¡Pensé que había sido Fernando! ¡Joder! —grité secándome las lágrimas con la manga del pijama.
—¿Fernando? No sabía que lo llamabais de esa manera. Los niños de hoy en día tenéis mucha habilidad para los motes. La verdad es que no le va mal. Y cuida tu vocabulario, por cierto. La próxima vez que me hables así te dejo el ojo como el de tu amigo. A ver a quién le queda mejor.
No me quedó más remedio que callarme la boca y tranquilizarme.
—Voy a tener que asustarte más a menudo, Pablo. Con lo que te cuesta levantarte para ir al instituto y hoy has salido disparado de la cama. Puedes terminarte las tostadas. Yo ya he desayunado.
Antes de desayunar, subí a vestirme. Ese día tenía educación física y, como no podía ser de otra forma, mi padre ya había preparado el chándal y las deportivas en el escritorio la noche anterior.
No me gustaban las clases de gimnasia. Para los niños fondones como yo podía ser una tortura y humillación pública exponer nuestro sebo ondulante durante la carrera continua. Los más cabrones solían reírse y ponerme motes grotescos a los que no solía hacer caso. Dándole importancia solo podría alimentar su sed de mofa. Personalmente llevaba bastante bien lo de mi exceso de peso, no tanto lo de hacer ejercicio.
Cuando se pasaban de la raya ahí estaba Fernando para darles su merecido. Nadie se metía con él. Hacía valer la superioridad física que le daba el haber repetido curso y ser el mayor de la clase.
Aun así, era el primer lunes tras las vacaciones de Navidad y estaba deseando llegar a clase. No soportaba esta época del año. Mi padre se volvía más callado de lo habitual. Aunque no me contaba nada, yo sé que echaba en falta a mi madre. Cuando nos sentábamos solos a la mesa la noche del 24 de diciembre, en ocasiones me sentía culpable. Mi madre había muerto dándome a luz. En esos tiempos apenas pasaban esas cosas, pero conmigo pasó.
En clase incluso decían que mi madre había explotado porque no pudo resistir tener dentro una vaca sebosa, pero yo sabía que había sido por una hemorragia como siempre me ha contado mi padre.
En una ocasión, unos años antes, le había visto llorar tras las campanadas de Nochevieja mientras miraba una foto de su boda. Mi padre estaba sentado en el sofá, con su traje negro de pantalón de pinzas y chaqueta americana, camisa blanca y corbata azul, y Raphael actuaba de fondo en la gala de fin de año en televisión. Nunca salía al cotillón, pero aun así él se arreglaba. «Si no hacemos estas cosas, todos los días serían iguales y la vida sería un rollo, ¿no, Pablo? No da suerte comer las doce uvas, pero es una suerte en sí tener una tradición que seguir», había dicho poco rato antes.
La imagen de mi padre secando sus lágrimas con las servilletas de tela de la mesa de Nochevieja aún se conserva fielmente en mi cabeza. No es fácil olvidar el momento en el que descubres que tu padre no es ese ser todopoderoso que creías que era. En cierta medida puede que la niñez de toda persona muera un poco en ese momento. «Mi padre llora como un niño y se seca los mocos en la servilleta. Mi padre no es un héroe», pensé en aquel momento.
Tampoco el padre de Fernando lo era, que según dice la gente estaba en la cárcel por pegarle a su mujer. Yo nunca le pregunté dónde estaba. No estaba, eso es lo que importaba. A él lo cuidaba su madre y a mí mi padre, no era algo extraño para mí.
Normalmente me levantaba sin apetito, pero el sobresalto de la no muerte de mi amigo me había abierto el estómago.
Me lavé rápido la cara y me quité las hileras de lágrimas secas que aún tenía. Bajé a la cocina y di buena cuenta de las tostadas con mermelada de fresa y mantequilla, junto a un vaso de leche con Cola Cao. Todo ya preparado, no había ni que remover la leche.
En la tele, como no podía ser de otra forma, estaban repasando la vida de David Bowie y poniendo algunas de sus canciones.
Recogí la mochila y me lavé los dientes sin mucho interés. Tras darle dos besos a mi padre, me dio el bocadillo del recreo que había olvidado en la encimera de la cocina y salí de casa.
El sol brillaba con más fuerza de lo que suele ser común en esta época del año. Se agradecía mucho. Me gustaba sentir ese contraste entre la baja temperatura real y el calorcito de los rayos en la cara.
En el árbol del vecino seguía la madre pájaro dando de comer a sus hijos en el nido. Los huevos habían eclosionado el día antes de las vacaciones. Oí los estridentes aunque débiles gritos de los pájaros y la curiosidad me empujó a subir a la rama a verlos. «¡No tienen plumas! ¿Cómo volarán?», me pregunté.
Desde ese día veía por mi ventana a la madre hacer viajes y viajes de ida y vuelta para alimentar a sus pequeños. No había descanso. Su día a día había sido incubar los huevos semanas antes y ahora consistía en buscar comida, alimentar a sus hijos y protegerlos de los gatos.
Me pregunté entonces cuándo descubrirían esos pajaritos que su madre no era una heroína al igual que mi padre no era un ser todopoderoso. En algún momento descubrirían que su madre no podía protegerlos para siempre y tendrían que saltar del nido.
¿Volarían? ¿Cómo sabrían que era el momento de saltar al vacío y empezar su vida autónoma? Quizá llegara el momento en que fueran tan grandes que la madre no podría alimentarlos a todos o simplemente fuese una cuestión de espacio y no cabrían todos en el nido. Quizá ellos recordaran para siempre ese día como yo recordaba la nochevieja de dos mil ocho.
Sin embargo, visto de otro modo ¿qué había más heroico que la dedicación constante día y noche a alguien más de forma altruista?
¿Qué podían ofrecer los pajaritos a su madre para ser merecedores de tanto esfuerzo y atención?.
Y mi padre; ¿qué podría ofrecerle yo para pagarle todo lo que hacía por mí? Me había preparado el desayuno, la ropa, la mochila, el bocadillo, ahora iría a trabajar para poder mantenernos a ambos, luego me ayudaría a hacer los deberes y me haría la cena.
A lo mejor me equivoqué esa noche, puede que mi padre fuera un héroe al igual que el pájaro que dedicaba su vida a sus hijos. Y la madre de Fernando. Héroes diferentes pero héroes al fin y al cabo.
Mientras caminaba al colegio pensando en mis cosas, empecé a tararear la canción que sonaba en la televisión cuando salí de casa:

We’re nothing,
and nothing will help us
Maybe we’re lying,
then you better not stay
But we could be heroes,
just for one day.

Heroes — David Bowie

El instituto estaba relativamente cerca de casa así que podía ir andando, lo que era una gran ventaja con respecto a la mayoría de compañeros que tenía que levantarse una hora antes para coger el autobús.
Aun así el paseo era de aproximadamente quince minutos y aprovechando que la casa de Fernando me pillaba de paso siempre quedábamos en su puerta para ir juntos.
Ese día me alegré más que nunca al verlo. Aunque sentí unas ganas enormes de darle un abrazo tras el susto, los chicos de nuestra edad teníamos que guardar las apariencias. Si me hubiera abalanzado sobre Fernando sin explicación alguna, me habría apartado de golpe y me habría soltado una colleja. Y las collejas de Fernando no eran asunto baladí.
—Venga, Pablo, que te pesa el culo —me dijo a lo lejos.
—¡Eh, tío, respeta a los gordos! —dije intentando controlar las emociones.
—Ya tardabas, joder, con el frío que hace. Vamos a llegar tarde. ¿Te has dormido o qué?
Aún tenía ganas de abrazarle. Me parecía extraño verle caminar con el chándal de gimnasia y hablar con normalidad. No sé por qué aun a sabiendas de que seguía vivo me lo había imaginado desde que salí de casa con un traje mortuorio, negro con camisa y corbata. Quizá en lugar de su comentario sobre mi culo gordo esperaba algo como «no veas cómo se está en el cielo, Pablo. Podía ver todo desde arriba». Intenté disimular.
—¡Qué va! Si yo te contara, tío. Creía que habías muerto. Va mi padre y me cuenta que ha muerto Bowie y claro, yo pensando que eras tú, he tenido que ir llamando a la floristería para encargarte unas flores bonitas y masculinas que adornasen tu lápida. Y se me ha hecho tarde.
Me congratulé interiormente por haber podido evadir la anécdota de las lágrimas con un chascarrillo que ocultase la verdadera razón de mi tardanza.
—Mira tío. Como un día me compres flores te arranco la cara a bocados. Me despierto de la tumba y en forma espectral te meto el florero por el culo con gladiolos y margaritas incluidos.
Por aquel entonces Bowie no era muy dado a sentimentalismos, como casi todos los jóvenes de nuestra edad. Le seguí la corriente.
—Si estuvieras muerto no podrías aparecerte a nadie, flipado. La Iglesia dice que los muertos simplemente están ahí, en ningún sitio, esperando la venida del Salvador. Y en ese momento, los buenos serán enviados al cielo.
De repente la conversación se volvió trascendental. Haberle sentido tan cerca de la muerte, me había hecho recapacitar lo que habría sido de él. De alguna manera me sentí obligado a proteger su espíritu y evitar que acabara condenado al igual que él me protegía en vida. Solíamos divagar sobre diversos temas con asiduidad, pero nunca habíamos tocado el tema de la muerte y lo que hay o no después tan directamente. Me parecía injusto que yo, por haber tenido un padre que me inculcase en la fe, tuviera más posibilidades de vivir eternamente que él, por haber nacido en una familia desestructurada. Esa desigualdad de base para alcanzar la gracia divina era algo que no lograba entender y encajar en la idea de que todos somos iguales a ojos de Dios.
—Así que es más o menos como en la serie Perdidos. De repente tu abuelo y tú coincidiréis al mismo tiempo en un sitio flipándolo los dos a la vez. No está esperando en ningún sitio ni puede ahora aparecerse para putearte, ayudarte en un examen o ver cómo te tocas la banana en el baño —intenté explicarle en su jerga, simulando indiferencia.
—No sé, Pablo. A mí me va más la idea de convertirme en un espectro puteador que cruce paredes y entre en el lavabo de las chicas. Lo que tú cuentas sobre Perdidos no me convence. Se tiraron seis temporadas para que al final importe una mierda que hayan sobrevivido en la isla o no. Total, todos son colegas dentro de una iglesia, se abre una puerta con una luz brillante, todos para adentro y hala, fin. Si a la gente ese final les pareció un coñazo no sé por qué lo querrían para sí mismos. Si lo que dices es que una vez que muramos tendremos que esperar unos miles de años para despertarnos, pues no me mola. Prefiero putear en forma invisible todo ese tiempo.
—Eres un pagano, Bowie —dije entre risas—. Piensas en espiar a las chicas hasta después de muerto.
—Era broma, socio. Realmente no pienso ni eso. El que muere, muerto está. No hay más. Los ojos no funcionan, no puedes ver. El cerebro no funciona, no puedes sentir. Es como cuando el dentista te anestesia la cara pero a nivel general. Aunque el otro día vi en internet que durante unos momentos, después de muerto, se conserva el sentido del oído —replicó Bowie.
—Es que lo que dices es muy pesimista. Te condenas tú solo diciendo esas cosas. Imagina que existe Dios. ¿Qué posibilidades hay para ti? ¿Uno por ciento? Porque no puedes estar nunca completamente seguro de que no. Entonces si ese uno por ciento se cumple y Dios existe, no te va a salvar diciendo lo que estás diciendo ahora, Fernando —dije con miedo a que sonara demasiado serio y me soltara un capón.
—No juego a la lotería, Pablo. No es cuestión de porcentaje. Si le doy la vuelta a tu razonamiento, puedo pensar que tú y todos los que vais a la iglesia perdéis un tiempo valioso que nunca más vais a recuperar en alimentar ese uno por ciento de posibilidades. Además que no entiendo por qué ese interés en vivir para siempre. Si mucha gente ya ni aguanta esta vida, como para aguantar una vida eterna. ¿Sabes que en Nueva York hay más suicidios que asesinatos? En la cuna del progreso. Por algo será. —Fernando era una inmensa fuente de datos inservible—. Yo soy más de James Dean: «Vive rápido, muere joven y deja un bonito cadáver».
—Sabes que realmente James Dean no dijo eso, ¿verdad? Es una frase de una peli de Nicholas Ray. De todas maneras, pasando a lo que hablábamos, no se trata de porcentajes, si nosotros vamos a misa es por convicción, por fe. Pero es que yo creo que aunque pensase que la posibilidad es tan remota como dices, la exprimiría. La diferencia es la condena eterna o el paraíso. ¿No crees que merece la pena? Es como no gastar diez centimillos en la rifa de cien números cuando el premio es de diez millones. Estás atontado, Bowie. Me va a joder no cruzar contigo la puerta luminosa de Perdidos y que te quedes ardiendo por siempre por tu cabezonería —desistí.
—Cuando yo muera, Pablo, no llores como una nena. Te voy a estar viendo y me voy a descojonar de ti. Y más vale que luego te tapes bien al cagar porque voy a estar mirando. Y espero que lo recuerdes y me hables de vez en cuando para que no me aburra. ¡Igual aún oigo!
—Seguro que muero yo antes. Aunque tú seas un año mayor que yo, los gordos tenemos una esperanza de vida menor. Espero adelgazar antes y vivir más que tú, pero si no lo consigo, simplemente reza por mí e intenta que nos podamos encontrar.
—Eres un moñas, Pablo. Déjate de rollos y mueve más rápido el culo que llegamos tarde.
Recorrimos los últimos doscientos metros hasta el instituto a la carrera mientras sonaba el timbre de entrada y veíamos al resto de compañeros entrando a lo lejos. Siempre a la carrera, ¿hacia dónde? ¿Cuál era el fin último de todo? ¿De qué servía tanta preparación para un futuro que nunca sabemos si vamos a tener? ¿Cómo se puede preparar un futuro cuando no sabes las circunstancias que lo van a rodear? Es imposible plantear infinitas opciones y estar preparado para todo. Mientras cruzaba la puerta del instituto pensé en si tendría razón Bowie y todo lo que había hecho no servía de nada, toda esta preparación y todos estos años haciendo lo que se supone que debía de hacer. La oscuridad de la incertidumbre se abalanzó sobre mí. ¿Qué podía ser peor? Podría llover. Entonces empezó a llover.

So long Marianne por Pedro B. Breis.

Novela concursante en el premio literario 2017 de Amazon.

flecha

Banner Pedro

http://amzn.to/2uIss1P

Libros, Promociones libros

“Ninaconsejo”, libro recomendado!

Banner Pedro

Hoy vengo a hablaros de las casualidades de encontrarte a un joven escritor que te pida ayuda y consejo, leas su manuscrito y digas: ¡Qué maravilla! Y tras leerlo, le haces una portada y lo animas a concursar en el Indie de Amazon del 2017. Así que como madrina oficial literaria de Pedro B. Breis me veo en la obligación de recomendaros su primer bastardo literaro, So long Marianne. Una historia que os atrapará por la lírica y la fantástica narrativa del autor que a ratos recuerda a Murakami, atrapando al lector en una trama intensa en búsqueda de una verdad. No es una historia romántica al uso, tiene mucho más y no os la podéis perder.

images pedro.jpg

UN LIBRO AZUL, AZUL COMO LA LLUVIA, AZUL COMO EL MUNDO DISTÓPICO EN EL QUE SE DESARROLLA ESTA HISTORIA A CABALLO ENTRE LOS RECUERDOS DEL PROTAGONISTA, LA MÚSICA Y LO REAL.
A unos meses de su muerte, en una España sumida en una confrontación mundial del Imperio de Occidente contra el Imperio de Oriente, Pablo descubre un oscuro secreto sobre su padre, que le lleva a un viaje emocional y a través del tiempo, en busca de Marianne, su amor de juventud, desaparecida en extrañas circunstancias. ¿Qué le pasó a Marianne? ¿Por qué su padre le ocultó la verdad sobre ella? Viejas heridas que se abren a la luz, despedazando un pasado roto por la incertidumbre y el dolor de la pérdida inexorable.

Nina Minina: Con una exquisita narrativa, a ratos lírica, Pedro B. Breis, nos narra una novela sobre la soledad, el amor, complicadas relaciones paternofiliales, la recuperación de la esperanza y la lucha interna del protagonista por encontrar la verdad sobre sí mismo y la extraña desaparición de Marianne.

“CUALQUIER HISTORIA PUEDE SER UNA CANCIÓN, INCLUSO LA NUESTRA”

flecha

http://amzn.to/2uEcWCW

amazon-icon-21

Reseñas Blogguers, Sin categoría

Ni conmigo ni sin mí y Una salchicha muy viva.

Una reseña fantástica que me ha sacado una sonrisa muy grande.

Bea Melworren

Después de leer La condesa muertade Eba Miren, necesitaba reírme un rato, os he hablado de ese libro aquí. Te recomiendo que leas mis impresiones y te dejes atrapar por esa historia, sin ninguna duda merece la pena.

Así que echando un vistazo a mi Kindle, que se desborda de libros sin leer, llegué hasta Nina Minina e intuyendo lo que iba a encontrarme me lancé a esconderme entre las hojas de su libro: Ni conmigo ni sin mí.

Para que nos situemos, son dos libros: Ni conmigo ni sin mí yUna salchica muy viva, relacionados entre si, en donde dos amigas: Cam y Teresa, nos relatan lo que ocurre en un mismo día desde su peculiar visión de la vida.

Si te has parado a leer los títulos seguramente te han llamado la atención, a mí al menos me pasó la primera vez que los…

Ver la entrada original 606 palabras más

Ni Conmigo Ni sin Mí

01:02, duelo de bailes y frikanders a raudales.

«DUELO DE BAILEEEEEEEEEEEEES»

La gente desalojó la pista y se colocó en círculo a nuestro alrededor, las luces y la música se apagaron y,  de repente, dos focos deslumbrantes se posaron sobre nosotras. Estaba dispuesta a llevarme el premio gordo esta noche, ese premio gordo era David el Bravo, iba a hacerlo por él, aunque no se lo mereciera. Yo tampoco había sido sincera desde el principio y que lo hubiera usado como conejillo de indias en mi proyecto para el artículo de la revista tampoco era una causa muy loable. De pronto empezó la bachata. Me enderecé sacando pecho y Fabiana hizo lo propio mientras andábamos encaradas trazando una circunferencia en la pista. Al ritmo de Medicina de amor de Raulín Rodríguez, ella empezó a moverse con sus ojos encendidos en rabia hacia mí, sus caderas eran como gelatina, su culo respingón enfundado en fucsia putón hacía las delicias de los espectadores, sus piernas eran unas autómatas en la pista. Terminó su parte mandándome un besito con la mano, que yo cacé al vuelo como una tontaca con la mía. Menos mal que reaccioné a tiempo y luego desafiante me restregué la mano por el culo, haciéndole ver por dónde me pasaba yo sus jodidos besos.

Era mi momento y recordando por qué me llamaron durante todo séptimo la Espasmódica, comencé a bailar estilo faraón gallináceo por la pista, algunos me hacían palmas y el resto me abucheaba. No podía distinguir las caras del público, estaba en pleno arrobamiento, luego paré en seco y alumbrada como la protagonista de Flash dance hice el robot, ninguno de mis pasos combinaba con la melodía, pero tenía que ser la más friki, no la mejor bailarina. Volví al lugar donde estaba Fabiana levantando las piernas como una garza y parándome frente a su careto pintado con brocha gorda, le hice una filigrana a lo negra del Bronx. La música paró de nuevo en seco y al segundo empezó el Wannabe de las Spice Girls, algo que dejó, por un lapsus de tiempo muy corto, descolocada a mi contrincante. La muchacha envalentonada empezó su turno de baile brincando como una posesa, imitando a un cowboy americano y girando los brazos como si fuera a salir volando. Estaba en peligro, Fabiana podría convertirse en la friki más friki de la noche con ese estudiado movimiento, tenía que utilizar mi mejor baza. Me salté a la torera los tiempos de turno y me tiré al suelo sin pensar, me deslicé como una oruga confortada por el público, que animado por el espectáculo no dudó en contar hasta cuándo aguantaba yo sin descoyuntarme la crisma, después de cinco crujidas de columna vertebral y un estallido sospechoso en la pared torácica, me incorporé con un torpe salto que hizo rebotar mis pechotes contra mi cara. Era el turno del molinillo, los giré a la velocidad del viento, era una jodida turbina humana, para terminar abriendo los brazos a lo Eva Nasarre una y otra vez. Pero lo que me iba a dar la victoria sería el baile de la mujer orgullosa… Emulando los rituales de guerra de los vikingos, separé las piernas en plan sumo y empecé a levantar uno y otro pie guardando el compás de una mantra guerrero que yo misma iba improvisando. «Caaaaam, Caaaam, Caaaam, Caaaam…», hacía resonar las «A» en mi cavidad bucal como un gong. De pronto me detuve, todo mi público estaba expectante, incluso Fabiana lo estaba. Le eché un rápido vistazo a David, que sin salir de su asombro, me miraba irradiando felicidad, y le guiñé un ojo. Me eché las manos al pelo y estirándomelo de las sienes hice mi cabeza voltearse diez veces seguidas mientras saltaba a la vez, iba toda loca como un canguro hasta el culo de farlopa. A mí a friki no me ganaba ni Pocholo en las fiestas de su pueblo, ni Ximo Bayo en sus mejores tiempos.

—¡Arriba el gallinero!  —grité desposeída de ningún tipo de vergüenza y todo el público comenzó a saltar imitando mis movimientos.

Cuando la canción terminó, yo volví a mi pose normal, altiva y sacando pecho con orgullo, Julián y Salvador se acercaron a nosotras con el micrófono en la mano, y tras unos segundos de suspense dieron su veredicto al unísono. Yo, la Espasmódica del colegio público Cervantes de Villar del Toro, era la ganadora.

foto-duelo-de-bailesflecha